La herencia de Jaime Guzmán es la Constitución Política de 1980, pero también la despolitización

La herencia de Jaime Guzmán es la Constitución Política de 1980, pero también la despolitización

Por Eduardo Ocampo Castillo

Mucho se ha discutido sobre cómo el legado de Guzmán está radicado en la Constitución Política de 1980. Pero no sólo está ahí. Para Guzmán, y la clase social minoritaria para la cual puso toda su capacidad intelectual, uno de sus principales objetivos, para hacer posible la dominación del nuevo régimen y las transformaciones de la dictadura, era despolitizar la sociedad en un doble sentido: que la sociedad no podía hacer política, ni que las organizaciones políticas debían desarrollarse en el seno de la sociedad. La sociedad, en este sentido, se agruparía en cuerpos intermedios “con fines propios” y las organizaciones políticas lo harían en torno al Estado.

 

¿Por qué a Guzmán le interesaba tanto la despolitización de la sociedad o la separación de la sociedad y la política? Porque comprendía que en su unidad, entre otros factores, estaba la posibilidad de que las mayorías sociales y populares disputaran la conducción del país y, por ende, el poder. Guzmán odiaba a la dirigencia sindical politizada, a la pobladora politizada, al universitario politizado, y a las organizaciones políticas que, en el seno de la sociedad, llevaban a cabo esa tarea. No sólo les odiaba, les temía, y por razones históricas.

 

La separación sociedad y política está en la Constitución Política de 1980. Por ejemplo impide a dirigentes sociales ser autoridades políticas, y prohíbe a los partidos políticos intervenir activamente en la vida social.

 

Sin duda que los partidos políticos son parte de la crisis en desarrollo en Chile, pero no permitamos que esa crítica, legítima, incube en corazón de esta extraordinaria movilización uno de los objetivos de Guzmán: Despolitizar para que el orden de los de arriba siga igual. Luchar por la democracia, la justicia social, por el fin del neoliberalismo y la Constitución Política de 1980 es una gesta histórica y política, no vaciemos su contenido.

La estremecedora carta de Mariano Puga: “Este pueblo tiene el derecho a destruirlo todo porque todo le han destruido”

Mariano Puga, Octubre 26, 2019

Aburrido hasta el tuétano. Despierto en la mañana y lo primero que me encuentro es con la parálisis política que da cuenta de falta de liderazgo. Discursos fomes, repetitivos, sin creatividad y estúpidos. Somos dictadura y prisioneros de Pinochet, prisioneros de nosotros mismos, de nuestras propias prisiones, de nuestros propios odios (…) Ni los pacos ni los milicos son nuestros enemigos. Los que mandan a la calle son, en su gran mayoría, gallos que han nacido en el seno del mundo popular que muchas veces no encontraron alternativa alguna para sobrevivir (…) Este pueblo tiene el derecho a destruirlo todo porque todo le han destruido. Habrá que preguntarse: ¿¡Qué cariño le hemos tenido, qué hogar les hemos brindado!? ¿Qué amor les hemos dado? ¿Qué he hecho yo por afectar para mejor sus vidas? “Y la Iglesia apenas musita declaraciones, la iglesia ha sido cómplice del sistema de mercado. ¿Qué les pasa a los pastores de Chile? Han perdido la capacidad de estar con el pueblo, hacer suyo sus gritos y gemidos, han perdido credibilidad porque hemos escandalizado a nuestro pueblo” Dándole vuelta a estas cosas y escuchando el horrible discurso de Piñera, asumo que no entiende nada, ¡pobre hombre! me acordé de Luis XVI cuando le van a decir en la noche del 14 de julio que el pueblo se ha parapetado en La Bastilla y que no saldrá de ahí sino con la fuerza de las armas y él dice “Ah, ¿no se quieren ir? que se queden entonces”. Piñera no entiende lo que está detrás del clamor de la gente, él y muchos como él, no pueden entender el despertar del pueblo, no entiende que las leyes que sostienen el sistema social, de salud, de trabajo, de previsión es excluyente, egoísta, inhumano. Y él no lo entiende porque él es uno de la tribu privilegiada del sistema. Nunca lo entenderá, hasta que no se convierta a Jesucristo. La revolución no se hace con los poderosos, sino con aquellos que hacen suya la causa de los sin poder y ésos nos faltan hoy. No veo cómo este sistema los va a producir, más bien al revés, el sistema toma a los sin poder y los transforma en los adoradores del modelo de consumo.

