Sin miedo a la libertad

Por Carlos Delgado Álvarez, Director Universidad de Los Lagos, Sede Chiloé

En plena lucha contra la dictadura llegó a mis manos El Miedo a la Libertad, de Erich Fromm. Me conmovió en ese entonces en pleno periodo de formación profesional, aun hoy lo recuerdo con especial atención y se ha quedado en los anaqueles de los buenos libros que he leído y que recomiendo. Fromm, recordemos, está decidido a comprender las causas y consecuencias del auge del fascismo en Europa a mediados del siglo XX. Busco la frase exacta: “hemos debido reconocer que millones de personas, en Alemania, estaban tan ansiosas de entregar su libertad como sus padres lo estuvieron de combatir por ella”. Me asusta el sólo recordar a quienes conciben la historia como ciclos sucesivos en los cuales el hombre (y la mujer habría que agregar) no trepida en repetirla o tropezar con la misma piedra.

Es cierto que Erich Fromm vivió otra época, pero su posición con respecto a la solidaridad moral y al adoctrinamiento político no sólo resiste la prueba del tiempo, sino que además amerita ser recordada a la luz de nuestra convulsionada forma de vivir. En efecto, no existe en la historia humana una época tan proclive al temor, la angustia y la renuncia a la libertad como la moderna. La suma de miedos de nuestro tiempo se escriben con palabras como “terrorismo”, “calentamiento global”, “mutación genética” de nuevos virus o “desastres naturales”.

La angustia, en este contexto, es una derivada del ejercicio de la propia libertad, del desamparo que implica valerse por los propios medios en una sociedad que ha sometido todo al arbitrio del poder del dinero en la competencia mercantil, donde el hombre adquiere la necesidad de someterse al prójimo, y éste de renunciar a su libertad para ganar mayor seguridad. Así, quien es dominado necesita un dominador que le haga la vida más segura y donde el asistencialismo y el paternalismo son dos ejemplos claros de los riesgos expuestos.

Da escalofríos pensar el advenimiento de un “nuevo ciclo” al cual se va en búsqueda de seguridad, estabilidad y certezas. Fromm sugiere comprender las necesidades del hombre como socialmente dadas: “las inclinaciones humanas más bellas, así como las más repugnantes, no forman parte de una naturaleza humana fija y biológicamente dada, sino que resultan del proceso social que crea al hombre. En otras palabras, la sociedad no ejerce solamente una función de represión -aunque no deja de tenerla-, sino que posee también una función creadora”.

Fromm se definía como humanista y socialista, no obstante su concepción del socialismo variaba considerablemente de la que imperó en buena parte del siglo XX. El propósito del socialismo debía ser el de promover la individualidad y no la uniformidad, alentar la liberación de la servidumbre económica, promover la solidaridad humana y eliminar toda manipulación o dominio de unos sobre otros, el objetivo central debía establecerse en crear una sociedad donde el ciudadano participara activa y responsablemente en las decisiones. La producción y el consumo deberían subordinarse a las necesidades humanas y además tendría que establecerse como principio fundamental el de la utilidad social y no el de la ganancia material.  

Una de sus propuestas más visionarias la llamó “sueldo asegurado” o “ingreso garantizado”, que consistía en asegurarle a toda persona sin un ingreso, un sueldo mínimo que le permitiera cubrir sus necesidades básicas. El efecto más liberador de la medida se vería en que “La gente aprendería a no temer, puesto que ya no necesitaría tener miedo al hambre”, y la sociedad debería evaluar en costos de criminalidad y drogas, y también considerando otras formas de ayuda social, si el ingreso garantizado no le resultaría mucho más económico. Así, el ideario frommiano está cruzado por las grandes aspiraciones de la modernidad: la búsqueda de la igualdad y de la libertad, dos principios fundamentales que en nuestro tiempo permitirían construir una sociedad donde se priorice el interés de las personas y no las ganancias empresariales o los beneficios para una clase política privilegiada que se ubica por encima de la mayoría. Para Fromm “el único criterio acerca de la realización de la libertad es el de la participación activa del individuo en la determinación de su propia vida y en la de la sociedad, entendiéndose que tal participación no se reduce al acto formal de votar, sino que incluye su actividad diaria, su trabajo y sus relaciones con los demás. Si la democracia moderna se limita a la mera esfera política, no podrá contrarrestar adecuadamente los efectos de la insignificancia económica del individuo común”.

