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DANTE MONTIEL VERA.
HISTORIADOR

El poeta Nelson Torres en “Juglarías”, escribía:

“Mi amigo y compañero de banco esta vez no llega tarareando a Cat Stevens. Intento escribir en un cuaderno el nombre de la chica que me gusta. La profesora entra y nos anuncia día libre. Dice que nos vayamos con cuidado por el asunto del golpe militar”.

Se iba a celebrar el 11 de septiembre el Día del Profesor en Chiloé cuando la radio desde muy temprano informaba del Golpe de Estado aquel día nublado en Castro. Las noticias y comentarios eran angustiantes y la preocupación comenzaba a cernirse. Se escuchaban los primeros bandos militares y las familias permanecían en sus hogares esperando los acontecimientos, mientras otros desde sus lugares de trabajo rápidamente retornaban a sus casas. Desde muy temprano las camionetas fiscales C-10 conducidas por Carabineros entraban a la Comisaría en calle Portales con detenidos y con su armamento vigilaban a los coterráneos cual enemigos. Los marinos también con vehículos vigilaban la ciudad y fueron los que más apresaron a profesores esos días. Los uniformados pedían la identificación a los transeúntes con su carné e interrogaban a cada instante. Era un sueño, nadie pensaba lo que sucedería después, aunque en muchas casas de vecinos castreños y de otras ciudades celebraban por lo que estaba ocurriendo. El “toque de queda” se imponía, después de las 18:00 horas Castro parecía un pueblo fantasma, la gente se dirigía raudamente a sus domicilios, mientras las fuerzas de seguridad patrullaban las calles buscando a los supuestos subversivos. Los bomberos debieron hacer guardia nocturna durante una semana a solicitud del Jefe de Plaza por presuntos incendios que provocarían los “marxistas” y el día 14 ráfagas de balas y disparos de pistolas se sintieron de amanecida en el cuartel bomberil – ubicado a un costado del Cuartel de Carabineros- despertando a los voluntarios esa noche; nadie supo que pasó, no hubo gritos, después un silencio sepulcral, nadie por razones obvias investigó. Los profesores que realizaban su labor en diversas escuelas del archipiélago y que estaban convocados para celebrar su día, debieron suspender todas las actividades y retornar a sus casas. Después de unos días debieron retomar sus actividades en medio de los inciertos comentarios y acusaciones infundadas que afectaron a muchos. En los hogares, oficinas, colegios, algunos más comprometidos y otros con el temor latente, procedieron a quemar libros y revistas de diversos temas en forma clandestina y con las precauciones necesarias. También los carabineros y marinos quemaban libros en las calles. Días después del golpe, controlaban las calles y lugares claves, la situación era tranquila en general. No hubo resistencia de grupos paramilitares como hablaban los medios de derecha. Y esa tranquilidad sólo era interrumpida por los disparos de los propios uniformados para crear una sensación de miedo y pánico entre la población. El famoso buque ambulancia “Cirujano Videla” anclado en el puerto de Castro recibió en sus bodegas a determinados vecinos que apoyaban al gobierno popular, estuvieron presos durante algún tiempo en las pequeñas dependencias de la embarcación, para ser liberados posteriormente.

Carabineros estaba dirigido por el Mayor Mario Torrealba, más tarde designado Gobernador de Chiloé, a cargo del control de la ciudad y provincia. Había Estado de Sitio y se violentaba a la gente por pensar distinto. Las nuevas autoridades llamaban a la población a delatar a sus propios vecinos si creían que eran de izquierda, se instó a denunciar a todos aquellos que ellos denominaban traidores a la Patria. Esto lo decían en comunicados para denunciarlos ante las comisarías. Luego la delación, se allanaban las casas, no se investigaba si era real, muchos fueron meras venganzas vecinales. En esos días carabineros allanó numerosas casas de conocidos simpatizantes del Gobierno popular, incluso el hospital y las postas rurales ante rumores de que existía un hospital clandestino, revisaron documentos de los auxiliares de salud buscando datos de escuelas de guerrillas. Se difundían listas “negras” con los nombres de dirigentes de la Unidad Popular, se detenía e interrogaba, se castigaba y delataba a las personas, en un ambiente de diversos comentarios y de mucho temor. En diversos círculos se rumoreaba que desde hacía un mes había llegado un camión lleno de armas para carabineros y que mucha gente vinculada a la derecha, opositora tenaz al gobierno, y de la Cámara de Comercio local sabían que habría un “golpe” de Estado. Carabineros recorría las calles observando las casas que habían instalado la bandera chilena en sus frontis en apoyo a la nueva autoridad militar y numeraban aquellas que no, entre tantas acciones propias del momento crítico.

