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Por Dante Montiel Vera, Historiador

El Ministerio de Educación decidió modificar la malla curricular de 3° y 4° medio, donde el ramo de historia no será obligatorio, recalcando que los contenidos de la asignatura se realizan en los años anteriores, validando así una historia optativa. Limitar la enseñanza de la historia hasta 2° medio, justificándola con la incorporación de Filosofía y de un novedoso curso sobre Competencias Ciudadanas, es incoherente con una educación de calidad. Preocupa también el contenido de violencia simbólica que tiene esta medida al presentarse como beneficiosa y atractiva para los estudiantes, cuando notoriamente se trata de un retroceso en la formación académica. Los académicos reprueban y acusan una “lógica tecnocrática” tras la polémica decisión  del Consejo Nacional  de Educación (CNED) que excluye el ramo de historia para los estudiantes dejándola con carácter de opcional. Una medida controvertida que comenzará a regir el 2020.

Eliminar horas de historia es otro paso más en este error de considerar la educación como un adiestramiento para la producción de expertos inconscientes, de ciudadanos autómatas, de seres antisociales. Una escalada para ir debilitando la presencia de las ciencias sociales y humanistas en la formación de los alumnos.

Aún no se entiende que la educación es para formar mejores personas. Los contenidos curriculares están o debieran estar relacionados a la madurez intelectual de los estudiantes, por ello, no es posible cambiar algunos temas que son fundamentales impartirlos en 3° y 4° medio, es decir, cuando la mentalidad de los alumnos les permita comprender la complejidad científica o cultural que contienen esos temas. Igualmente, procesos como la globalización o internacionalización de las economías y las sociedades, dentro de lo que se conoce como historiografía del tiempo presente, o, los procesos histórico-antropológicos requieren que los estudiantes tengan una base de conocimientos que en 1° o 2° medio aún no poseen.

La propia disciplina de la historia y las demás ciencias sociales, han evolucionado notoriamente, requiriendo de un trabajo interdisciplinario para poder comprender fenómenos complejos, ya no se trata de una narración positivista de sucesos del pasado, se requiere de teorías y metodologías nuevas. La investigación académica y  científica en el campo de la Historia de Chile de larga duración como del tiempo presente han tenido un desarrollo notable en nuestro país, con la aparición de revistas científicas e institutos especializados, es decir, los profesores de aula tienen mucho más contenidos de calidad a la mano y poder impartirlo con pertinencia a sus estudiantes.

Chile es un país culturalmente débil, se imita en casi todas las áreas, desde lo cultural hasta lo político y lo práctico, se piensa que lo autóctono no es relevante si se compara con otras culturas, tenemos la sensación de que todo lo que viene de afuera es mejor, desdibujando la identidad. Sin embargo, tenemos aspectos destacables, reconocibles, que deben revalorizarse y proyectarse. 

En este contexto, Chile es uno de los países con menos historia regional o local, y según estudios académicos los estudiantes conocen más de lo ocurrido en Europa que en América Latina. La llamada Historia Universal normalmente es eurocéntrica, es decir, nuestros jóvenes conocen más de otros países  que del propio, para qué decir  lo que pasaba en las provincias, ni siquiera saben los nombres de sus bisabuelos. Sólo el 5,3% de los contenidos de historia que aprenden los alumnos de enseñanza media en América tiene que ver con sucesos latinoamericanos. Un bajo porcentaje que pone a Chile entre los países de la región con menos materia de este tipo, y que se contrapone al gran tiempo que le dan para estudiar lo ocurrido principalmente en Europa.

Tenemos una enseñanza donde no sabemos casi nada de Historia Latinoamérica o de nuestros países limítrofes. Los únicos países en que la Historia Latinoamericana supera a la  universal son  Argentina y Bolivia. En Costa Rica, Cuba y Honduras el número de materias es igualitaria en ambos casos. El promedio regional, de 14 países consultados, es de un 18,1% para lo ocurrido en Latinoamérica y un 30,2% para la universal. En peores condiciones se ubica El Salvador, que sólo destina 1,4% a la regional y un 20,8% para la europea, y Republica Dominicana, con el mínimo en ambos casos.

En Chile el 31,6% es para la historia local. Esta  investigación fue realizada  por especialistas en base al currículum y temarios de la enseñanza media o etapa secundaria de toda la región.  Se debe prestar más atención a América Latina y por ende a la historia de Chile y por supuesto a la historia regional. La fragilidad de nuestra memoria colectiva  se ve profundizada en estos tiempos por la globalización, que se presenta con su uniformidad simbólica, como la mayor amenaza a nuestras identidades culturales y a la riqueza de nuestra diversidad construida como región. Entonces, el componente clave para esta perspectiva es “lo local” expresado en una “territorialidad” ya que allí se manifiestan las identidades culturales y las coyunturas históricas.

