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La sustantiva diferencia entre hacer lo justo y hacer lo necesario

Jorge Valenzuela Rojas. Centro de Estudio y Conservación del Patrimonio Natural (CECPAN), Ancud, Chiloé.

Un análisis del sentir chilote hoy, no podría obviar una revisión de las distintas crisis contemporáneas y el histórico abandono del Estado. El relato de una comunidad solidaria y comprometida con una identidad marcadamente distintiva, se confronta con las crisis socio-ambientales propiciadas por la privatización y el desorden político/administrativo.

No hay mitos, no hay metáforas dentro de aquel paralelo, pues expresa realidades que han convivido con el estereotipo chilote desde décadas; un islamiento sistémico que ha tenido de común denominador una profusa sociedad pasiva (emocional) con una lacónica sociedad activa (comprometida).

Así ha comenzado a surgir un antagonismo entre sostener una cultura probablemente pasajera con la exacerbación de un fetichismo cultural, creyendo ese fanatismo nos reivindicara como defensores del patrimonio, pero no hacemos más que agudizar el discurso por mientras nuestros actos se dilatan en la verbalidad.

La globalización y la homogenización industrial ha comenzado su nefasto camino colapsando diversidades y Chiloé no está ajeno. Se ha diluido ese ideario enraizado en las tradiciones que nos permitía coexistir con cierto balance. Ahora entendemos que no bastan los simbolismos vacíos para afrontar la “modernidad”; vida familiar, oficios, artes de pesca o artilugios en madera, el mismo paisaje cultural, todo es transgredido y al mismo tiempo “puesto en valor”, algunas veces casi hasta asfixiar el símbolo en cuestión (ej. fin de los palafitos residenciales de Castro).

Siguiendo el curso de esta discusión y ahondar en la materia que convoca, quiero tensionar la reflexión más allá de nuestro amor por el territorio e incuestionable fervor ambiental con lo siguiente: ¿Cuán a menudo revisamos nuestra participación como actores de cambio con la suficiente autocrítica? Conociendo la realidad desde muy cerca creo que la contradicción puede ser mayúscula, y merece, a mi juicio al menos, un espacio en el debate.

Cualquiera sea la fuerza disruptiva de turno; plantaciones forestales, minería, pesca o acui-cultura, siempre su efecto será la degradación de ese “todo” que compone Chiloé, el paisaje y su valor patrimonial. No hay espacio para la duda respecto de que la falta de planificación territorial y la desprolijidad empresarial del mercado están haciendo insostenible el porvenir de Chiloé. Sin embargo, ¿Se puede apelar siempre al imaginario de que todo lo malo viene desde un “ellos” y desde fuera? ¿Acaso en nuestra forma de ser chilotes solo existe bondad y moderación?.

A modo ilustrativo pensemos en la gratificación de llevar unos metros de leña seca al hogar, de negar una bolsa plástica en el supermercado (me incluyo en ambos actos), o saber que estudiosos de las universidades determinaron como usar sosteniblemente un recurso prioritario para el ciclo del agua. Nos hemos acostumbrado a hacer lo justo, lo ético, esto es, resolver nuestras contradicciones a través de acciones emblemáticas del sistema actual, como son el consumo u opinión en redes sociales. Porque si nos salimos de ese plano personal restringido, ¿Qué gratificación sobreviviría al saber también que aún con planes de manejo y reforestación de bosque nativo, Chiloé ha perdido más de 11 mil hectáreas en los últimos 15 años; que aunque todos los vertederos municipales están colapsados, existe un proyecto de relleno provincial detenido desde el 2013; o que aun cuando los académicos de la UST brillan por su innovación con nuestro musgo pon-pon, Chiloé está sumido en la peor crisis del agua que jamás se haya conocido, con más de 800 millones invertidos sólo el 2016 en mitigar la escasez, pero sin tener un plan de gestión o manejo del recurso agua vigente?.

Siendo críticos, en tanto algunos pasivo-conscientes mantienen tregua con las contradicciones cotidianas mediante actos de consumo, y otros canalizan su frustración enarbolando la bandera del Chiloé patrimonial en la cara de las fuerzas externas, son algunos de esos chilotes a “chomba de lana” los que pasan desapercibidos mientras también hacen su agosto a costa del futuro de todos. Aquellos que hacen de la privatización una institución enceguecidos por el progresismo y la bonanza extractivista, que miden un pomponal en sacos, el viento en kilovatios, un bosque en metros cúbicos, o un campo en parcelas y cabañas, todos ellos participan de la “limpia” en que las viejas y nuevas expresiones de plusvalía encuentran tierra fértil en Chiloé.

Como muestra, cabe mencionar un nuevo invitado en la numerosa lista de saqueos del paisaje cultural; “la explosión inmobiliaria”. Sea por una extraña concepción de calidad de vida, ostentación, oportunidad laboral, oferta turística, o simplemente banalidad, muchos estamos sumergidos en ese negocio del cambio de uso de suelo. Ese que tiene a varios amantes de Chiloé conocedores de la tierra y su gente, embargando la sostenibilidad, la conectividad e integridad del paisaje de Chiloé. Rápidamente el bosque y las tierras agrícolas se comienzan a “civilizar”, y muchos de nosotros somos testigos o gestores de esa tendencia. Optar a una “hermosa parcela” puede ser un sueño hecho realidad, el sitio escénico más vanguardista, la arquitectura más fina, la posición más privilegiada del vecindario; pero como territorio debemos entender que lo que esconde esa “decisión” puede en realidad ser nuestra definitiva tragedia.

Todo es parte de un problema que se favorece con la falta de instrumentos de planificación efectivos, planos reguladores para áreas rurales, planes intercomunales u ordenamiento territorial vinculante. Todo es parte del plan de negocios o de marketing. Chiloé está en venta, hay una explosión de corredoras de propiedades y parcelaciones “ecológicas”, incluso varios aludiendo a la recién estrenada Ley sobre el Derecho Real de Conservación, la cual buscará incentivar la conservación en tierras privadas, pero ¿quién podría creer que una parcela (0.5 hectáreas) tiene una función ecológica si cambia el uso de suelo? ¿Acaso la fragmentación de hábitat no está lo suficientemente documentada para entender sus efectos? Entonces ¿cuando llegamos a hacer de nuestro idealismo consevacionista un mal negocio para Chiloé?.

Es imperioso instalar estándares de equidad e integración de conceptos ambientales básicos en los saberes cívicos, como también propuestas coherentes de planificación territorial dirigidas a mejorar sustancialmente la seguridad ecológica y medioambiental. Pero esto no se logrará si no es con el oportuno cambio del discurso hacia el protagonismo, entendiendo existe una significativa diferencia entre hacer lo “justo” como individuos y hacer lo “necesario” como sociedad que convive en un territorio finito.