A casi cuarenta años de su muerte, la vigencia de sus planteamientos parecen cobrar vitalidad como la de tantos humanistas que a través de la historia han advertido los riesgos de nuestro comportamiento individual y colectivo, y que bien valen un respiro tomarse estos días para iluminar nuestro camino y las decisiones que tomamos. Se ha dicho que las crisis son también oportunidades y la actual, siendo la mayor en lo que va corrido el nuevo siglo, bien puede ser la de las decisiones que nos permitan avanzar en la dirección de la sociedad que por generaciones hemos venido soñando, luchando y construyendo. Estos días de convulsión social me han recordado esta lectura que marcó mi definición política y me ha permitido preguntarme cuánto de riesgo corre nuestra libertad o si la aspiración a un mayor bienestar es una lucha sin miedo a perderla.

Los Profesores – El respeto que les (nos) debemos

Los Profesores – El respeto que les (nos) debemos

Carlos Delgado Álvarez

Hoy existe una valoración de las profesiones basada principalmente en el salario. Esto repercute en las decisiones de los jóvenes y sus familias, pero también en el valor estratégico que tiene el rol del profesional en la sociedad actual. La relación directa entre los ingresos económicos de las personas y el aprecio por la labor, carcome el ethos cultural de la profesión. En el caso de los profesores, carcome también su autoridad frente a los estudiantes como facilitador, transmisor o depositario del conocimiento y de la cultura.

Si bien en los últimos años como país hemos realizado importantes esfuerzos con reformas que han permitido aumentar los ingresos de los profesores, como una forma de reconocimiento a su labor, aún queda mucho camino por delante. En esto la responsabilidad no es totalmente externa, sino que ha existido un relajamiento ante las evidencias de que la falta de valoración social carece de un correlato de reacción desde los propios docentes, ya sea individualmente o como colectivo perteneciente a una profesión relevante para el desarrollo económico, social y cultural de nuestro país.

Siempre he señalado que uno de los factores asociados al mejoramiento de la valoración social de los docentes es el respeto que se les debe tener. Oportunidad que tengo le hago saber a padres y estudiantes, lo significativo que ello es para generar espacios apropiados para una enseñanza de calidad. Un profesor respetado por sus alumnos, por los padres y por toda la comunidad, es un profesor motivado, que se plantea con seguridad en sus conocimientos y estrategias de enseñanza y con confianza en la utilización de sus criterios de evaluación. Un docente respetado posee un valor formativo para todos los miembros de la comunidad escolar.

Si los padres y la comunidad, por distintas razones, descalifican su comportamiento, relativizan su autoridad o dudan de sus conocimientos, están transmitiendo a sus niños y jóvenes una visión menospreciativa de su persona y de su labor. Esto nos obliga a reconocer que un docente lo es siempre: no solo en la sala de clases y el centro educativo, sino que también y especialmente en los espacios públicos. Como profesor/a estoy obligado moral y profesionalmente a tener un estándar superior si quiero me respeten como docente y maestro. Los jóvenes son duros cuando les llega el momento de juzgar a sus antiguos docentes y generalmente no coinciden aquellos que buscan el halago fácil y complaciente con el “buen profesor” que recordamos.

La sociedad actual ha invalidado el viejo adagio de que eran compatibles “las virtudes públicas con los vicios privados”. Cada vez la línea que los separa es más débil, por lo que los profesores deben serlo siempre, en la sala y en la calle, como decía Gabriela Mistral. Somos responsables de nuestras palabras, del tono con el cual las decimos, de nuestros silencios, de nuestros gestos, de los contenidos de nuestras enseñanzas, de las experiencias en las que hacemos participar a nuestros estudiantes, de los ejemplos que damos con nuestra propia conducta, de nuestra vida pública.