Y la Iglesia apenas musita declaraciones, la iglesia ha sido cómplice del sistema de mercado. ¿Qué les pasa a los pastores de Chile? Han perdido la capacidad de estar con el pueblo, hacer suyo sus gritos y gemidos, han perdido credibilidad porque hemos escandalizado a nuestro pueblo, le hemos dañado y mentido y ahora estamos en exilio en nuestra propia tierra, encerrados y exiliados en nuestra propia iglesia. Como decía Violeta ¿Qué dirá el Santo Padre? El proyecto no era de los hombres, era de Dios. La iglesia no es capaz de estar en sintonía con las demandas del pueblo porque dejó de ser pueblo, no entendemos a la gente ni a Jesús, más bien lo sacrificamos, lo destruimos, lo deshumanizamos, lo pisoteamos y lo transformamos en un rito de muertos, de misas convencionales, de ritos justificadores.

Qué soledad más increíble me embarga. Esta soledad no se soluciona ni con ansiolíticos, es la soledad de Jesús que grita “padre porqué me has abandonado” es la soledad de los discípulos que también lo van a abandonar. Hoy leí “el llamado de Jesús” ese que dice comparte lo que tienes y parte a la misión. Qué miedo más grande, perderlo todo, perderme yo para que otros vivan. Nos cuesta tanto compartir (…) Y me vuelvo a mí y me pregunto qué significa darme por entero. Anda Mariano, me dice Jesús, véndete, entrégate a los demás, sé mi colaborador, aunque nadie te entienda, aunque ni Dios sienta que está contigo, no me atrevo si quiera pedirte algo Señor, pero yo sé que todos vamos a pasar por ahí. En esto, empecé a ponerme creativo y entonces si pudiera estar ahí entre la gente que está levantando su voz y poniendo el cuerpo, levantaría una tarima en plaza Italia, agarraría a todos los acordeonistas y guitarristas e invitaría a bailar a la gente, a hacer de esa plaza un gran centro de baile en donde cada una y uno pueda mirar pal lado e invitar a otros que nunca han cantado, que nunca ha reído.

¿A quién invitarías a bailar tú? A mí me gustaría sacar a los paralíticos, a los ciegos, a los cabros volaos o alcoholizados, a los esquizofrénicos, a los negados en su condición u opción de vida, a los postergados y olvidados, a los que deben taparse la cara para contribuir con su cuota de violencia. Me gustaría invitarles a ellas y a ellos. Están tan cerca de nosotros y los despreciamos y nunca nadie les ha preguntado porqué de su vida o quiénes son.

Transformaríamos la plaza en una fiesta donde nos tomaríamos de la mano con los que son pisoteados y haríamos de Chile, al menos por un rato, un baile chilote.

Quiero olvidarme de mí, de mi comida y de mis prioridades, de mis gustos y pertenencias, quiero olvidarme de mi yo. Solo para que el otro pueda tener lo que le hace feliz, tener lo que no tiene. Olvidarme de la imagen, de la falsa imagen de Jesús y poder producir lo que él dice “el que come y bebe conmigo es un hombre y mujer nuevo”. Estoy seguro de que la vida en Jesús sana, renueva, libera y que él no quiere ni necesita beatas ni beatos.

Eso es posible porque Dios nos hizo para ser felices. Desde la casucha en que vivió, desde el lado de los que sufren gritó: felices lo pobres porque de ellos es la tierra nueva, felices lo que lloran porque serán consolados, felices los hambrientos de justicia porque van a ser saciados, los que son perseguidos por causa del bien, los que luchan renunciando al triunfo, felices los limpios de corazón, los que nunca se dejan comprar, lo que no se apitutan, los que no tienen vergüenza de sus acciones porque no buscan figurar, sino que buscan la risa de los que no ríen. Me pregunto: ¿Qué puedo dar yo? La única felicidad que puedo dar, después de haber sido odiado y amado, es servir hasta dar la vida por los demás, dar mi felicidad de ser calumniado, malinterpretado, perder la imagen, ser torturado y negado, pero a esta altura puedo decir que he ganado la posibilidad de amar, de sentirme hermano de los humillados, de los que no son amados, ni escuchados.

