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martes, julio 7, 2020

Cindy López: la violencia sistemática hacia la mujer a través del poemario de la artista local Patricia Aguila analizado por Francisco Ferrer

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¿Quién es Cindy López?  la poeta Patricia Águila, da a entender que su personaje representa no sólo a las mujeres violentadas, sino además a quienes viven marginados por la sociedad, como los sujetos más pobres y las disidencias sexuales.
En “Cindy López”, segundo poemario de Patricia, la vida de barrio está despierta: niños y niñas juegan, madres y abuelas se preocupan de los quehaceres cotidianos, hombres y mujeres se esfuerzan por sustentar a sus familias; sin embargo, las personas se observan oscurecidas por el dolor de heridas que no cierran. La precariedad en sus diversas formas amenaza a la comunidad y al territorio de Chiloé


 
Francisco Ferrer (27)  profesor de lenguaje, escritor y músico, analiza la obra “Cindy López” de la poeta castreña, Patricia Águila, integrante de Marea Negra, colectivo de jóvenes castreñas, que se reunió el 2019 para levantar espacios de contracultura y de encuentro para impulsar, revisar y resignificar los espacios culturales de Castro y Chiloé.

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Publicado por Colectiva Marea Negra Chilwe en Jueves, 13 de febrero de 2020

 
Francisco, es quien analiza los pasajes de la obra «Cindy Lopez» de la artista local Patricia Águila. Francisco nació en Santiago, pero vive en Valdivia desde hace años. Publicó su primera obra de poesía, “Alianza en el desgarro” (2015), con la editorial independiente Minigolf Deportivo. Actualmente, en el aspecto creativo, se dedica a editar su obra “Ritos reunidos” y su álbum «Sombra de fuego».

