Compartir :

Francisco Coloane, chilote de corazón, nacido en Quemchi, tiene un lugar central en la historia de Chiloé, en sus narraciones nos muestra un mundo inhóspito y en sus personajes la lucha por la supervivencia.

Su vida, sus narraciones, su visión del mundo sigue viva en nuestra memoria y la de Chiloé.  Hoy recordamos un nuevo aniversario, el 109, de su nacimiento y para ello les compartimos una entrevista realizada en 1998.


*(Entrevista realizada por la periodista Claudia Alamo y publicada en Revista Caras Nº 267, 26 de junio de 1998)

 

 ….. Coloane no cree en Dios, pero sí en la naturaleza. Por eso, no mira los autos ni siente el olor a motores recalentados de la ciudad. Para él todo tiene olor a mar, a ballenas y lobos marinos. Y ésa es su gracia. Porque en ese cuerpo de hombre grande y fuerte, habita un niño cándido y soñador que se aproxima a la ventana buscando estrellas o historias que contar. No había mucho, pero cuando empieza a conversar, uno se sumerge en un mar de oleajes que vienen y se van. Así son sus relatos. Personajes al borde del abismo, que sobreviven a pura fuerza e impulso, porque casi siempre el entorno es devastador.

  

….. Francisco Coloane es, claramente, un clásico viviente de la literatura marítima. De hecho, este autor de obras tan célebres como El último grumete de la Baquedano, Tierra del Fuego, Cabo de Hornos, entre muchos otros, ya han sido traducido a casi todos los idiomas imaginables -el último fue el griego-, y en Chile tiene ventas que bordean el millón de ejemplares.

  

….. Sus historias encantan por el olor a aventura, a riesgo. Pero Coloane aprendió a vivir con esos sentimientos desde niño. No es fantasía, sino recuerdos de infancia donde su padre, Juan Agustín Coloane, un ballenero fuerte y querendón, murió cuando Francisco tenía 13 años. Su madre, Humiliana Cárdenas, también partió al poco tiempo. Y el Francisco adolescente hizo camino al andar. Entre sus múltiples oficios en el sur, de peón en una hacienda ovejera, de capador de corderos, de amansador de caballos, de cronista de un diario. Luego vendría el escritor, el redactor, el actor y hasta documentalista.

  

….. El proximo 19 de julio cumplirá 88 años. No quiere homenajes. Muy pocos amigos cruzan el umbral de su departamento. Quiere estar tranquilo, en silencio. De algún modo, Francisco Coloane ha hecho una opción radical por recluirse en sus recuerdos, en algunos libros y en sus propios escritos. Pero sobre todo en los brazos cálidos de su mujer. De hecho, dice que es ella la que lo mantiene vivo.

 

 

-Don Francisco, hay una parte de su vida, que es su infancia, en la que habitan recuerdos y personajes fascinantes. Sin embargo, intuyo que hay un dolor subterráneo en sus relatos. ¿Ese dolor tiene que ver con un modo de exorcizar sus propios sufrimientos o más bien como un modo de protestar por la soledad de esos seres débiles frente a la inmensidad del mar y la grandeza aplastante de la tierra, el viento y la nieve?

 -Hay un dolor subjetivo o subterráneo o submarino, como diría yo, que se expresa en todos mis relatos, desde mi primera infancia chilota. Juan Gana, un periodista amigo que ya falleció, me llamó Chilote de Roca, identificándome con mucha intuición y afecto a los “patos libres y cormoranes de roca”, donde procrean sus polluelos.

 

 

-¿Y cuáles diría que son sus “polluelos”?

 -… Mis polluelos pueden ser mis inicios en la literatura, en la piedra, en la roca que fue parte de mi entorno junto al mar en Quemchi. Viento y nieve, mar y tierra entre los canales patagónicos, en las rutas de Magallanes y la Antártida.