Estoy seguro de que ante esta pregunta de qué puedo dar yo, la respuesta de las personas sería lindísima, mucho más fuerte que todas las estupideces que nuestra máxima autoridad y su sequito está dando porque somos seres humanos, porque nos han quitado todo, menos la humanidad, que es un don de Dios y nadie puede quitar lo que Dios nos dio, ni el peor de los dictadores puede quitar esa condición. Ese Dios es más fuerte que el ídolo que nos transforma en explotadores, en homofóbicos, en consumistas. Ese Dios es más fuerte que todas nuestras resistencias.

“¿Qué está pasando con los líderes nuestros? ¿Dónde están? ¿Dónde está el arte? (…) ¿Quién se hace voz de las esperanzas de la calle, qué cresta pasa con los artistas de lo nuevo? Cántennos, grítennos, enséñennos a soñar, sin ustedes no somos capaces, sin los otros y otras de este mundo, no somos capaces.”

Ese Dios lo entienden los simples. Yo te alabo Padre porque te revelas a los pequeños, a los considerados como nada. Sí Padre, yo te alabo porque te diste a la maravilla de tu hermano, tú que dijiste: haz con tu hermano lo que te gustaría que hicieran contigo, y lo haces porque crees que el Dios de los cristianos y el Dios de todas las religiones es pobre, un Dios sin poder, no milagroso, que se hizo último entre los últimos, asesinado, martirizado, como un inocente abandonado, como un “ejecutado político”. Ése es nuestro Dios, el que resucitó y proyectó un modelo de una humanidad nueva, para todas y todos. Ese espíritu que lo animó a él es el que también anima a cada ser humano, ese espíritu es el que habla a través del profeta y es el que está diciendo que organizándonos nosotros, ayudándonos nosotros, podremos ayudarnos de él para salir de nuestras frustraciones, miedos, odios, decepciones, afanes de poder, ídolos. Voy a poner ese espíritu en ustedes y ustedes vivirán, y volverán a su tierra y la cultivarán para germinar en una sociedad nueva más linda que la de Allende, porque pasearan por las grandes alamedas de la humanidad entera y ahí nos daremos cuenta de que en el fondo, cada una y uno de estos seres humanos, los que tocan las ollas, los que rompen el Metro, los que silenciosamente buscan, arriesgan, dan la vida por un mundo distinto, todas y todos tenemos algo de Dios; de soñadores, constructores de equívocos y sueños, capaces de bailar, cantar, crear, construir belleza, colocando canto–teatro–vida, amor.

¿Qué está pasando con los líderes nuestros? ¿Dónde están? ¿Dónde está el arte? (…) ¿Quién se hace voz de las esperanzas de la calle, qué cresta pasa con los artistas de lo nuevo? Cántennos, grítennos, enséñennos a soñar, sin ustedes no somos capaces, sin los otros y otras de este mundo, no somos capaces.

Es el grito que recorre desde Yemen, el pueblo kurdo hasta La Araucanía, metiéndose hasta las entrañas amazónicas indígenas. Ellos que nos enseñan que todos somos responsables de la casa común, hijos de la tierra, del agua y del sol, que protegen su entorno y que se deben a su gracia. Danos la sabiduría de Salomón, Señor, para escuchar a los últimos de nuestra sociedad, a las víctimas de la sociedad de mercado, responsables también de la destrucción de la casa común. Los hermanos indígenas nos enseñan el cuidado delicado de la creación. Nosotros que nos decimos cristianos no sabemos escuchar el gemido de Jesús que viene de la naturaleza, del agua y de la tierra.

