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martes, julio 14, 2020

En Chiloé, desde una comunidad emocionalmente empoderada a una medianamente comprometida

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La sustantiva diferencia entre hacer lo justo y hacer lo necesario
Jorge Valenzuela Rojas. Centro de Estudio y Conservación del Patrimonio Natural (CECPAN), Ancud, Chiloé.

Un análisis del sentir chilote hoy, no podría obviar una revisión de las distintas crisis contemporáneas y el histórico abandono del Estado. El relato de una comunidad solidaria y comprometida con una identidad marcadamente distintiva, se confronta con las crisis socio-ambientales propiciadas por la privatización y el desorden político/administrativo.

No hay mitos, no hay metáforas dentro de aquel paralelo, pues expresa realidades que han convivido con el estereotipo chilote desde décadas; un islamiento sistémico que ha tenido de común denominador una profusa sociedad pasiva (emocional) con una lacónica sociedad activa (comprometida).
Así ha comenzado a surgir un antagonismo entre sostener una cultura probablemente pasajera con la exacerbación de un fetichismo cultural, creyendo ese fanatismo nos reivindicara como defensores del patrimonio, pero no hacemos más que agudizar el discurso por mientras nuestros actos se dilatan en la verbalidad.
La globalización y la homogenización industrial ha comenzado su nefasto camino colapsando diversidades y Chiloé no está ajeno. Se ha diluido ese ideario enraizado en las tradiciones que nos permitía coexistir con cierto balance. Ahora entendemos que no bastan los simbolismos vacíos para afrontar la “modernidad”; vida familiar, oficios, artes de pesca o artilugios en madera, el mismo paisaje cultural, todo es transgredido y al mismo tiempo “puesto en valor”, algunas veces casi hasta asfixiar el símbolo en cuestión (ej. fin de los palafitos residenciales de Castro).
Siguiendo el curso de esta discusión y ahondar en la materia que convoca, quiero tensionar la reflexión más allá de nuestro amor por el territorio e incuestionable fervor ambiental con lo siguiente: ¿Cuán a menudo revisamos nuestra participación como actores de cambio con la suficiente autocrítica? Conociendo la realidad desde muy cerca creo que la contradicción puede ser mayúscula, y merece, a mi juicio al menos, un espacio en el debate.
Cualquiera sea la fuerza disruptiva de turno; plantaciones forestales, minería, pesca o acui-cultura, siempre su efecto será la degradación de ese “todo” que compone Chiloé, el paisaje y su valor patrimonial. No hay espacio para la duda respecto de que la falta de planificación territorial y la desprolijidad empresarial del mercado están haciendo insostenible el porvenir de Chiloé. Sin embargo, ¿Se puede apelar siempre al imaginario de que todo lo malo viene desde un “ellos” y desde fuera? ¿Acaso en nuestra forma de ser chilotes solo existe bondad y moderación?.
A modo ilustrativo pensemos en la gratificación de llevar unos metros de leña seca al hogar, de negar una bolsa plástica en el supermercado (me incluyo en ambos actos), o saber que estudiosos de las universidades determinaron como usar sosteniblemente un recurso prioritario para el ciclo del agua. Nos hemos acostumbrado a hacer lo justo, lo ético, esto es, resolver nuestras contradicciones a través de acciones emblemáticas del sistema actual, como son el consumo u opinión en redes sociales. Porque si nos salimos de ese plano personal restringido, ¿Qué gratificación sobreviviría al saber también que aún con planes de manejo y reforestación de bosque nativo, Chiloé ha perdido más de 11 mil hectáreas en los últimos 15 años; que aunque todos los vertederos municipales están colapsados, existe un proyecto de relleno provincial detenido desde el 2013; o que aun cuando los académicos de la UST brillan por su innovación con nuestro musgo pon-pon, Chiloé está sumido en la peor crisis del agua que jamás se haya conocido, con más de 800 millones invertidos sólo el 2016 en mitigar la escasez, pero sin tener un plan de gestión o manejo del recurso agua vigente?.