 

  

-¿Cree, entonces, que hay una relación entre el carácter de las personas y la naturaleza en la que habita?

 -Creo que sí. Sobre todo porque en Chiloé se agregan los temblores, terremotos y maremotos donde nuestras islas interiores bajaron más de un metro de su nivel del mar. Por ejemplo, mi vecino Elías Yáñez, un personaje siempre presente en mis apuntes literarios, me contó que para ese terremoto de 1960, él estaba sobre un cerco cuando empezó a temblar y se agarró a las varas como si fuera un caballo chúcaro; así se mantuvo durante largos minutos. Puede que Elías en esos años tuviera alrededor de los 80. Y su extraordinaria firmeza le dio vida hasta los 90 años. Siempre recordaré también al buzo que pescaba ostras en el golfo de Ancud y que fue lanzado por una gran ola sobre el ramaje de un coigüe. Semejaba con su escafandra a un astronauta que hubiera caído de otro planeta. Tal vez Venus, porque se bajó del “alamo” sano y salvo.

 

-Usted siempre ha puesto al hombre al borde del abismo, enfrentando a la violencia de la naturaleza. Sin embargo, más allá del profundo realismo de sus relatos, hay una mirada de ternura. ¿Qué le provocan esas historias en su fuero interno?

-…Stendhal dijo: “La flor del amor se va a cortar siempre al borde del abismo”. En mi fuero interno soy como hijo de esa naturaleza, a veces en la cresta florida de una ola, llena de ojos vacíos, y otras veces en los brazos amorosos de una extendida playa arenosa de sus resacas. Cada vez que entro al mar, soy lo mismo que un bote, salgo de espaldas nadando a remazos, con la quilla de mi espina dorsal y me levanto gracias al dios-mar sin revolcones.

 

 

-¿Entonces, diría que usted es uno de esos personajes? Se lo pregunto porque perdió a sus padres cuando era un adolescente y sólo usted sabe lo que significó esa orfandad en su vida.

-Sí, a veces uno se identifica con dos o tres personajes como si fueran una “santísima trinidad”, o como en un puente curvo desde la infancia hasta la ancianidad. Kipling escribió: “Dadme los primeros seis meses de un niño y os diré quién es el hombre”. El era inglés-hindú. Yo chilote…

 

 

-Después de la experiencia de hacerse hombre sin tener a sus padres al lado, ¿cómo diría que se relaciona con sus dos hijos: es un padre aprensivo o, más bien, los deja partir mar adentro sin influir en su destino?

-La verdad es que mi relación con Alejandro, de 63 años, y Francisco, de 50, son muy buenas y normales. El primero vive en el extranjero, y el menor vive desde hace poco en Santiago. Tengo varios nietos a los que veo cuando viajamos con mi mujer a Europa o cuando el nieto suizo viene a Santiago, que es regularmente año por medio. Hace pocos días recibimos una carta suya. Nos decía que acababa de adquirir en Ginebra, donde vive, la traducción de El camino de la ballena, y nos adjuntaba un comentario del diario Le Monde de París. Lamentablemente todavía no tenemos ningun ejemplar. Pero ha sido una alegría en vísperas de mis 88 años. Alejandro se ancló en Francia hace muchos años. Hoy vive en los Altos Alpes, se casó con una maestra en estadísticas y tienen dos bellísimas hijas. El tiene una pequeña librería de libros antiguos y viejos. También tiene a la venta los libros de su padre y cuando le preguntan si tiene algún parentesco con ese “Coloane”, él dice “a lo mejor sí”, y larga una carcajada.

 

La vida y la muerte

 

-Ha dicho que en su infancia descubrió que las tragedias suceden sin aviso ¿Le teme a lo sorpresivo del destino?