Quiero pedir a María, a María de Nazaret: tú que pariste al Dios de los sin poder, que descubriste al Dios de los débiles y no de los ricos, sé tú la madre de esta nueva humanidad (…)

¡El despertar no tiene que morir nunca más! hasta que volvamos a ser seres humanos. “Yo te voy a sacar de sus sepulcros, pueblo mío, y te voy a llevar a la tierra que te pertenece”, dice Exequiel (…) Recordemos la memoria subversiva de Jesús de Nazaret y no olvidemos que lo que le llevó a ser rechazado fueron sus gestos de amor y ternura, de opción radical entre y para los pobres de la tierra, el anuncio de la buena nueva, del Evangelio, pagado con su propia vida.

“Algo nuevo está naciendo, con los pobres va creciendo, nuestro Dios se hizo pueblo”, cantábamos en nuestros Vía Crucis. REINVENTEMOSLA HOY, ARRIESGÁNDONOS HASTA EL PELLEJO.

Esta columna se publicó originalmente en el sitio del Comité de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos de La Legua.
Santiago, 24 de octubre 2019

Crisis de legitimidad avancemos hacia una salida popular

Por Mario Contreras Vega, Escritor

Todos los chilenos –estoy seguro- estuvimos atentos este 28 de octubre, a las modificaciones que el Presidente Piñera iba a realizar a su Gabinete, toda vez que, de ese hecho, íbamos a percibir si la derecha chilena que nos gobierna había entendido o no la magnitud de la crisis que vive nuestro país y el repudio generalizado que la profundización del neoliberalismo y el repunte de las medidas coercitivas y de represión contra los descontentos ha logrado movilizar como nunca en su historia a los chilenos, haciendo caer violentamente el margen de apoyo a los “políticos” que nos han violentado durante treinta largos años.

Y que conste que no es solo Piñera y los representantes oficiosos del poder económico de este país. Incluyo en esta lectura los integrantes de la Concertación de Partidos por la Democracia, que hoy intentan aparecer como comprensivos demócratas, quienes iniciaron el baile de máscaras que los mostró como eficaces administradores de la constitución heredada de Pinochet, que nunca quisieron modificar en su esencia, y como copartícipes agradecidos en el reparto de gran parte del poder económico, sin objetarlo, del que se había apropiado la derecha golpista al transferirse, casi sin costo, las numerosas empresas del estado, además de apropiarse de los fondos de los trabajadores a través de las AFPs, las Isapres, la Educación, la Salud, la Energía, los puertos y cada una de las empresas estratégicas que permiten el funcionamiento de una nación que hasta el golpe militar del 73 era Soberana toda vez que aquellos bienes nos pertenecía a cada uno de los chilenos de a pié, ya que fue forjado con el ahorro de todos.

Por cierto, aunque en menor medida, también tiene responsabilidad en esta crisis de confianza la Nueva Mayoría, coalición de partidos de centro izquierda que no fue capaz de prever el signo de malestar que recorría el país, reflejado en las inicuas leyes que ellos mismos prohijaron, como la voluntariedad del voto que implicó la pérdida de representatividad de las autoridades electas y el peso político de aquellos que no participaron, que superó al 50 por ciento de los votantes registrados en los registros electorales.

Una lectura correcta de dicho fenómeno hubiese sido suficiente para intentar atender las exigencias ciudadanas y modificar el escenario, dando paso a las exigencias de reescribir la Constitución dando paso a una Asamblea Constituyente, paso que hubiese permitido dar representación a los diversos grupos ciudadanos que queriendo participar no logran sumarse a la “institucionalidad” porque ésta no los representa ni le da espacios para ello. Una nueva Constitución, y eso tenemos que tenerlo claro, debe reformar las leyes del congreso nacional, impidiendo las constantes “reelecciones” de los principales implicados en el devenir político de los últimos 50 años, incluido el caso de corruptos confesos y declarados, a los cuales el sistema judicial esquivó y se negó finalmente a procesar.

