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viernes, julio 23, 2021

Descolonizando la conservación ambiental desde y para Chiloé

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Phd(c), Ms. Pablo Aránguiz Mesías.
Consejo General de Caciques Williche de Chiloé
Natri Bajo rural s/n. Chonchi. Chiloé

El evento de mortandad de miles de toneladas de salmones y posterior florecimiento de algas nocivas (FAN) en el fiordo Comau durante el mes de Marzo pasado nos hizo revivir en parte los eventos sucedidos hace cinco años durante el Mayo chilote. Quienes vivimos en carne propia esas semanas de incertidumbre pero también de solidaridad y compañerismo hemos tenido un lustro para reflexionar sobre los aprendizajes obtenidos durante esos meses de 2016.

Uno de los mayores aprendizajes, desde mi punto de vista, fue la constatación que la crisis ambiental y la crisis social que afecta a diversas partes de nuestro territorio nacional son dos caras de la misma moneda, o en un sentido más amplio, que existe una relación de interdependencia entre la dimensión humana y la ecológica/ambiental. Esto último, que para algunos nos parece de sentido común, parece haber sufrido drásticas transformaciones en el tiempo y para comprender aquello poder mirar la historia de Chiloé desde una perspectiva socioecológica puede resultar una experiencia ejemplificadora. Pero para eso debemos retroceder hacia el pasado más de cuatrocientos años.

La información científica con que contamos da cuenta que desde la llegada de la colonización española hasta el presente en Chiloé se ha vivido un proceso de transición socioecológico del co-habitar el archipiélago. Los primeros exploradores españoles se encontraron con un modelo de habitar consuetudinario caracterizado la presencia de una red compleja de relaciones entre seres humanos y más que humanos[1] (Alvarez et al., 2018; Araos et al., 2020; Skewes et al., 2012) De acuerdo a Álvarez et al (2018) el acceso a la naturaleza y la convivencia entre personas, y con los más que humanos, estaba fuertemente mediada por creencias, tabúes, consideraciones cosmogónicas que sancionaban –y sancionan- fuertemente todo acto de egoísmo hacia otros/as. De esta forma extraer más de lo necesario significaba transgredir una ética colectiva, y sería la propia naturaleza la que se encargaría de sancionar al infractor (Álvarez et al., 2016). Las familias generaron una forma de vida que permitía el acceso colectivo a los espacios comunes, pero también privados (como los corrales de pesca) de tal forma que sus economías, el trabajo en sí, pudiese ocurrir sin excluir a nadie. Por lo tanto, esta relación ética da cuenta del reconocimiento de un otro u otra (humano y más que humano), es decir una relación entre pares, el reconocimiento de un sujeto.

Con la llegada de los colonos españoles este modelo de co-habitar comienza progresivamente a cambiar. La cosmovisión del hombre europeo basada en la fantasía de la individualidad y bajo la lógica feudal ordena las relaciones con otras, otros y lo otro/a por medio de un orden jerárquico (fig. 1). Mediante el uso de la fuerza se somete y subordina a la población indígena a la esclavitud, al mismo tiempo que se somete al alerce (Fytzroya cupressoides) en forma de tablas como tributo con destino al virreinato del Perú. De este choque de cosmovisiones, el conjunto complejo de relaciones entre humanos y más que humanos comienza lentamente a cambiar, el sujeto progresivamente se transforma en un objeto.

Fig 1. La pirámide de los seres vivos de Charles de Bovelles extraída del Liber de sapent (1509)

 

La historia reciente de Chiloé da cuenta de diversos hitos que expresan como esta nueva forma de relación con los ecosistemas y la biodiversidad se transformaba. Podemos mencionar desde la explotación masiva del Ciprés a finales del siglo XIX (incluyendo su propio rey), pasando por la caza intensiva de mamíferos marinos, principalmente cetáceos, lobos marinos y nutrias hasta la instalación del destilatorio de Quellón, asociado al acaparamiento de los territorios williche del sur de la isla grande y la explotación de sus bosques que dieron paso a la fundación de Quellón “nuevo”. Sin embargo no es hasta el final de la segunda mitad del siglo XX cuando de la mano de la dictadura cívico-militar y  bajo el manto del modelo capitalista neoliberal donde se comienza a proyectar un nuevo destino para los parajes chiloenses. El modelo extractivista refuerza la relación subordinadora para con los más que humanos consolidando la idea que ecosistemas y biodiversidad son objetos explotables y fuente de “recursos naturales”. El alumno destacado en esta etapa sin duda corresponde a la salmonicultura, no obstante la primera expresión de esta nueva etapa correspondió al proyecto Astillas de Chiloé que en 1974 de la mano de capitales japoneses pretendía explotar 125.000 has. de bosque nativo para convertirlos en chips destinados a la industria del papel. Solo la activa movilización local, articulada por el recién llegado Obispo Ysern, y el apoyo de organizaciones ubicadas en Santiago lograron torcer el brazo del gobierno dictatorial, lo que a la postre fue considerado un rotundo éxito de un incipiente movimiento ambiental chileno.