-Siempre hay un azar en el destino. Parece que alguien jugara a los dados o a la ruleta con uno… Cierta vez entré al Casino de Puerto Varas y vi que el 28 no había sido jugado. Entonces, le puse tres o cuatro escudos de esos años, y de repente escucho al croupier que grita: “¡Negro el 28!”. Desde entonces juego a esa terminación, si se me ocurre comprar un boleto de lotería. A veces me resulta.

 

-Usted mismo ha estado varias veces al borde de la muerte, pero siempre se ha salvado. ¿Cómo vive el tema de la muerte?

Los indios yamanas del Cabo de Hornos creían haber descendido del cielo a través de una cuerda confeccionada con cueros de focas de dos pelos amarrándolas eslabonadas en forma de ocho. Yo siempre recuerdo una frase de la Biblia Latinoamericana que dice: “Dios es el infinito presente en lo íntimo del ser humano”. Curiosamente, el ocho extendido es el símbolo del infinito. Sin embargo, a veces la vida y la muerte se eslabonan alternativamente con un negro y otro blanco, como el día con la noche.

 

-El año pasado anunció su partida para cuando cumpliera 88 años. ¿De verdad tiene ganas de partir? ¿Por qué?

-En una entrevista dije que me gustaría cumplir los 88 años, porque ese tiempo era suficiente para vivir; a esa edad se pierden muchos encantos de la vida; además, creo que en mi labor literaria he dado todo lo que he podido y de eso estoy satisfecho. Pero ahora me siento más tranquilo ya que estoy al borde de esa edad, y tengo la alegría de estar conversando con usted.

 

-Usted tiene una relación impresionante con el mar. ¿Qué es lo que lo revitaliza de esta pasión?

-… Lo que me revitaliza es el cosquilleo del oleaje envolviendo mi cuerpo, como si fuera un niño que está siendo acunado con una adormecida canción de las olas. Siento aquella osmosis que debemos al vientro materno, donde se tejen las primeras vibraciones del embrión humano. Nace la vida. Tal vez por eso llevo el mar adentro y lo necesito hasta hoy.

 

 

-Siempre ha declarado que también lleva el sur adentro y que, por tanto, vive como “encajonado” en Santiago. ¿Por qué le desagrada la ciudad?

-Santiago fue una ciudad dificil. Venir desde esos campos magallánicos, y llegar a la Estación Central, un barrio con cierta sordidez a pesar de sus trenes, y con gente, perros y de todo pululando por sus alrededores me produjo un gran desencuentro. Creo que la ciudad no me cayó bien ni yo a ella. A los pocos meses regresé a Magallanes. Pero luego volví a la capital para intentar una nueva aventura. De a poco me fue interesando el mundo nuevo que se me iba abriendo y, por cierto, la vida cultural con la que empecé a tomar contacto. Hasta que lentamente el clima me empezó a conquistar un poco, aunque siempre he extrañado ese viento del sur que lo limpia todo.

 

-¿Cuál es el aporte que usted siente que ha hecho a la literatura? Se lo pregunto porque, aunque su trabajo ha sido premiado en el mundo entero, usted mantiene una cierta distancia con el éxito.

-No lo sé bien, siempre he dicho que en todo eso que está publicado algo bueno debe haber. Yo escribí porque pensé que a la gente les podía interesar el mundo que les transmitía.

 

 

 -¿Y cómo definiría usted su obra y trabajo creativo?

-Uno está consciente de lo que escribe, pero no está plenamente conscientedel cómo escribe. varios críticos me han ayudado a tener una visión más completa de o que hago, como Alone o Polac. Sin embargo, David Petreman, un crítico norteamericano, señala que en la prosa de mis cuentos se destaca lo que llama el understatement, o sea, decir mucho pero con pocas palabras en un estilo simple, el lenguaje de los silencios o algo así. En realidad, imagino que los críticos aprecian mejor el ejercicio del creador.

 

 

-¿En este ejercicio, existe una dualidad entre el hombre y el escritor que es usted?

