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En 2018 en Chile vivimos la cuarta y voluminosa ola feminista. La lucha de las mujeres por la soberanía sobre nuestras cuerpas, la telúrica revolución de lo privado y lo público que hemos venido a instalar las feministas en esta inmensa ola planetaria que de golpe vino a decir basta con el abuso, la postergación y la hipocresía de una política al servicio del control masculino y del deseo del otro. Hoy el feminismo, en medio de la densa noche neoconservadora que se cierne sobre nuestra región y lejos de ser la causa de la reacción, es nuestra única y más poderosa arma esperanza de victoria.

Una victoria que viene acompañada de una batalla constante. En Chile hemos debido luchar contra la institución, que nos cuestiona los acosos y abusos denunciados. Luchamos también en la cotidianidad con otres que nos odian por ser mujeres, por ser trans o por el sólo hecho de movernos de manera distinta a los límites que la misma sociedad patriarcal nos ha impuesto.              

El feminismo es en sí mismo, el presente de la herencia histórica de los pueblos oprimidos que nos regala el poder seguir luchando, para poder entender cómo hemos de asir todes nuestro futuro. Son todas las voces de mujeres que no aparecen en los cuadros de las rebeliones vencidas ni en los libros de historia.

Hoy el feminismo se muestra y se revela en las distintas disputas desde donde nos hemos parado. Hoy tenemos una disputa por la ciudad, por los derechos, por la producción y por el reconocimiento al trabajo reproductivo que siempre se ha invisibilizado, que sólo podrá avanzar de la mano de quienes han hecho posible la resistencia a este sistema perverso en los márgenes del poder. Hoy esperamos y debemos impulsar una articulación de las dirigentas vecinales, maestras, de las pensionadas que sostienen el hogar multiplicando por mil la triste miseria con la que el Estado insulta a los adultos mayores, a las esposas y abuelas de las detenidas y detenidos desaparecidos para luchar con el mismo ímpetu y gritar con todas nuestras fuerzas.

El patriarcado no cae, al patriarcado se le desarma, al patriarcado se le desteje. Es un inmenso género tejido desde el interior de los sujetos que nos ahorcan desde los más pequeños gestos y desde las grandes superestructuras. Comenzar por una forma de construir organización feminista es en sí misma un apuesta revolucionaria, toda vez que a la base de la explotación capitalista, se encuentra la huella de un padre ausente, de un hombre abusador, de un hijo consentido y de un compañero mezquino que te hace callar.

Por todo esto y más es que este 8 de marzo debe ser un punto de inflexión. Debemos articularnos y llegar a todos los sectores de la sociedad y en especial a los sectores más precarizados en donde el feminismo todavía suena como un concepto intelectual que poco tiene que ver con la lucha que hemos traído hace siglos. Para esto nos debemos unir, desde todos los espacios del planeta y más aún en Latinoamérica, en donde nos envuelven grandes fundamentalismos. El feminismo debe permear los territorios y las cuerpas, debe sobrepasar todo lo conocido para que pueda llegar hacia los sectores que más lo necesita para dejar de callar y empezar a gritar. Por que ya no estamos solas y sobre todo ya no tenemos miedo.