Posteriormente los castreños adquirían los diarios para enterarse de las novedades en un local instalado en el subterráneo de la concha acústica de la plaza de armas, administrado por el comerciante Oscar Martínez Vílchez. Allí pudieron observar las fotografías captadas durante el asalto a La Moneda, entre algunas la imagen del Presidente Allende desde una de la puertas del edificio con casco de combate y metralleta, detrás de él acompañándolo lealmente la espigada figura con gruesos bigotes de Danilo Bartulín, médico del Mandatario, destacado galeno castreño cuyos familiares vivían en la ciudad. Resistió con el Presidente junto a otros funcionarios el ataque al Palacio, salvando con vida, fue detenido y preso por más de un año en el Campo de Concentración de Chacabuco, saliendo luego al exilio, el resto de los apresados mayoritariamente pasarían a engrosar las listas de detenidos desaparecidos. Se comentó además que dos aviones de combate Hawker Hunter volaron dos veces sobre La Moneda y en una tercera iniciaron el bombardeo sobre la fachada norte, de la cual salieron llamas y columnas de humo. Así, en este trágico hito de la historia reciente aparecían vinculaciones protagónicas con Chiloé, que desde sus particulares opciones se entremezclaron en ese fatal día.

Muchos conscriptos provenientes de distintos lugares de Chiloé que cumplían su Servicio Militar Obligatorio en Punta Arenas, Porvenir o Coyhaique, fueron trasladados inmediatamente a Santiago para cumplir funciones propias de un Estado de Sitio. Recorrían las calles de la capital armados y realizaban todo tipo de acciones que les ordenaban sus superiores en aquellos momentos más álgidos y fuertes del terror instaurado por el nuevo gobierno. De alguna forma desvinculaban al joven con el entorno, conduciéndolos a otro lugar donde no había ningún tipo de sujeción y por consiguiente la forma de proceder sería más autoritaria, precisamente porque no conocían a nadie o no existía relación afectiva alguna. Fueron transplantados por breve tiempo y con mayor disposición cumplieron lo ordenado en contra de sus propios conciudadanos. Durante dos a tres meses permanecieron en Santiago sin el menor contacto, extrañando, mientras tanto muchas familias isleñas desconocían el lugar donde se encontraban sus hijos hasta transcurrir los dos años que duraba el servicio militar. Concluido su servicio son licenciados retornando a sus hogares en el archipiélago, relatando la experiencia con cierto recelo y recordando aún las indicaciones de sus oficiales de mantener silencio. Mayoritariamente no entendían en el fondo lo que estaba ocurriendo, y en esa especie de ingenuidad adolescente asumieron un rol ofensivo que nunca imaginaron.