 
La palabra ante la violencia: Territorio y resistencia en “Cindy López” de Patricia Águila
A veces, sin aviso, el aroma de una comida recién hecha o el timbre de la voz de un transeúnte nos lleva de golpe a un instante de la infancia o a la imagen de un pariente que el tiempo había borrado. Los senderos de la nostalgia pueden ser impredecibles, pero no son siempre melancólicos; entre las hojas de la memoria respira el aprendizaje que permite sostenernos en el presente, y en sus pasajes hay tantas sonrisas como lágrimas. Reconociéndonos seres mortales, hemos hecho de la palabra una vía para ingresar en nuestra historia, sea esta colectiva o personal, y la escritura es un intento de registrar aquello que hallamos valioso entre la fugacidad.
En “Cindy López”, segundo poemario de Patricia Águila, la vida de barrio está despierta: niños y niñas juegan, madres y abuelas se preocupan de los quehaceres cotidianos, hombres y mujeres se esfuerzan por sustentar a sus familias; sin embargo, las personas se observan oscurecidas por el dolor de heridas que no cierran. La precariedad en sus diversas formas amenaza a la comunidad y al territorio de Chiloé. El epígrafe de la alegre canción de Cyndi Lauper en el primer poema («Cuando la jornada de trabajo termina/ Las chicas sólo quieren divertirse») anticipa el aparente contraste de algunos de los temas fundamentales abordados en la obra: por un lado, las labores en las casas y en las fábricas; por otro, el goce del ocio entre amistades; y, por supuesto, el nombre de Cindy, personaje de la cual se nos revelan progresivamente los detalles.
Los textos se ordenan en tres secciones, cada una marcada por un título en mayúsculas en medio de la página blanca: “Las chicas de mi barrio”, “Cindy López, ¿dónde estás?” y “Volver…”. En los poemas que abren la obra, ya se identifica la voz en femenino, un “yo” o “nosotras”, que suele ser protagonista. A través de ella aparecen los sueños frustrados, la desesperanza y el desamparo. «Vi a una mujer morir en los callejones», afirma en “María”; y en “Tú no puedes oírme” pregunta «¿Comen en el cielo sopita de pan señor?». Ni el Estado ni Dios se hacen presentes ante la necesidad, y la caridad no alcanza para acabar con la miseria. Así la hablante lo representa: «Mis uñas amarillas/ Limpiaron tantos urinarios/ Que las viejas del almacén, confunden su color con esmalte» (Corasound Valiente).
A pesar de que en ciertos versos se esboza la idea de un pasado virtuoso, «Donde los primeros pasos/ Fueron siempre/ Hacia la eternidad» (“No quiero peinarme”), el anuncio de la desgracia opaca la posibilidad de un futuro no contaminado: «Nosotras alertábamos a las vecinas, que venía el gigante/ Y corrieron todas a esconder en cajas metálicas, parte por parte, los viejos palafitos» (“Érase una vez”). Más adelante se vuelve evidente que el extractivismo capitalista es el monstruo irrefrenable que ataca la tierra y su gente.
Patricia Águila continúa enunciando en sus textos la violencia sistémica que padecen particularmente las mujeres. El poema “Shh…” denuncia el miedo, el abuso y la posterior desaparición de Cindy, hilo conductor de la obra: inicia con «¿Cindy que haces bajo la cama?/ Shh…/ Me escondo como los gatos, cuando sienten miedo./ Él ya viene», y termina con «Las chicas del barrio, pegan tu foto en sus faldas». La autora se muestra consciente de que, en tiempos donde los femicidios son un número a sumar para los medios de comunicación, la resistencia está en la sororidad; por ello se piensa de niña y sostiene que con sus amigas «Derribaríamos las puertas y correríamos todas a abrazar a la vecina» en “Verano del ’99”. Imaginar mundos más justos, exentos de animitas, es imprescindible para transformar la realidad, y la poesía debiera avanzar en esa dirección.
Al comenzar la segunda sección ya está instalada la pregunta de quién es Cindy López y el poema que la inaugura lleva de título su nombre. En él, una hablante en plural se manifiesta: «Somos ese ausente que jamás responde en las filas de los consultorios»; «Somos Claudia la travesti del barrio, que arrojaron desnuda de lluvia en la calzada»; «Somos las chicas que solo quisieron divertirse, una Cindy López Morena, con suecos, corte punky y minifalda». De esta manera la poeta da a entender que su personaje representa no sólo a las mujeres violentadas, sino además a quienes viven marginados por la sociedad, como los sujetos más pobres y las disidencias sexuales.
En “Cindy López” el discurso se sitúa desde la interseccionalidad y su perspectiva política incluso se refiere a las dictaduras sufridas en Argentina y Chile: «Siguen llorando las viejas golondrinas a sus hijas que en los ’70 no conocieron./ Las tajeadas con cloro, jamás escribieron la historia./ Su patria necesitaba manos pequeñas que lustraran las perlas de doña Lucía». La crítica al poder se cruza con la presencia constante de la muerte, por el recuerdo del ser amado asesinado o desaparecido. La sección termina con una página donde se lee en letras difuminadas, al uso de los afiches callejeros: «CINDY LÓPEZ/ ¿Dónde estás?// Atte./ Las chicas del Barrio».
Aparte de lo comentado hasta acá, llama la atención cierto larismo que se percibe en poemas como “Te he prometido” o “Para decir adiós” y sobre todo en el único relato de la obra, “Guido”. En él asistimos a una escena sureña, plena de nostalgia de infancia: allí están el niño Guido, su madre, la abuela y el perro en un campo donde se respira calidez hogareña; no obstante, la precariedad y hasta la violencia acechan, pues aunque no sea en la propia casa es en la de la vecina. Guido debe levantarse, vestirse e ir a la escuela con su uniforme impecable; pero, a pesar del cuidado de su familia, el niño rompe su pantalón jugando fútbol en la cancha del sector. Finalmente, decide, para no llevar más trabajo a su hogar, arreglar él solo la prenda; y en la máquina de coser, sin anticiparlo, descubre una sensible conexión con el sentir de sus antecesoras. Resulta interesante reflexionar que en ese gesto de madurez hay un acto de amor, en un concepto que supera lo romántico, similar a lo que se muestra luego en “Orfandad”, donde se expresa lo siguiente: «De niña, amor/ Fue aprender a leer para no perdernos en el consultorio/ Mientras buscabas tus remedios». Gracias a la empatía, en la acción bondadosa y en el compañerismo se gesta un amor que escapa a los dominios de lo normado.
En la tercera parte, “Volver…”, se nos entrega una pista importante sobre Cindy: al final del poema “En esas fábricas” se indica en un texto entre corchetes que «Cindy López trabajó como operaria en Plantas procesadoras de salmón y choritos en Chiloé durante los años 2018 y 2019». En este poema se expone la explotación de las obreras, cuyos anhelos se ven negados, mas tienen entre ellas su compañía y sus evocaciones: «Voces rápidas cuentan historias de casas en Molulco, Terao, Huicha, Rauco, Chonchi, Castro y Llicaldad./ Caminan en silencio por esos corredores, buscando la mano vieja y áspera que los traiga de vuelta a su hogar». Juntas podrían retomar el camino a casa. Asimismo, en “El humo negro ha cesado” hay un mensaje significativo al terminar: «A las compañeras y compañeros que el día 1 de julio del 2019 pararon la producción de una planta de choritos en Dalcahue, para obligar a la empresa a reconocer y hacerse cargo del accidente de un compañero». Existe un ejercicio de violencia cuando las personas no son escuchadas y son marginadas de las decisiones políticas de su comunidad y del país. La vida humana tiene valor y su condición no debe ser reducida al de una cosa sin potencia. Aun cuando lo hegemónico intente invisibilizar el conflicto y se trate de folclorizar a la gente, como en “Calendario Chiloé 2020”, la lucha por la justicia y la memoria persiste.
También es relevante, a propósito de la contingencia de la pandemia que estamos padeciendo, comentar algunos poemas que se relacionan con ella. En “Huella” se puede leer algo con lo que nos hemos familiarizado en este periodo: «La mascarilla debería guardarnos todo/ Pero no puede/ Se asoman los ojos/ Las narices/ Las mejillas/ Se desbordan como musgo/ Y en esas arrugas la belleza de un horizonte». Es decir, hay rasgos y signos que no pueden ser ocultados, aunque seamos forzados a higienizarnos y confinarnos. La mirada requiere de otra que la observe, la piel necesita de otra que la toque. Es por eso que, en este contexto, el aviso de la vecindad preocupada en los versos «La municipalidad ha llegado, corre la voz CINDY/ Van a S-A-N-I-T-I-Z-A-R las casas» (“Mi esquinita azul”) posee un vínculo genuino con el deseo de la hablante cuando dice «Volveré a ver los rostros amados/ Sentados nuevamente en la mesa» (“La última cena”).
Para finalizar, quiero referirme al poema que cierra la obra, “Mi nombre”. Con un tono autobiográfico, la autora aparece como hablante para hacerse parte del relato que ha elaborado, donde ha compartido entre su gente las risas y los llantos. «Me llamo Patricia», nos cuenta, «Pero no de la realeza Patricia/ Nací de madrugada en el hospital de Castro/ Y en esa cuna hospitalaria/ Me acostumbré a la noche». Situándose en su propio espacio vital, Patricia Águila hace de la poesía una «moneda cotidiana», como decía Jorge Teillier; se enfrenta a la realidad desnuda, sin fantasías, confiando en que algún día «Los estruendos de aquellas voces, sonarán como tormenta» y ya no habrá más impunidad.
 
 
 

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