Solo un cambio total de la Constitución, que transforme de raíz la matriz ideológica neoliberal y libre-empresarial que la sustenta y le devuelva al estado (y a todos los chilenos) la capacidad de transformarse en un agente activo de su desarrollo podrá devolver la confianza de los chilenos en la llamada “cuestión pública”. Ello implica, entre otras medidas, que las autoridades que se elijan a futuro estén obligadas a cumplir con requisitos éticos y de servicios comprobados en su vida personal, que los cargos sean revocables por un porcentaje de ciudadanos relacionados con los votos que haya obtenido, que la Justicia tenga su base de acción en el bienestar y la seguridad de los más débiles y no en la protección de los dueños de la fortuna, que se declare explícitamente que será una violación a los derechos humanos la negación de servicios tales como salud, educación, pensión digna, atención preferente a los ciudadanos con mayor fragilidad social.

Y por supuesto, el gran cuello de botella: la eliminación de las AFPs y el regreso y la integración de todos los ciudadanos a un sistema estatal de previsión y seguridad social, financiado en partes iguales y en forma tripartita por todos los chilenos, (Estado-empresario-trabajadores), sistema al que deberán adscribirse obligatoriamente las FFAA y Carabineros, pues en dicha nueva Carta Fundamental debe quedar claramente establecido que la expresión que dice “todos los ciudadanos somos iguales ante las ley” debe cumplirse obligatoriamente, y que no puede existir ni podrá permitirse en ninguna constitución democrática ni un capítulo, un inciso o siquiera una frase que permita que se vulnere el sentido de la igualdad ante la ley, ni siquiera por estatutos que fueron dictados reservadamente y arbitrariamente por una dictadura que nos violentó a todos los chilenos y que la gran mayoría de los chilenos repudia.

Cuando hayamos concordado este nuevo país, que está llamado a nacer de esta crisis y no de otra ya que ningún ser humano, después de descubrir que ha sido estafado durante treinta años, está dispuesto a continuar siendo estafado por aquellos que, con mínimas transformaciones, pequeños y mínimos cantos de sirena, quieren adormecernos declarando que nos han oído, que han tomado nota, mientras cambian un par de rostros de un equipo de gobierno que sigue predicando respecto a la necesidad d mantener la producción, porque eso es lo primero.

Para ellos, por supuesto, es lo primero, pues aumentar la producción de sus esclavos les permite seguir administrando el modelo, sea a palos, a punta de bombas lacrimógenas o llamando a los militares que los defienden a asesinar a nuestros dirigentes y voceros impunemente, (cancelándole bonos extras por aquel “sacrificio”).

No es así, sin embargo, para todos aquellos que subsumidos en la pobreza, desesperan día a día por llegar a fin de mes, por no enfermarse y no tener que esperar largos meses por una hora para ser atendidos por un médico, por aquellos chilenos que en pleno siglo XXI aun no conocen el agua potable y no tienen cómo cubrir los gastos de la educación de sus hijos y nietos porque el estado no está interesado en que ellos se eduquen para seguir administrando su parcela de poder.

POR TODO ELLO, lo principal de este momento es continuar presionando para obtener, sino la renuncia del Presidente, al menos que se inicie el recorrido de la construcción de un amplio poder ciudadano que logre imponer el cambio a la Constitución fascista que nos rige.

Castro, 28 de octubre de 2019.

DIA DE LA NECESARIA INDIGNACION

Sin miedo a la libertad

Por Carlos Delgado Álvarez, Director Universidad de Los Lagos, Sede Chiloé

En plena lucha contra la dictadura llegó a mis manos El Miedo a la Libertad, de Erich Fromm. Me conmovió en ese entonces en pleno periodo de formación profesional, aun hoy lo recuerdo con especial atención y se ha quedado en los anaqueles de los buenos libros que he leído y que recomiendo. Fromm, recordemos, está decidido a comprender las causas y consecuencias del auge del fascismo en Europa a mediados del siglo XX. Busco la frase exacta: “hemos debido reconocer que millones de personas, en Alemania, estaban tan ansiosas de entregar su libertad como sus padres lo estuvieron de combatir por ella”. Me asusta el sólo recordar a quienes conciben la historia como ciclos sucesivos en los cuales el hombre (y la mujer habría que agregar) no trepida en repetirla o tropezar con la misma piedra.