Por bando militar y oficios administrativos se exoneraron y destituyeron rápidamente a cientos de funcionarios del gobierno popular y públicos, a Directores de colegios, a profesores normalistas y de otros estamentos. En Castro se destituyó al Gobernador Celedonio Cárdenas Vera y al Alcalde Alberto Velásquez Oyarzún , a los regidores Gilberto Vera, Gaspar Rojas Márquez, Vicente Vargas, Ignacio Tapia Gatti, Orlando Bórquez Muñoz, Gilberto Aguilar Gallardo ; al Director Provincial de Chaitén (Chiloé Continental) Dante Montiel Cárcamo ; al Intendente de Chiloé con asiento en Ancud Sra. Alicia Faulbaum y al Intendente de Llanquihue el castreño Nelson Gonzáles Ballesteros; al Dr. Carlos Yurac Soto, Director del Hospital de Castro ,entre otros nombres. Se intervenían las Alcaldías, los colegios, las organizaciones y todo ente que tuviera algún tipo relación política o comunitaria. El Alcalde designado en Castro por el gobierno militar fue Fernando Brahm Menge, con todas las atribuciones para dirigir la comuna y encauzar los propósitos del nuevo gobierno a través del Coronel Sergio Leigh Guzmán, Jefe de la Zona de Llanquihue y Chiloé y del alto Oficial Juan Soler Manfredini, Jefe de Plaza, cuyo nombre aparecería posteriormente en un Informe de la Organización de Estados Americanos (OEA) implicado en casos de derechos humanos y tortura. Como muchos jefes militares de la zona sur, el Coronel Leigh estaba extrañado al no existir resistencia, hubo un sólo caso en los primeros seis días, un poblador atacó a balazos a una patrulla de carabineros en Quellón “…pereciendo en el intento…” acotó, y continuaba mencionando “…a pesar de la extraordinaria paz que se vive en Llanquihue y Chiloé las F. F. A.A. están alertas…no puede ser verdad tanta belleza, tanta calma nos preocupa…”. Luego, generaciones en conflicto, enfrentamientos de diversas formas al poder militar, tristezas y alegrías, rompimientos familiares y vecinales, el acecho de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), los atentados en E.E. U.U., Argentina, Italia, las listas de detenidos-desaparecidos, arrogancia de autoridad, asilo político, soplonajes, torturas, miedos laborales , intimidación, y un sinfín de situaciones cuando existe una dictadura sellaron los años de tantos chilenos. La autoridad militar se imponía a fuerza de las armas. En los días siguientes se comentó en toda la ciudad acerca de los profesores del Liceo castreño que debieron tomar prevenciones en todos los aspectos, algunos fueron detenidos acusados de subversivos, izquierdistas o simplemente porque estuvieron acusados como simpatizantes del gobierno popular.

Las esperadas Fiestas Patrias con toda su actividad festiva se suspendió, no hubo fondas ni ramadas, el tradicional desfile en las plazas chilotas no se realizó, el tedeum tradicional también fue postergado, se vivía un ambiente de inquietud y temor. Aunque muchos vecinos partidarios acérrimos del nuevo gobierno participaron invitados a algunos actos conmemorativos, circunscritos a determinados círculos sociales. Entre el día del golpe militar y las fiestas dieciocheras por un acto de magia los negocios de los grandes comerciantes y otros de menor cuantía, expendieron y ofertaron todos sus productos alimenticios y de otra índole, paradojalmente el mercado negro concluyó instantáneamente y la escases de abarrotes igualmente. En las ciudades chilotas en forma súbita el desabastecimiento ya no existía, se comentó de aquellos que mantenían oculto en sus bodegas la mercancía y que en forma premeditada realizaron esta subversión. Uno de los hechos de connotación provincial que afectó hasta el presente fue la suspensión de las actividades pedagógicas de la Escuela Normal Rural de Ancud, un ícono de la educación austral. Se declaró en reorganización y posteriormente el cierre definitivo. Se le consideró como un centro de subversión política, y sus alumnos debieron suspender su formación mientras se reorganizaban en un clima de incertidumbre.

