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Eduardo Mondaca Mansilla Investigador del Centro de Estudios Sociales de Chiloé – CESCH Doctor © en Ciencia Política, Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. www.territoriocesch.com

“¡Que vivas en tiempos interesantes!”, eso dicen en China cuando se quiere maldecir a alguien. Para el imaginario chino los “tiempos interesantes” son de inestabilidad, de crisis. Podríamos decir que la crisis es cuando lo viejo empieza a morir y lo nuevo aún no puede nacer, y ese es un terreno delicado, que brinda peligros pero también grandes oportunidades de cambio. Aprovechar esas oportunidades para la ampliación de realidades políticas y económicas más democráticas es todo un desafío. Ahora bien, desde hace unos años en Chiloé se ha empezado a sentir la necesidad de expresar lo que antes se guardaba y hemos comenzado a vivir, justamente, tiempos interesantes.

Pero, ¿Qué es lo que empieza a inquietar colectivamente a Chiloé? ¿Qué es lo que se ha comenzado a cuestionar, ya no tras la cocina o en la intimidad del hogar, sino en asambleas, sindicatos, colectivos y organizaciones? Desde el CESCH consideramos que, si bien las movilizaciones de este último tiempo apuntan a problemáticas específicas, ligadas generalmente al abuso económico extractivo, lo que las une es la indignación y amargura histórica frente a un trato colonial con Chiloé, un trato de segunda categoría. Si consideran esto exagerado, especialmente los foráneos, revisitemos un poco nuestra historia.

Chiloé es un territorio mestizo pero con un alto componente indígena. Actualmente hay cerca de 200 comunidades Williche que lo habitan. Este es un dato trascendental, especialmente cuando constatamos que es en el proceso de colonización de América cuando se crea el constructo mental de “raza” para normalizar y legitimar una estructura social en que blancos dominan e indios son dominados. No olvidemos que las grandes preguntas del debate de Valladolid en 1550 eran ¿Qué son estos que estamos subyugando en el nuevo mundo? ¿Son humanos? ¿Son bestias? ¿Tienen alma? Ese tipo de discusiones las podemos contextualizar cuanto queremos, lo que no podemos hacer es negar que van construyendo y reproduciendo un imaginario colonial de ver y ordenar el mundo, de naturalizar a dominadores blancos y dominados indios.

No obstante Chiloé no es el único territorio indígena, lo sabemos. No constituiría ésta una particularidad exclusiva. En este sentido, hay un proceso histórico que, en no pocas ocasiones, queda excluido de los análisis: el trascendental papel político y militar que jugó Chiloé en defensa de la corona española y en contra de los revolucionarios chilenos durante la guerra de independencia. Eran más de 250 años de esfuerzos para alcanzar niveles de convivencia más o menos aceptables con los españoles. Más de 250 años de rebeliones y acuerdos. Más de lo que Chiloé lleva anexado a Chile. Por tanto, más que una defensa imperial, lo que hizo Chiloé –veámoslo en perspectiva histórica- fue una defensa de lo conocido, de lo acordado, pero –además- desde una total y absoluta asimetría de poder. Todo un imperio estaba sobre Chiloé. Por ello, entre 1813 y 1818, Chiloé se constituyó como el principal centro de operaciones realistas. Fueron principalmente batallones chilotes los que triunfaron en el llamado “desastre de Rancagua” en 1814 y luego, con la independencia definitiva de Chile en 1818, el archipiélago se resiste a la anexión y nuevamente combate. Se expulsa a Cochrane en 1820 y Ramón Freire pierde su única batalla en territorio isleño en 1824. Chiloé recién se anexa en 1826 mediante el Tratado de Tantauco. Ahora bien, ¿qué es lo que allí se anexa?: un territorio de “indios enemigos”. Es decir, ciudadanos considerados de segunda categoría que además osaron enfrentarse a la eurocéntrica nación chilena. Una colonia interna que había que tratar como tal. En efecto, el Estado no solo posterga a Chiloé post-anexión, sino que va imponiendo su identidad nacional a través del trabajo forzado de miles de isleños en las llamadas Guardias Cívicas. En paralelo, la historia oficial chilena empieza a crear un imaginario específico sobre sus habitantes. Diego Barros Arana, uno de los historiadores más influyentes del siglo XIX, se refería a éstos como “perezosos por naturaleza” y es catalogado como un archipiélago “indigno” de los favores del Estado.