Es cierto que Erich Fromm vivió otra época, pero su posición con respecto a la solidaridad moral y al adoctrinamiento político no sólo resiste la prueba del tiempo, sino que además amerita ser recordada a la luz de nuestra convulsionada forma de vivir. En efecto, no existe en la historia humana una época tan proclive al temor, la angustia y la renuncia a la libertad como la moderna. La suma de miedos de nuestro tiempo se escriben con palabras como “terrorismo”, “calentamiento global”, “mutación genética” de nuevos virus o “desastres naturales”.

La angustia, en este contexto, es una derivada del ejercicio de la propia libertad, del desamparo que implica valerse por los propios medios en una sociedad que ha sometido todo al arbitrio del poder del dinero en la competencia mercantil, donde el hombre adquiere la necesidad de someterse al prójimo, y éste de renunciar a su libertad para ganar mayor seguridad. Así, quien es dominado necesita un dominador que le haga la vida más segura y donde el asistencialismo y el paternalismo son dos ejemplos claros de los riesgos expuestos.

Da escalofríos pensar el advenimiento de un “nuevo ciclo” al cual se va en búsqueda de seguridad, estabilidad y certezas. Fromm sugiere comprender las necesidades del hombre como socialmente dadas: “las inclinaciones humanas más bellas, así como las más repugnantes, no forman parte de una naturaleza humana fija y biológicamente dada, sino que resultan del proceso social que crea al hombre. En otras palabras, la sociedad no ejerce solamente una función de represión -aunque no deja de tenerla-, sino que posee también una función creadora”.

Fromm se definía como humanista y socialista, no obstante su concepción del socialismo variaba considerablemente de la que imperó en buena parte del siglo XX. El propósito del socialismo debía ser el de promover la individualidad y no la uniformidad, alentar la liberación de la servidumbre económica, promover la solidaridad humana y eliminar toda manipulación o dominio de unos sobre otros, el objetivo central debía establecerse en crear una sociedad donde el ciudadano participara activa y responsablemente en las decisiones. La producción y el consumo deberían subordinarse a las necesidades humanas y además tendría que establecerse como principio fundamental el de la utilidad social y no el de la ganancia material.  

Una de sus propuestas más visionarias la llamó “sueldo asegurado” o “ingreso garantizado”, que consistía en asegurarle a toda persona sin un ingreso, un sueldo mínimo que le permitiera cubrir sus necesidades básicas. El efecto más liberador de la medida se vería en que “La gente aprendería a no temer, puesto que ya no necesitaría tener miedo al hambre”, y la sociedad debería evaluar en costos de criminalidad y drogas, y también considerando otras formas de ayuda social, si el ingreso garantizado no le resultaría mucho más económico. Así, el ideario frommiano está cruzado por las grandes aspiraciones de la modernidad: la búsqueda de la igualdad y de la libertad, dos principios fundamentales que en nuestro tiempo permitirían construir una sociedad donde se priorice el interés de las personas y no las ganancias empresariales o los beneficios para una clase política privilegiada que se ubica por encima de la mayoría. Para Fromm “el único criterio acerca de la realización de la libertad es el de la participación activa del individuo en la determinación de su propia vida y en la de la sociedad, entendiéndose que tal participación no se reduce al acto formal de votar, sino que incluye su actividad diaria, su trabajo y sus relaciones con los demás. Si la democracia moderna se limita a la mera esfera política, no podrá contrarrestar adecuadamente los efectos de la insignificancia económica del individuo común”.

A casi cuarenta años de su muerte, la vigencia de sus planteamientos parecen cobrar vitalidad como la de tantos humanistas que a través de la historia han advertido los riesgos de nuestro comportamiento individual y colectivo, y que bien valen un respiro tomarse estos días para iluminar nuestro camino y las decisiones que tomamos. Se ha dicho que las crisis son también oportunidades y la actual, siendo la mayor en lo que va corrido el nuevo siglo, bien puede ser la de las decisiones que nos permitan avanzar en la dirección de la sociedad que por generaciones hemos venido soñando, luchando y construyendo. Estos días de convulsión social me han recordado esta lectura que marcó mi definición política y me ha permitido preguntarme cuánto de riesgo corre nuestra libertad o si la aspiración a un mayor bienestar es una lucha sin miedo a perderla.