Televisión nacional, el único canal que se captaba en Chiloé en blanco y negro, sorprendía con sus programas dejando estupefacto a los observadores insulares cuando mostraron las imágenes del asalto a La Moneda, de la muerte del Presidente Allende, de los operativos militares y allanamientos en sectores populares, del armamento destinado a los supuestos miles de guerrilleros que operaban en el país, del Estadio Nacional convertido en campo de concentración, del asilo de cientos de compatriotas en las Embajadas, de los enfrentamientos con “extremistas” que con los años se supo que fueron verdaderas ejecuciones, de la famosa isla Dawson con los presos políticos y el encarcelamiento del joven poeta chilote Aristóteles España, del impacto y tristeza por la muerte del poeta Pablo Neruda con el altivo discurso de despedida del escritor chilote Francisco Coloane en el Cementerio General acompañado de decenas de personas que se atrevieron a desafiar a los militares que vigilaban el cortejo con el armamento preparado, de las recompensas ofrecidas para delatar a personeros políticos de la Unidad Popular, de la información difundida en periódicos de derecha publicando enfrentamientos entre izquierdistas en la frontera argentina donde se ejecutaron –según la publicación- unos a otros con el horroroso titular “…se mataron como ratas…”,más tarde se demostró que los fusilaron a todos. Los medios de comunicación escrita y televisiva mostraban aquellos rostros congelados y teñidos de ira de los miembros de la Junta de gobierno militar con el General Pinochet posando con grandes gafas oscuras y las declaraciones prepotentes propias de una guerra, de los informes de la prensa coludida con la nueva autoridad y otros hechos que contextualizaban lo que ocurría. El drama aparecía una y otra vez. En el archipiélago a pesar de lo que acontecía, se minimizaron dichas medidas coercitivas, quizás porque la comunidad se vinculaba activamente y de alguna manera se conocían en diversas circunstancias o por la propia marginalidad y distanciamiento de la provincia que derivaba en una supuesta visión de normalidad cotidiana.

Una mañana llegó al Liceo el Oficial de Carabineros Claudio Calderón, Jefe de Plaza y del Estado de Emergencia en Castro. Se reunieron a los cursos en el gimnasio en medio de un ambiente de intranquilidad ya que se sabía del encarcelamiento de docentes y ocultamiento de otros. Frente a los estudiantes pronunció un discurso político amenazante, autoritario, instando a no involucrarse en ninguna actividad política, los alumnos no hablaban, observaban desconfiados a las autoridades castrenses. Concluida la alocución los profesores temerosos enviaron a las salas al estudiantado, algunos de ellos meditaban otros no entendían, los rostros reflejaban que algo cambiaría en la vida de todos. Desde esos momentos cambió el Liceo, la sociedad, la comunidad, un quiebre que aún se percibe. La ceremonia de licenciatura de Educación Media Científico-Humanista del año 1973 fue en un clima político tensionado, se realizó en el Cine Rex – hoy el auditórium del Centro Cultural Comunitario- desde las 15:00 hrs. ya que el “toque de queda” era a las 18:00 hrs., invitados sólo los padres y apoderados en medio de un ambiente de preocupación y la mayoría de asientos desocupados. No hubo fiesta ni abrazos de los licenciados, cada cual volvió a sus hogares, ha sido la licenciatura más triste que tuvo el Liceo de Castro. Finalizaba drásticamente un ciclo de nuevas experiencias, años compartidos y enriquecimiento personal.