El educador tiene la obligación de ofrecer en sí mismo el ejemplo de lo que enseña, manifestándolo en lo corporal mediante el decoro, adecuándose a las circunstancias de lugar y tiempo. Las conductas del docente deberán ser coherentes con sus enseñanzas, que no sólo se basen en sus conocimientos sino también en su modo de vida, lo cual permite que sus estudiantes lo consideren un referente ético, con autoridad en lo que enseña. Franklin Jones decía que “Los niños son impredecibles. Nunca sabes cuál será la siguiente inconsecuencia en que te atraparán”.

El reciente informe del BID Profesión: Profesor en América Latina ¿Por qué se perdió el prestigio docente y cómo recuperarlo? nos señala una ruta de cómo mejorar los sistemas educativos a través de la formulación de una estrategia que convierta a la docencia en una carrera atractiva con un prestigio social incuestionable, focalizando los esfuerzos en evidenciar la relevancia de la profesión para la sociedad, en el respeto por el conocimiento adquirido por quienes la ejercen, y en su reflejo con el nivel salarial comparativo con otras profesiones. Como dice Michael Fullan, el incremento del capital profesional es indispensable para ganar en prestigio social y respeto y autoridad profesional.

Carlos Delgado Álvarez

Un currículo para la formación profesional

Un currículo para la formación profesional

Carlos Delgado Álvarez

Director Universidad de Los Lagos Chiloé

En 1939 Harold Benjamin, imaginándose una sociedad preshitórica escribía: “No enseñamos a capturar peces con el fin de capturar peces, sino para desarrollar una agilidad general que no se puede obtener mediante la mera instrucción. No enseñamos a cazar caballos a garrotazos por cazar; lo hacemos para desarrollar una fuerza general en el aprendiz que nunca podrá obtenerse con algo tan prosaico y especializado como la caza de antílopes. No enseñamos a asustar tigres de dientes de sable con el fin de asustar tigres; lo hacemos con el propósito de dar ese noble coraje que se aplica a todos los asuntos de la vida y que nunca podría provenir de una actividad tan básica como cazar osos”.

Lo anterior nos recuerda la creación del currículo, pero también que tradicionalmente éste es concebido como el conjunto de contenidos que los estudiantes deben aprender, pero que hoy, de continuar así, mal podrán nuestros estudiantes desarrollar las habilidades y actitudes para dejar de pretender asustar con fuego a los tigres de dientes de sable que ya no existen. Pues el currículo es un instrumento para el desarrollo de competencias cambiantes que responden a la preparación que requiere la fuerza de trabajo para el mundo de hoy, y con mayor razón para el de mañana.

Las instituciones educativas deben preparar a los estudiantes para convivir con un mundo que cambia económica y socialmente a una velocidad como nunca antes para empleos que aún no son y para enfrentar problemas sociales que tampoco sabemos que habrán de surgir y que por lo tanto, el éxito educativo ya no está dado por la capacidad de reproducción de dicho conocimiento basado en contenidos, sino en la aplicación de ese conocimiento a nuevas situaciones económicas y sociales. A Einstein se le atribuye la frase de que “no podemos resolver nuestros problemas con el mismo pensamiento que utilizamos cuando los creamos”, por lo que debemos preguntarnos con más regularidad lo que deberían aprender nuestros estudiantes en esta era de la búsqueda, de la robótica y de la inteligencia artificial que se nos cuela por doquier.

La formación profesional debe avanzar hacia un currículo más exhaustivo, con capacidad de adaptación, que otorgue oportunidades de elección a los estudiantes y asuma las necesidades locales con un sentido de responsabilidad global, donde la economía y los desafíos de sobrevivencia tienen ese carácter. Nuestros sistemas de formación deben incorporar las tecnologías exponenciales que nos están brindando oportunidades extraordinarias para cambiar las formas de vivir en un mundo amenazado, diseñando un currículo más interdisciplinario, que les enseñe a los estudiantes cómo pensar, cómo aprender, cómo sintetizar información y cómo aplicar un discernimiento crítico.

