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Rodrigo Ruiz Encina, Antropólogo, Convergencia social 

Chile asiste, desde marzo de 2018, a una nueva ola de profundización neoliberal que en sudeterminación, si bien no aún en los hechos, opaca todo lo realizado por los gobiernos de la Concertación. El oficialismo derechista nos instala ante un neoliberalismo doctrinario,descarnado, aferrado a sus fuentes, que por esa misma razón no se molesta en prestar mayor atención a las veleidades de la (falta de) legitimidad y la opinión de la ciudadanía.

Un dogmatismo que les permite presentar sus reformas como la mejor opción para el país, cuando el país le prodiga una aprobación al presidente que no alcanza el 30%.

La acción del gobierno de Piñera puede caracterizarse como antieducativa. No está en contra de toda pedagogía, es decir, de toda formación social de individuos, pero si lo está respecto de la educación, si la pensamos como aquella práctica social que busca el amplio desarrollo de la capacidad afectiva, moral e intelectual de las personas en colectivo.

¿Habrá algo detrás de la aparente vacuidad antieducativa del gobierno?

Por cierto. Asistimos al desmontaje de un sistema educativo propio de otro periodo de la historia de eso que Marx llamaba la “sociedad burguesa moderna”. Un sistema educativo que aspiraba a formar individuos con conocimientos generales y capacidad de pensar, y valores sociales propios de una sociedad con crecientes niveles de colectivización, pero integrada, ciertamente, bajo el sentido de la patria (y sus padres, no sus madres), de la decencia (burguesa, patriarcal y oligárquica), de las buenas costumbres (católicas apostólicas y romanas, occidentales, masculinas y blancas), la razón (adulta, vertical), el orden (la autoridad y los uniformes) y un largo etcétera; pero una educación, también, que en su vocación pública contenía, por cierto, el fruto de luchas populares por la justicia social y por el acceso a un conocimiento humano que por largo tiempo había estado disponible solo para los sectores dominantes. La escuela pública, el liceo público, la universidad pública, fueron en una medida muy relevante la encarnación popular de aquella construcción, la materialización de una democracia que se atrevía a buscar las orillas de la justicia, el fruto de una comunidad que por varias décadas
del siglo XX presionó desde abajo por la modelación del Estado.

En su realidad contradictoria, la educación pública expresa, aun, todo eso. Y es por ello, precisamente, que la necesidad del orden neoliberal de producir un nuevo homo œconomicus, no puede sino conducirlo al desmontaje de aquella monumental construcción histórica. Desmontaje que se opera, principalmente, bajo la idea de la
imposibilidad del conocimiento de los fenómenos sociales, y la opción prioritaria por la aceptación obediente de las normas. La “invencible ignorancia” a que se refería Hayek, surge, como casi cualquier otro concepto neoliberal, de la atención restringida a los fenómenos económicos, que se piensan como un espacio de actuación de individualidades cuyo comportamiento resulta imposible de conocer en su totalidad. El mercado deviene un reino en última instancia incognoscible, sobre el que solo podemos intentar decodificar
algunas señales, cuyo ejemplo más nítido, previsiblemente, son los precios.

Ese es el reino de la “irremediable ignorancia”, donde se fundamenta una idea de consecuencias aún más preocupantes: “la justicia sólo es posible sobre la base de esta necesaria limitación de nuestro conocimiento factual.” (Hayek. Derecho, legislación y libertad) ¿Quién quiere entonces educación pública en la infinita desolación del mercado? ¿Quién necesita educación pública en la selva de las habilidades blandas? El nuevo homúnculo neoliberal, el famoso capital humano, guía y destino de prácticamente todo diseño educacional en nuestro país, medida de calidad en cualquier forma de acreditación, verdad a estas alturas indesmentible que puebla el vocabulario de la izquierda y de más de un liderazgo contestatario con tanta soltura como el invento astuto del emprendimiento, monomanía de la época, símbolo del nuevo héroe neoliberal que se empina orgulloso y pujante sobre las cenizas de la vieja sociedad, con su extinta vida de barrio y su desvencijada educación pública.

Entonces pedagogía sí, las pedagogías del pulcro y ordenado emprendimiento, la transformación de cada persona en una unidad-empresa, elentrenamiento de la competitividad, la resistencia, la superación de los fracasos, el management de uno mismo, la disposición porfiada al re-emprendimiento (porque las empresas chicas, bueno, las empresas pequeñas por alguna razón en la que conviene no pensar mucho, tienden a quebrar más frecuentemente). En fin, es más importante aprender a calcular el VAN y el TIR que estudiar historia.

Es la destrucción de la educación pública, entonces, en un proceso cuyo complemento es la instalación de las nuevas formas de producción de las individualidades con su educación privada y privatizada, y su capacidad para empresarizar prácticamente cualquier cosa que resulte relevante.

En este escenario, defender la educación pública no remite tanto al retorno a las viejas formas estatales del Chile del siglo XX, como a la construcción de nuevos horizontes de organización y aprendizaje de la vida común, que han de partir, no queda otra, de la resistencia a la desertificación neoliberal. La defensa de la educación pública es así nuestra defensa de la posibilidad de imaginar, de pensar colectivamente, de mirarnos y reconocernos
semejantes, de reunirnos en los mismos patios y salir en indócil manada a conquistar sin permiso las calles.