Se conversaba tristemente y con preocupación de los vecinos que habían sido apresados por sus ideas políticas y por respaldar al gobierno popular, algunos estaban recluidos en la Comisaría local, recibiendo castigos y apremios ilegítimos por parte de carabineros con toda su carga emocional y traumática. Había funcionarios que conformaban la denominada “Comisión Civil” que correspondía al Sicar(Servicio de inteligencia de carabineros) quienes detenían e informaban de los opositores tanto en la ciudad como en sectores rurales. Otros vecinos que estaban presos en la cárcel de Castro recibieron sus condenas y fueron trasladados a la cárcel de “Chin-Chin” en Puerto Montt, drama familiar ya que no sabían lo que les podría ocurrir o quizás no verlos más, soportando estoicamente la tragedia para continuar con vida y unirse como familia en aquellos momentos aciagos. Muchos fueron exonerados de sus trabajos sin ninguna consideración y derivó en consecuencias graves en su entorno familiar con los ajustes económicos para sobrevivir. Destacados y reconocidos dirigentes sociales, funcionarios públicos, profesores, comerciantes, estudiantes y otros que desempeñaban diversas actividades estaban privados de libertad. En suma, una psicosis dramática se cernía en la comunidad cuyos efectos aún se perciben. Los nombres de los coterráneos de Ancud: Claudio Milapichún, Santiago Alvarado, Jaime Moraga Zamorano, Héctor Jara Troncoso, Víctor Paredes, Germán Gallardo Mayerovich, Osvaldo Sandoval, Francisco Castillo, Duncan Gilckrist, Mario Malig, José Mario Cárcamo Garay (fusilado), Norberto Vera, Renato Sanzana Otey, Fernando Calbullanca, César Zúñiga, José Lagos, Luis Velozo Cárcamo; de Quemchi: Pedro Torres, Manuel Vera (Diputado), Pedro Vera, Heriberto Macías Aguilar, Iván Pacheco, Antonio Macías, Raquel Díaz Caballero; de Quellón: Héctor Santana (fusilado), Rodemil Cárdenas Ovando, Francisco Avendaño Borquez(fusilado), José Santos Lincoman Inaicheo , Alberto Inaicheo, Alejandro Antonio Mascareña (fallecido por electrocución); de Chaitén: Luis García Jara, Noal Abud Alcalde, Alfredo Campos, Wally Bunster, Roberto Huenchur; de Chonchi: Werner Haro, Noé Cárdenas Alvarado, Raúl Andrade Oyarzún, Julio Díaz Caballero, Domingo Álvarez Cárdenas; de Achao: Bernardo Díaz Cárdenas, “Manguera” Aguila; de Castro: Edgardo Bórquez Oberreuter, Hernán Solís Gaete, Pedro Quelincoy de la Torre, José Quelín Panichini, Juan Huenchur Hueico, Moisés Teca Santana (alumno de la Escuela No 1, cursaba 8º Básico y quizás el preso político más joven de Chile), Enoldo Cuyul Levipani, Luis Alfaro Frez, Sergio Valderas, Cesar Leiva Garrido, Juan Altamirano, Mario Contreras Vega, Milton Andrade Andrade, Raúl Pérez, Raúl Quintul (campesino denunciado por “extremista” al mantener litigios de tierra con un latifundista regidor del Partido Nacional castreño), Carmelo Quinchén Gómez, Celedonio Cárdenas Vera (Gobernador), Cataldo Martínez Pardo, Mario Lagos Barrientos, René Vidal Barrientos(Vicepresidente del Centro de Alumnos del Liceo, cursaba 1º Medio), Juan René Bórquez García(alumno del Politécnico), Jorge Barrientos Gonzáles, Pedro Gipoulou Bahamonde, Juan Pedro Miranda, Rubén Santana Alvarado, Marco Antonio Romero Arias, José Fernández Gonzáles, José Miguel Nahuel Carimoney, Recaredo Oberreuter, Raúl Chávez, Rodolfo Cortés Ocampo, Adolfo Brüning Pérez, Edgardo Bórquez García, Marco Romero Arias, Hugo Huenchur Rosas, Héctor Barrientos, Flavio Mansilla, Sergio Bartulin, Cristian Díaz Caballero, Ramón Olivares Molina, Edgardo Sánchez, Sergio Montiel Martínez, Alfredo Molina González, Ramón Morales Landaeta, Rodolfo Sandoval Mateluna, Gladys Edmonton, Héctor Montiel, Carlos Torres Vera, Werne Haro Oyarzún; entre tantos otros , cuyos nombres se repetían una y otra vez en los hogares chilotes con el deseado desenlace favorable de sus historias protagónicas cuando fueron trasladados a la cárcel de Puerto Montt, donde algunos permanecieron hasta dos y tres años detenidos, mientras otros fueron relegados a diversas zonas del país por el lapso de un año. Algunos presos de “Chin-Chin” salieron en libertad autorizados por el fiscal militar Alberto Ebensperger, estuvo poco tiempo y los militares lo retiraron porque tenía cierta deferencia con la gente de izquierda detenida.

