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martes, julio 7, 2020

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Carlos Delgado Álvarez

Director Sede Chiloé

Universidad de Los Lagos

Mucho escuchamos y leímos sobre la necesidad de recuperar la normalidad perdida, también de la necesidad de una nueva normalidad y ahora último, de recuperar la confianza. Si, la normalidad y la confianza que teníamos, que nos teníamos, en la cual vivíamos y convivíamos. Sin embargo, hay malas noticias: a pesar de todos los esfuerzos que se realicen editorializando sobre aquello, no recuperaremos lo que antes teníamos y hemos perdido, porque lo que antes existía y denominábamos como normalidad y confianza, nunca fueron aceptadas como tales sino con altos niveles de imposición; nunca gozaron de la salud suficiente como para ahora extrañar su ausencia y desear su vuelta tal como eran. Así es, la nueva normalidad que por estos días se promueve y profetiza, como la confianza que se espera recuperar, requieren necesariamente de nuevos términos que precisamente den nacimiento a una nueva confianza.

Muchas investigaciones nos han estado señalando que la confianza institucional tiene una estrecha relación con el buen desempeño que se espera de las propias instituciones para satisfacer las demandas de los ciudadanos (Baker, 2008González de la Vega et al., 2010Hiskey & Seligson, 2003Morales Quiroga, 2008Price & Romantan, 2004). Pero también, que la baja confianza institucional se encuentra asociada con la ineficacia del gasto público (Baker, 2008) y con la corrupción, y como un círculo vicioso, fortalece la mala evaluación de la gestión institucional (González de la Vega et al., 2010).

Nada de promisorio para los llamados que se realicen para recuperar las confianzas perdidas si a la vez la ciudadanía no cambia su evaluación de las instituciones que se espera que con su desempeño eficiente, generen confianza e instalen una nueva realidad fundada precisamente en ella. Esto es sumamente importante considerar como condición para la nueva normalidad, pues la confianza es una variable que explica una variedad de fenómenos, como el orden social justo, el orden político participativo, la transparencia de los mercados y de la gestión pública, la equidad en las relaciones laborales, hasta la satisfacción en las relaciones personales. Entonces, si queremos una democracia con instituciones valoradas por la ciudadanía, tenemos que establecer nuevos estándares que nos permitan una evaluación a la luz del grado de satisfacción de las demandas ciudadanas.

Al mismo tiempo, la confianza social es indispensable para el desarrollo de cualquier sociedad ya que posibilita la cohesión social, los procesos de interdependencia, la cooperación, la conexión social, la acción colectiva y la tolerancia entre los ciudadanos (Bakker & Dekker, 2012Delhey, Newton & Welzelc, 2011Reeskens, 2007Rousseau et al., 1998You, 2012). Además, se la concibe como un indicador de desarrollo cívico y se la asocia al crecimiento económico y a una buena gestión gubernamental del país (Bjørnskov, 2012Dingemans, 2010Ferullo, 2004).

Entonces, una nueva confianza se fundará en la contribución para la construcción de relaciones predecibles con uno mismo, con los demás y con las instituciones políticas y sociales, lo cual repercutirá directamente en la calidad de nuestra vida, ya que cuando aprendemos a confiar, al mismo tiempo adquirimos esperanza, lo cual incrementa o disminuye nuestra percepción de vulnerabilidad, constituyendo un indicador emocional del grado de fragilidad con que nos percibimos y de las instituciones y sociedad en que vivimos. A nivel social, la confianza en las instituciones cumple un rol fundamental, ya que condiciona la confianza social de los ciudadanos; cuando las instituciones propician un marco de legalidad, políticas de equidad social y justicia las personas se sienten seguras en sus intercambios con los demás y sus políticas institucionales generan la percepción de que los actores institucionales son capaces de minimizar el oportunismo y fomentan la creencia y la expectativa de que los demás son confiables.

Si las empresas quisieran construir una nueva confianza con los consumidores, deberán hacerlo eliminando la letra chica y el abuso característico en los tiempos de normalidad; si los políticos quisieran una nueva confianza con sus electores, tendrán que hacerlo con transparencia y coherencia entre su discurso y sus actuaciones; si los empleadores quisieran  una nueva confianza de sus trabajadores, deberán compartir los riesgos y beneficios de la gestión empresarial. El mejor ejemplo de esa nueva confianza nos la están dando los profesionales de la salud durante estos días: cuando concurren a salvar a quienes se han contagiado, comparten el riesgo con sus pacientes, cuando los salvan de morir les aplaudimos y agradecemos, pero cuando no lo logran, también valoramos el esfuerzo que realizan para evitar el contagio y la muerte, porque antes se han comprometido en lograrlo.

Carlos Delgado Álvarez

Director Sede Chiloé

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