-Es una pregunta difícil porque si existe algo donde menos se puede separar la actividad creativa del ser mismo, es la literatura. Esta se hace en silencio y en soledad, porque los impulsos iniciales son aquellos que van en la búsqueda de algo que pertenece a los orígenes y que no se puede definir. No sé muy bien que buscaba en mis escritos de entonces, pero ciertamente había algo del hombre esencial en esos personajes en que muchas veces no sabía exactamente si eran mis propias vivencias.

 

  

-¿Por qué nunca ha echado mano a las fábulas ni a los “efectos especiales” para contar sus historias? ¿Cree que estas técnicas pueden distorsionar el oficio del escritor?

-Sobre literatura es poco lo que me gusta decir; me considero un buen lector y leo de todo. Pero no podría hablar de técnicas literarias, ni de modernismo, ni realismo mágico o sin “magia”. Soy un autodidacto y he dado lo que he podido entregar de acuerdo a lo que he vivido y me ha impactado.

 

  

-¿Pero qué es lo que le atrae del realismo?

-… Algo le voy a contar sobre este tema. Como corriente literaria sé más de oídas que por estudios. La literatura la he sentido como un medio para expresar mis visiones, mis sentimientos, mi entorno en general. Algunos críticos que han escrito de mi trabajo, han habalado de un “realismo populista” y de allí que Montes y Orlandi me sitúen entre los de la generación del 42.

 

 

-Aunque, como dice, usted sepa más de oídas que por estudios, imagino que tendrá algunos autores preferidos…

-Existen muchos escritores nuevos y jóvenes que son muy buenos. No puedo nombrarlos porque son muchos. Pero siempre observo la inteligencia de un escritor como Bobbio, el filósofo italiano. Patricio Manns tiene una prosa rica y poética, y Luis Sepúlveda rescata la esencia del escritor cosmopolita. Las crónicas de José Miguel Varas me acompañan porque hay genio e ingenio. Leo también a Lafourcade porque a veces me hace reír y otras veces me hace pensar.

 

 

-¿Y cómo ve a la nueva generación?

-He leído a varios jóvenes a quienes admiro; nombrarlos es difícil porque se me quedarán varios escondidos. Siento que hay una verdadera revolución en la escritura más que en la literatura. El lenguaje a veces me desconcierta. Por eso vuelvo a mis viejos libros. Siempre tengo a Darwin a mi lado y algunos otros que me acompañan.

 

 

-Da la sensación de que le inquieta que lo vean como un célebre. ¿Por qué tanto pudor?

-Sí, me inquieta, especialmente ahora en la vejez. A veces, cuando veo algunos libros o traducciones mías, parece que no fuera yo. Son como sueños increíbles que bordean mi ancianidad. Aunque tampoco niego ni oculto mi vanidosa alegría de tener la traducción de mis libros como la de El último grumete de la Baquedano al inglés al francés y este año, al griego. Entonces pienso que mi “grumete” puede estar en buena compañía junto a La Iliada y La Odisea de Homero. Pero para terminar con esto que no puede llamarse celebridad, menos fama, vuelvo a un poema que siempre me ha gustado. “Lo fatal” de Rubén Darío que dice: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo / y más la piedra dura porque ella ya no siente / No hay mayor dolor que el dolor de ser vivo, / ni mayor pesadumbre que la vida consciente”.

 

Buscando una estrella

 

-¿En qué está ahora, don Francisco? Da la sensación de que ha querido replegarse un poco. ¿Siente que hay una etapa de escritor que se cerró?

-… Son los 87 años. No tengo tu agilidad ni la ligereza de mis tiempos de periodista, que también lo fui. Pero antes las entrevistas no se hacían con máquina grabadora, sino que recordando lo que se había conversado. Recuerdo que una vez, cuando era joven, le hice una entrevista a Pabo Neruda en su casa. Yo no lo conocía. Neruda me llevó a caminar por todos lados y nunca me contestaba lo que yo le preguntaba. Cuando terminé la entrevista escribí: “A lo mejor, Pablo Neruda no tiene más voz que la de un caracol”. Así fue como me vengué. Y a él le gustó mi venganza.

