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martes, agosto 11, 2020

La educación interrumpida de millones de chilenos y chilenas: La “deserción escolar” en Chile

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La escuela no ha sido sólo una institución educativa, ni sólo el lugar en donde se realizan los aprendizajes académicos que preparan a los estudiantes para proyectos futuros según lo diseñado socialmente. Para un niño o niña, para los y las adolescentes, ésta forma parte también de su aprendizaje relacional con otros, que conforman una comunidad que está más allá de su familia. Generalmente es en la escuela donde ellos y ellas generan lazos que van constituyendo su identidad y que tienen la profundidad de la amistad, de sentir con el otro y aprender a convivir, con todo lo que ello implica.

En este sentido, los niños, niñas y adolescentes aprenden en el mundo, en lo que constituye su mundo: la casa, el barrio, la escuela, y lo hacen a través de la palabra que reciben y la palabra que pronuncian, por lo que, en el amplio espacio de los aprendizajes, el habla viene antes que la escritura. Los niños, niñas y adolescentes se comunican entre sí de modo que muchas veces no alcanzamos a comprender y ello se produce porque realizan una práctica social abiertos a claves que, posteriormente, ya adultos no logramos experimentar. Estos son procesos que las personas adultas relacionadas con el ámbito de la educación debiéramos abrirnos a comprender. Este planteamiento es coherente con la concepción dialógica sostenida por Paulo Freire, que concibe al aprendiz como un sujeto activo en el proceso de aprendizaje, en el sentido que el enseñar y el aprender se van dando de tal manera que quien enseña aprende, y quien está aprendiendo a su vez, enseña. En esta premisa se nos muestra una escuela viva, de sujetos que son interdependientes y que se reconocen el uno al otro como un legítimo otro. Si esta fuese la visión de todas las Escuelas no podrían quedar niños afuera, puesto que cada sujeto sería aceptado en su dignidad.

Sin embargo, la exclusión de la escuela en niveles de enseñanza básica y media se sigue produciendo. En este sentido, si aceptáramos que la Escuela es una de las principales instituciones que juegan un rol integrador en nuestras sociedades, nos preguntamos en donde se ubica el fondo del problema de exclusión de niños, niñas y adolescentes que se ven expulsados del sistema educacional. Según el informe titulado Desiguales, que recoge la realidad socioeconómica de nuestro país, realizado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, recién publicado el año 2017, una elevada desigualdad de los recursos entre los hogares, tiene su correlato en un considerable grado de desigualdad en los resultados educativos en el país.

Según la Encuesta CASEN 2015, el 2,5% de estudiantes abandona el curso antes de terminar el año escolar. En un informe preliminar se establece que los chilenos estudian en promedio 11 años, pero la brecha por nivel socioeconómico queda de manifiesto en el análisis de años de estudio por quintil de ingreso: en el primer quintil más del 65% de la población sobre 25 años ni siquiera ha terminado la educación media. En el quintil superior el 55,5% de las personas ha completado una carrera profesional o técnica.

Por otra parte, en la Encuesta CASEN del año 2011 se señala que, en Chile, 86.701 niños, niñas y adolescentes en edad escolar (6 a 17 años) no asisten cada año a un establecimiento educativo. Al agregar dos años, es decir, hasta 19 años, esta cifra se eleva a 307.122 personas. En esta misma encuesta se declara que un 32,1% de estudiantes que no asisten a la escuela, lo hacen por razones atribuibles a la experiencia educativa.

El proceso de fracaso escolar lo entendemos como una serie sucesiva de experiencias negativas respecto a las posibilidades de hacer frente a las exigencias que realiza la escuela, tanto a nivel cognitivo, de comportamiento, como también de carácter material. Es así como va configurándose una trayectoria accidentada, que potencia el momento terminal, a veces más temprano, a veces más tarde, en que finalmente el niño/niña o joven deja de asistir a la escuela. La comunidad es el lugar donde yo puedo encontrar al otro y el otro me encuentra a mí como persona. Quedar fuera de la comunidad, o, el deterioro de ésta, rompe los lazos y vínculos entre las personas en sus relaciones más inmediatas.

En tiempos de debilitamiento del tejido social, en que los proyectos colectivos y comunitarios son escasos, y las familias muchas veces utilizan su energía en obtener recursos para la subsistencia familiar en empleos precarios y extenuantes, las condiciones de protección, de acogida y acompañamiento en las diversas dimensiones de la vida de niños, niñas y adolescentes: educativa, formativa, afectiva, creativa, espiritual, debieran ser en una parte importante otorgadas por la escuela, espacio construido por los adultos y entre pares, no para reemplazar al núcleo familiar, sino para disminuir las soledades. En este sentido, “los vínculos fraternos pueden tener una capacidad simbólica de protección”. Una “educación de calidad” debe integrar esta comprensión, como también la pertinencia cultural y territorial en que ésta se desenvuelve.

Es necesario e ineludible garantizar el derecho a la educación a fin que todos los niños, niñas, adolescentes y jóvenes puedan tener acceso efectivo a una educación de igual calidad para todos y todas, que sea pertinente, que tenga sentido y significancia en sus aprendizajes, que les haga sentir protagonistas de los descubrimientos en la construcción colectiva de los conocimientos y puedan transitar por ella hasta lograr sus metas, “…puesto que, tal como lo ha señalado la Red de Trayectorias Educativas, la educación es un derecho cuyo ejercicio resulta indispensable para poder ejercer otros derechos, en tanto permite comprenderlos, participar de ellos y hacerse también responsable por los derechos de toda la sociedad” .

Por Patricia Flores Gallardo

Profesora y Magister en Educación

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