La educación de los jóvenes tiene fronteras cada vez más difusas, ya no es posible clasificarlas con tanta rigidez como aquella que prepara para el mundo del trabajo en contraposición a la formación académica que prepara para la continuidad de estudios universitarios. Toda la educación superior tiene como destino el mundo laboral tarde o temprano, como tampoco son solo los jóvenes quienes requieren formación profesional temprana, hoy existe la necesidad de la formación permanente y continua para toda la vida, especialmente cuando la vida útil se prolonga cada vez más, lo cual exige no solo generar oportunidades de actualización sino también de continuidad socialmente válidas, tanto para la empresa como para la academia. Esto significa que debemos enfocar la formación de competencias más complejas, en aquellas que solo los humanos pueden realizar bien, como las no rutinarias interpersonales y analíticas. La base del currículo, como en la sociedad prehistórica de Benjamín, ya no está en los contenidos, el aprendizaje debiera centrarse en sus aplicaciones a través del uso de sus habilidades.

Estas convicciones nos ha impulsado a complementar la formación actual de nuestros estudiantes a través del programa de Levantamiento y Mejoramiento de los Sistemas Eléctricos de las Iglesias Patrimoniales en conjunto con el Centro Nacional de Sitios de Patrimonio Mundial y de la incorporación de las competencias emprendedoras a través del convenio con Freeport-McMoRan para incorporar el programa DreamBuilder, lo que nos permitirá además, capacitar a 300 jóvenes y mujeres de la provincia durante este año.

Carlos Delgado Álvarez

Director Universidad de Los Lagos Chiloé

La insularidad nuestra

La insularidad nuestra

Carlos Delgado Álvarez
Director Universidad de Los Lagos Chiloé

Nuestra insularidad tiene una relevancia analítica. Es un factor explicativo que incentiva y justifica su estudio. Por eso, asumir nuestra condición tiene como objetivo facilitar el diseño y la implementación de las políticas, también exige tener un instrumental analítico diferenciado para la cabal comprensión de la dinámica insular. Convertir el hecho insular en objeto de estudio como entidad territorial, ha sido una constante desde la geografía; la propia antropología ha encontrado en el aislamiento la explicación a determinados comportamientos culturales; la biología, por otro lado, nos ha alertado sobre las dinámicas específicas de sus ecosistemas, e incluso la ciencia política y la sociología han encontrado en esta condición una categoría de análisis.

La insularidad geográfica en un hecho característico de las islas del archipiélago de Chiloé, que se fundamenta en el aislamiento y su discontinuidad territorial, donde la magnitud de dichos factores le otorga significado. El aislamiento expresa la carencia de una relación con el entorno, lo cual deriva en ciertas dificultades de accesibilidad y que configura, a través de periodos prolongados, una serie de características de la vida social, económica, cultural y política en las islas; recrean un endemismo biológico y un arcaísmo lingüístico que suelen derivar en interés tanto científico como turístico.

También las islas de Chiloé se caracterizan por su vulnerabilidad, por su incapacidad para otorgar seguridad a su población en aquellos aspectos que definen la calidad de vida adecuada al no garantizar los suministros básicos en los asentamientos humanos. De esta misma vulnerabilidad surge el cuestionamiento a la viabilidad insular para surtir de las cantidades suficientes de energía e información dentro del ecosistema insular para sostener y emprender acciones tendientes a mejorar la calidad de vida, al verse limitadas las oportunidades para la formación cultural y la constitución de un territorio sustentable y productor de crecientes niveles de bienestar social. Es decir, la viabilidad insular se incrementa cuando existen terrenos de fácil acceso y agua suficiente para sostener actividades agrícolas convenientes, cuando los servicios de energía, agua potable, transporte, eliminación de las aguas servidas y recolección de desechos y basuras están garantizados.

Hemos asumido ser parte de un país homogéneo, nos hemos acostumbrado a pensar y desenvolvernos en un territorio no solo unitario sino también uniforme. A través de casi doscientos años no hemos tenido la fortaleza para visibilizar nuestra singularidad debido a diferentes razones, entre las cuales destaca la incapacidad de organizar y dar cuerpo a una teoría crítica de base insular que justifique nuestra condición geográfica y que derivado de ella, hayamos sido capaces de formular e impulsar políticas especiales más allá de la asistencialidad.