Lo que iba a estar por venir resulta de gran interés; la importancia ecológica del área que sería intervenido por el proyecto, el alto valor para la biodiversidad y su supuesto nivel de prístinidad dio luz a la creación del Parque Nacional Chiloé en 1983. Bajo la misma lógica de separación entre humano y naturaleza, se daba respuesta a la amenaza provocada por el extractivismo. Es decir, bajo el mismo paradigma el “objeto” esta vez debía ser PROTEGIDO. En este caso las consecuencias sobre la población local pasan a ser las mismas que las de su versión depredadora;  acaparamiento de tierras, exclusión territorial y prohibición de acceder a zonas tradicionales de uso de los bienes comunes. Más de veinte años tuvieron que pasar, esta vez ya en democracia, para que el territorio williche de la comunidades de Chanquin y Wentemo en la zona de Cucao fueran desafectadas del parque nacional y restituidas a sus habitantes originales.

El modelo de conservación de la biodiversidad mediante la creación de unidades territoriales destinadas a la protección ambiental o Parques nace en Estados Unidos a finales del siglo XIX. Se encuentra ampliamente documentado que este modelo, replicado en todo el mundo, tiene unas raíces racistas y que a influenciado el pensamiento científico sobre la conservación biológica a escala global. Impulsado por la fantasía de la prístinidad y bajo la lógica que este objeto preciado (la naturaleza) debe ser protegido se ha justificado la violación de los derechos humanos y territoriales en poblaciones originarias y comunidades locales de los cinco continentes. En las últimos décadas, de la mano del capitalismo global y en concomitancia con ONG´s multinacionales cuyos objetivos medioambientales son más que dudosos, se ha utilizado el espejismo del turismo ambiental o de intereses especiales como gancho para involucrar a gobiernos y comunidades locales en el modelo de desarrollo dominante y homogeneizador; la evidencia global y local demuestra que es solo una elite privilegiada, principalmente provenientes de países del norte, quienes pueden participar de estas experiencias. La utilización de especies carismáticas, como ballenas, alerces, osos polares u otras que buscan sensibilizar a la población local, en tanto objetos de conservación, solo replican la lógica piramidal que subordina a unas especies respecto a otras. Categorías tales como zonas prístinas, naturaleza salvaje o áreas deshabitadas desconocen y niegan el habitar tradicional de las comunidades locales que cuentan con zonas tradicionales de uso estacional o zonas de paso y un profundo conocimiento ecológico adaptado a dichos territorios.

De lo anterior tenemos ejemplos de sobra en Chiloé, el mencionado caso del Parque Nacional Chiloé (en su momento incluyó también la idea de un parque marino), el parque privado Tantauco, los intentos de creación de áreas de protección marina en el golfo de corcovado, los intentos de  apropiación de la figura de Espacios Costeros Marinos de Pueblos Originarios con fines de conservación ambiental en isla Wafo o la creación de “santuarios de la naturaleza” para la protección de turberas solo vienen a reproducir y perpetuar la lógica impuesta desde hace más de cuatrocientos años respecto al tipo de relación que como humanos debemos sostener con los otros, otras y lo otro.

De vuelta a nuestros días, el proceso constituyente que ha comenzado en nuestro país junto con la participación de constituyentes provenientes desde el archipiélago nos brinda una oportunidad única de mirar hacia las raíces socioecológicas de Chiloé, de buscar nuestras propias y esta vez nuevas respuestas a los problemas locales y globales que nos aquejan en el archipiélago.  Iniciar un proceso transformador territorial sobre la base de la justicia, equidad e igualdad respecto al tipo de relaciones que queremos sostener entre todas y todos (humanos y más que humanos) de aquí en adelante, como alternativa a los extractivismos,  se nos presenta como un desafío pero también como un imperativo desde y para el archipiélago de Chiloé.

[1] Se entiende “más que humanos” como especies biológicas, rocas, minerales, elementos del paisaje, ecosistemas, espíritus alojados tanto en los elementos del paisaje como en las especies, etc.

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