En medio del entorno hostil sorprendió a la vecindad el apresamiento y posterior traslado a “Chin-Chin” del connotado y reconocido servidor público Demetrio Cárdenas Vidal, un hombre ya anciano; no faltó quien informó a la policía porque era habitual la acusación infundada o “soplonaje”. Fue acusado de que tenía un arsenal en su casa y al allanarla encontraron un viejo y oxidado trabuco del siglo XVIII, inutilizable; sin embargo igual fue detenido. Este hecho paradojal conllevó diversos comentarios y opiniones de lo que estaba sucediendo, era la nota anecdótica y trágica por decirlo de algún modo. Después de un mes regresó Don Demetrio para alivio de los vecinos, prosiguió atendiendo su negocio en calle Blanco y entre risas tenía todavía el ánimo como viejo patriarca castreño de relatar su paso por las mazmorras de la dictadura. Fue un altivo ejemplo para muchos y enseñanza a considerar porque los nuevos personajes del poder, enfermos de soberbia, no podían o no deseaban considerar explicación alguna ante la obviedad de una situación por más explícita que sea.

Un caso emblemático –entre tantos otros- por acontecer en las islas interiores de Chiloé fue del campesino Juan Lleucún Lleucún de la isla de Meulín, nombrado subdelegado de distrito durante el Gobierno de la Unidad Popular. Llegó hasta esa isla una lancha con una patrulla de carabineros, lo detienen y castigan, siendo embarcado y trasladado junto a otros dirigentes de organizaciones campesinas hasta la cercana isla de Quenac, en cuyo cuartel continuó siendo castigado brutalmente por los uniformados, muriendo en el suelo del calabozo por las torturas recibidas. Único caso en el archipiélago de un crimen político ocurrido en una isla interior. Su historia representa la de miles de personas humildes que soñaron con un mundo mejor.

También fue nombrado Israel Bórquez como Presidente de la Corte Suprema del país, el de la célebre frase “…los desaparecidos me tienen curco…”, siendo el mejor reflejo de la actitud del poder judicial que presidía frente a la desaparición forzada de tantas personas. Fue un chilote con fuertes vínculos de parentesco en Castro y Chonchi, vivió y ejerció su profesión de abogado en esta ciudad durante la década del 30 y simpatizaba con el Partido Conservador, luego postula a la vacante del Primer Juzgado de Punta Arenas, trasladándose a la austral ciudad. En Castro lo llamaban familiarmente “Don Tolo”, años después en pleno gobierno militar dicen que nunca el poder judicial de Chile había sido cubierto de tanto oprobio, cuya concepción del derecho público genera aun perplejidad. En su gestión de más de cuatro años, la Corte Suprema no cumplió con el deber de proteger a las personas afectadas por la política represiva, enviando claras señales de pasividad y consentimiento, a la postre, la mayoría de jueces declinaron hacer prevalecer el Derecho.

Muchos jóvenes chilotes salieron a otras provincias a estudiar, comenzaba la vida universitaria, una etapa fructífera en la formación definitiva y consolidación de intereses. Años de intensos estudios, perfeccionamientos, responsabilidades, también de compartir, de nuevas amistades. Durante una noche de fiesta en otra ciudad imperando el “toque de queda” un grupo de exalumnos liceanos en medio del baile presencian el allanamiento por militares a la casa particular donde se desarrollaba la festividad con todas las consecuencias de prever. Situación que impresionó, más aún cuando en Chiloé tales prácticas no eran frecuentes, se comprendió drásticamente muchos aspectos de la vida y convivencia social, sumado a la importancia de luchar de diversas maneras por un régimen democrático como confidenciaron los estudiantes isleños, entre otras historias personales.

Hoy, a 45 años de aquel día que marcó a distintas generaciones y que aún divide a la comunidad nacional, es necesario la verdad y la justicia, recuperar y validar la historia de aquel entonces y la memoria colectiva. Y menos olvidar los nombres de tantos habitantes de Chiloé que sufrieron los rigores de entonces. Es fundamental una explicación que haga justicia a todos los ciudadanos muertos, desaparecidos, torturados y humillados, vejados y violentados durante los años de dictadura, que sólo deseaban un mejor gobierno democrático para el pueblo y una sociedad más justa e igualitaria. El poeta español Juan Gelman, Premio Cervantes, escribía: “…Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia delante y no encamisarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero. La memoria es memoria si es presente y así como Don Quijote limpiaba sus armas, hay que limpiar el pasado para que entre en su pasado…”