Definir nuestra insularidad, a estas alturas, constituye un deber que nos obligará a adaptar las políticas nacionales a las necesidades existentes y con claras implicancias en la dimensión político-institucional de la gestión pública especialmente, lo cual, innegablemente, llevará a considerar nuestro territorio insular como una región natural que cuenta con una problemática específica y cuyo estudio adquiere relevancia espacial. En este sentido, la Universidad de Los Lagos abordará desde la investigación y desde la observación de las políticas públicas, el conocimiento que nos permitirá tomar mejores decisiones para que el bienestar social al que aspiramos sea coherente con los desafíos tecnológicos y responda con autoridad tanto a las dinámicas planificadoras como a las fuerzas del mercado.

Carlos Delgado Álvarez
Director Universidad de Los Lagos Chiloé

La construcción de nuestra identidad universitaria

La construcción de nuestra identidad universitaria

Carlos Delgado Álvarez

Director Universidad de Los Lagos – Chiloé

Tradicionalmente en Chile la universidad se ha pensado así misma como de carácter nacional, ha respondido a la exigencia de formación, consolidación, expansión y desarrollo del Estado-nación. Solo con el devenir del siglo XXI ha surgido el carácter crítico y reclamo de autonomía en la discusión sobre los alcances de la descentralización territorial. Sin embargo, tal vez lo más significativo de estos tiempos ha sido el surgimiento de una identidad territorial que no solo sobrepasa las estructuras, sino también al propio poder político estatal, adquiriendo en no pocos casos, una identidad institucional de mayor fortaleza con el territorio con el que se vincula, manteniéndose una permanente tensión entre las pretensiones de control, por un lado, y las de autonomía, por el otro. Expresadas las primeras en las políticas de financiamiento y regulación, y las segundas en la acentuación de su carácter ciudadano.

En un mundo que no termina de configurarse luego del declive de la sociedad industrial en los términos como la hemos conocido, fundada en la centralidad de los factores productivos tradicionales desde una mirada del desarrollo económico, en el tránsito hacia lo que se ha denominado como la sociedad del conocimiento, surgen las voces que demandan sistemas de decisiones más descentralizados y en los cuales las universidades adquieren un rol más cercano, involucradas en dichos procesos y conocedoras de sus territorios, pero también demandantes de una nueva generación de políticas públicas, con mecanismos de financiamiento sensibles a los propósitos y a la diversidad regional. En este sentido, los gobiernos regionales pueden contribuir a la constitución de universidades fuertes en sus territorios a través de políticas de financiamiento concertadas que fortalezcan la creación de capacidades y desarrollo de talentos; la definición de objetivos para la inversión en investigación aplicada y para la creación artística; y para el mejoramiento de las competencias de los trabajadores y directivos a través del apoyo a la formulación de programas de formación de capital humano calificado. La universidad puede contribuir al desarrollo integral y equilibrado en el territorio regional.

Ello redundará en gobiernos más competentes, pertinentes y sensibles a las necesidades de la población regional y por ende, a incrementar las capacidades de gobernanza territorial, de representación ciudadana, al mejoramiento del bienestar social, de la convivencia democrática, del desarrollo productivo y del funcionamiento de las instituciones. Esta necesaria vinculación no puede ser solo un recurso discursivo, sino que debe manifestarse en el reconocimiento de que es en la comunidad regional donde reside la búsqueda del bienestar.

Nuestro territorio insular representa una realidad geográfica, poblacional, cultural y de recursos que le otorgan una particularidad tanto nacional como regional, por lo que la comunidad universitaria tendrá que ver esto como una oportunidad para pensarse a sí misma, definir una estrategia de vinculación territorial junto a una diversidad de propósitos acordes a las necesidades locales, única manera de tener un impacto positivo sobre el desarrollo local, que se exprese en una mayor diversificación de la matriz productiva y desplazar la actual economía extractiva de bajo valor agregado. Desde Chiloé, debemos contribuir a que la Universidad de Los Lagos sea globalmente competitiva y a la vez, velar por un cada vez mayor compromiso local, que es dónde encontrará su significado y por lo tanto su identidad.