 Gerardo Millapel, 4 familiares directos muertos en la tragedia del Baker, 1906.

 

En consecuencia, la discriminación se incrementa aceleradamente. Este imaginario -que se fue imponiendo al habitante insular- no lo dejó indiferente. No se pudo desprender de él como si fuera una cascara fácil de desmontar. Terminó, muchas veces, por ir reconociéndose en estos retratos. La acusación lo perturbaba, lo inquietaba, pero también cada vez le era más familiar. La humildad y la paciencia se fueron convirtiendo en mecanismos de defensa, de resignación al trato colonial, especialmente cuando se da lejos de su territorio insular. ¿No tendrán un poco de razón? ¿No seremos a pesar de todo un poco culpables? Ese retrato, difundido y exportado por el imaginario republicano chileno, terminó por ser aceptado y vivido en cierta medida –y por largas décadas- en Chiloé.

No obstante, no era solo un imaginario, sino un trato a ejecutar. Clarificadores son -por ejemplo- los silentes y trágicos acontecimientos de 1906 en el actual sector de Caleta Tortel donde se abandonaron, y probablemente envenenaron, a 209 trabajadores chilotes por la Compañía Explotadora del Baker; o los cientos de chilotes fusilados en las estancias de Santa Cruz (Argentina) en 1921, por años excluidos del relato histórico, y cuyos cuerpos no fueron siquiera reclamados por el Estado chileno. Un Estado que, si bien adquiere mayor presencia económica a mediados del siglo XX, no lo hace para compensar un siglo de postergación, sino para continuar y consolidar un trato específico.

 Matrimonio de Cucao conmemorando a los chilotes muertos en la Patagonia, 1921.

Pareciera que estuviéramos juntando todo, pero lo verificable es que desde la anexión se ha asegurado un estado de carencia ampliada para Chiloé, donde todas las carencias se alimentan y sostienen entre sí. Ello explica que –con mayor fuerza en la década del ´80- se recibiera con los brazos abiertos al Estado y a la inversión privada, principalmente salmonera. Eran muy pocos los que proyectaban amargas escenas. Y sin duda que se han cubierto una serie de necesidades básicas, así como se ha asegurado el acceso al empleo -precario por cierto- y a diferentes tipos de tecnologías y comodidades. No obstante, a ya casi 4 décadas del arribo de la industria salmonera y la apertura de un proceso neoliberal-extractivo, nos vamos dando cuenta de que nuestras islas han pagado un precio muy alto.

No obstante, es la profundización de todo ello lo que viene impulsando, paradójicamente, el despertar de un nuevo proceso histórico en Chiloé. Las grandes movilizaciones y despertar territorial de este último tiempo, no sólo hacen frente al insultante modelo extractivo, la arbitrariedad antidemocrática de muchos proyectos (públicos y privados) o el permanente centralismo político, sino que hacen frente a la matizada colonialidad que los contiene y ejecuta en Chiloé. Incluso los últimos acontecimientos en Caguach, entre la comunidad y el obispado, se inscriben en este marco. Es necesario, por tanto, tomar conciencia de nuestros puntos de partida, nuestra memoria e historia personal y social, conciencia de los significados y saberes construidos de forma colectiva, conciencia de que esos significados y saberes están situados en un territorio determinado. De saber superar, no solo las categorías impuestas que nos han definido, sino también nuestras propias folklorizaciones. Hoy en Chiloé nos enfrentamos a la complejidad de ensayar/construir, colectiva y democráticamente, la relectura crítica y politizada de nuestra trama histórica, con sus claros y oscuros, para saber ocuparla en nuestro presente. Esto reclama, de igual forma, una necesaria producción teórica, que emerja desde la experiencia relacional concreta y al servicio del territorio. Dispuesta a sumergirse en las complejidades del presente, pasado y futuro de nuestro archipiélago. Todos y cada uno de los esfuerzos del Centro de Estudios Sociales de Chiloé (CESCH) están guiados por ese sentido y anhelo.