Los Profesores – El respeto que les (nos) debemos

Los Profesores – El respeto que les (nos) debemos

Carlos Delgado Álvarez

Hoy existe una valoración de las profesiones basada principalmente en el salario. Esto repercute en las decisiones de los jóvenes y sus familias, pero también en el valor estratégico que tiene el rol del profesional en la sociedad actual. La relación directa entre los ingresos económicos de las personas y el aprecio por la labor, carcome el ethos cultural de la profesión. En el caso de los profesores, carcome también su autoridad frente a los estudiantes como facilitador, transmisor o depositario del conocimiento y de la cultura.

Si bien en los últimos años como país hemos realizado importantes esfuerzos con reformas que han permitido aumentar los ingresos de los profesores, como una forma de reconocimiento a su labor, aún queda mucho camino por delante. En esto la responsabilidad no es totalmente externa, sino que ha existido un relajamiento ante las evidencias de que la falta de valoración social carece de un correlato de reacción desde los propios docentes, ya sea individualmente o como colectivo perteneciente a una profesión relevante para el desarrollo económico, social y cultural de nuestro país.

Siempre he señalado que uno de los factores asociados al mejoramiento de la valoración social de los docentes es el respeto que se les debe tener. Oportunidad que tengo le hago saber a padres y estudiantes, lo significativo que ello es para generar espacios apropiados para una enseñanza de calidad. Un profesor respetado por sus alumnos, por los padres y por toda la comunidad, es un profesor motivado, que se plantea con seguridad en sus conocimientos y estrategias de enseñanza y con confianza en la utilización de sus criterios de evaluación. Un docente respetado posee un valor formativo para todos los miembros de la comunidad escolar.

Si los padres y la comunidad, por distintas razones, descalifican su comportamiento, relativizan su autoridad o dudan de sus conocimientos, están transmitiendo a sus niños y jóvenes una visión menospreciativa de su persona y de su labor. Esto nos obliga a reconocer que un docente lo es siempre: no solo en la sala de clases y el centro educativo, sino que también y especialmente en los espacios públicos. Como profesor/a estoy obligado moral y profesionalmente a tener un estándar superior si quiero me respeten como docente y maestro. Los jóvenes son duros cuando les llega el momento de juzgar a sus antiguos docentes y generalmente no coinciden aquellos que buscan el halago fácil y complaciente con el “buen profesor” que recordamos.

La sociedad actual ha invalidado el viejo adagio de que eran compatibles “las virtudes públicas con los vicios privados”. Cada vez la línea que los separa es más débil, por lo que los profesores deben serlo siempre, en la sala y en la calle, como decía Gabriela Mistral. Somos responsables de nuestras palabras, del tono con el cual las decimos, de nuestros silencios, de nuestros gestos, de los contenidos de nuestras enseñanzas, de las experiencias en las que hacemos participar a nuestros estudiantes, de los ejemplos que damos con nuestra propia conducta, de nuestra vida pública.

El educador tiene la obligación de ofrecer en sí mismo el ejemplo de lo que enseña, manifestándolo en lo corporal mediante el decoro, adecuándose a las circunstancias de lugar y tiempo. Las conductas del docente deberán ser coherentes con sus enseñanzas, que no sólo se basen en sus conocimientos sino también en su modo de vida, lo cual permite que sus estudiantes lo consideren un referente ético, con autoridad en lo que enseña. Franklin Jones decía que “Los niños son impredecibles. Nunca sabes cuál será la siguiente inconsecuencia en que te atraparán”.

El reciente informe del BID Profesión: Profesor en América Latina ¿Por qué se perdió el prestigio docente y cómo recuperarlo? nos señala una ruta de cómo mejorar los sistemas educativos a través de la formulación de una estrategia que convierta a la docencia en una carrera atractiva con un prestigio social incuestionable, focalizando los esfuerzos en evidenciar la relevancia de la profesión para la sociedad, en el respeto por el conocimiento adquirido por quienes la ejercen, y en su reflejo con el nivel salarial comparativo con otras profesiones. Como dice Michael Fullan, el incremento del capital profesional es indispensable para ganar en prestigio social y respeto y autoridad profesional.

Carlos Delgado Álvarez