 

-O sea, que tiene una larga relación con el género de las entrevistas…

-Yo le tengo un poco de temor a las entrevistas. Esa es la verdad de las cosas.

 

-¿Y qué es lo que le da temor?

-Me da miedo decir tonterías. Recuerdo que Oscar Wilde dijo una vez que no había preguntas tontas, sino que respuestas tontas. Mire, hace rato le hablé de la palabra “osmosis”. Y esa es una palabra griega que se puede escribir con acento o sin acento. Yo prefiero hacerlo con acento: ósmosis. ¿Sabe por qué? Porque el acento es como un bailarín. Se puede poner en cualquier parte, aunque a veces no corresponda ponerlo. Porque los acentos son como un pajarito que va picando de flor en flor, y no molestan porque siempre son hermosos. Entonces, un acento siempre es bonito.

 

 

-Bueno, ésas son licencias que usted se puede dar, ¿no? Total, ya hizo su aporte a la literatura…

-Bueno, como decía Alone, soy un hombre de prosa sencilla. Y lo sigo siendo hasta ahora. Una vez, Juvencio Valle me dijo: “No sé para que escriben versos que no se entienden”. Y a mí me gusta escribir con claridad y sencillez para que sea leído por cualquier persona.

 

 

-En ese sentido, ¿considera que hay un poco de vanidad en la literatura de hoy?

-En la actualidad, sí, incluso, ahora, con todos estos jugadores extraordinarios del Mundial de Fútbol, se ha producido una nueva literatura, que es la futbolística. Neruda decía una cosa muy notable: que en Francia hasta los tontos son inteligentes. Y eso es lo que estamos viendo ahora en el Mundial de Fútbol, donde hasta los tontos se vuelven inteligentes. (Se ríe).

 

 

 -¿Y no le preocupa que exista una adicción al fútbol?

-Sí, es extraño, ¿no? Porque parece que incluso está reemplazando a las cosas religiosas. Hace poco leí que en las iglesias de Santiago se iban a poner oraciones para que ganáramos. O sea, hay que rezar para ganar. Asombroso. Pero, bueno, casi generalmente los boxeadores u otros deportistas se persignan antes de la pelea. También a mí me enseñaron desde niño a persignarme en los botes. Cuando venía un temporal, por ejemplo, mi madre me decía: “Persignate, hijo. Reza para que nos salvemos”. Y yo lo hacía. Y ahora, cuando a veces me meto al mar, también me persigno.

 

-¿Se persigna aun cuando usted no sea creyente?

No soy creyente. Pero creo en la naturaleza, porque ahí hay partes de la divinidad. Por ejemplo, Pío Baroja decía una cosa extraordinaria: que si la tierra fuera un Dios, el mar debería ser su cerebro. La verdad, es que pienso que tanto la vida en la tierra como en algunos planetas ha surgido del mar. El planeta Venus, por ejemplo. Y en las mañanas, cada vez que puedo, miro a Venus, que es muy brillante, tiene un titilar precioso, como si tuviera cinco patas.

 

-¿Esta afición por la astronomía, es de ahora o le viene de la niñez?

-Desde niño anduve en bote, a caballo, y siempre las orientaciones de las estrellas las he llevado en la mente. Incluso, en mi casa de Quintero siempre salgo a la terraza y veo constelaciones enteras.

 

-¿Recuerda algún minuto de su vida en que haya dejado de mirar las estrellas?

-No, siempre he mirado una estrella. En la noche sobre todo, antes de dormirme, voy por cada una de las ventanas de mi departamento para ver si encuentro una. Y cuando veo una estrella, entonces, me acuesto feliz porque el mundo está tranquilo. Y yo puedo dormir en paz.-