La  historia local  en las tendencias historiográficas se conoce como la “pequeña historia” o “microhistoria”, que complementa finalmente la historia general. Conocer el pasado es entender e  interpretar los cambios de la comunidad, aprender sus códigos, establecer criterios para su futuro,  dilucidar sus traumas, explicar su identidad, entre otros aspectos.  El pasado que se recuerda y analiza permite entender épocas, y al racionalizar esa impresión nostálgica nos entrega los fundamentos para comparar y reflexionar sobre dicho tiempo.  La microhistoria es parte constitutiva de la historia general, del estudio de las historias locales surge la posibilidad de integrarlas en un contexto mayor. Lo  importante  de la historia local es que permite utilizar una amplia variedad de fuentes, en este sentido  rompe con el positivismo clásico de considerar como válidos sólo los documentos. Los relatos orales, las fotografías, las reliquias, las entrevistas, los tipos de comidas, etc., son todas fuentes legítimas que ayudan a comprender la mentalidad de las personas comunes y corrientes, y así se socializa la historia. Estos estudios monográficos  son importantes y se revalorizan, su limitación en el tiempo y en el espacio los hace únicos para manifestar las particularidades de la historia. Es fundamental que la historia local  se  concatene a  una historia nacional y universal,  haciendo que estos  hechos históricos  puedan ser analizados  desde perspectivas más generales. La tarea es universalizar  la  “microhistoria”  hasta ser considerada como ejemplos globales. Un tema regional  se debe contextualizar  a nivel nacional, latinoamericano, europeo o mundial,  caso contrario  sólo será un suceso  sin trascendencia, así no será aislado o anecdótico, porque se establece el nexo histórico y se explica el proceso.  Como toda ciencia, la historia tiene que generalizar y explicar. Generalmente en los colegios los alumnos conocen la historia local  como hechos aislados,  este panorama descrito no es historia y por  tanto debe cambiar. La verdadera historia es comprensión y no sólo memorización, sólo en esa dimensión la historia tiene utilidad y representa un conocimiento atractivo para los jóvenes que pueden reflexionar su presente y   comprender  estos procesos históricos desde la historia regional. Recordemos que nuestro presente es fruto de corrientes que vienen desarrollándose desde el pasado, y que para entenderlo será necesario, primero, comprender  y no memorizar.  El historiador Marc Bloch decía a los jóvenes que el interés por el pasado nace del interés por el presente y luego iba más lejos, el futuro es el verdadero foco de la historia, porque  permite desarrollar el pensamiento crítico  y formar ciudadanos reflexivos, aptos para el ejercicio democrático, puesto que la historia es, por antonomasia, creadora de conciencia crítica respecto del entorno social en el que viven las personas, y por ello el mejor instrumento para formar verdaderos ciudadanos.

La sucesión de paisajes de norte a sur permite relaciones específicas del hombre con su entorno, lo que implica cultura. No es una cultura intelectual o erudita sino popular, cotidiana y espontánea. En este sentido un habitante de Chiloé es distinto al de otra región porque sus estilos, costumbres, reacciones, etc., nacidos de su relación con el medio son distintos, aunque se aprecie una común fisonomía de ser chilenos. Las diferencias se presentan en los aspectos secundarios o adjetivos de la cultura o variables regionales expresadas en creencias, hábitos, artesanía, gastronomía, religiosidad, el habla, etc., Dentro de este contexto resulta destacable el caso singular de Chiloé, porque entre todas las regiones es la que presenta mayores diferencias geográficas, sociales, culturales, respecto del país. Chiloé  se explica como un todo identitario, una especificidad llamada cultura chilota. Geográficamente pertenecía  al Reino de Chile, pero no formaba parte política ni cultural del país, circunstancias que explican que Chiloé presente hoy un particular ethos cultural, fundamento basal en donde las circunstancias históricas fueron  las que configuraron  el mundo insular. Chiloé y Chile llegaron a ser  dos realidades distintas, sus habitantes eran coetáneos pero no contemporáneos.  En este contexto, la historia local en Chiloé se fundamenta en la necesidad  que los chilotes puedan reflexionar acerca de sus orígenes y del pasado, de evaluar la forma cómo  han ido construyendo sus comunidades y los símbolos que reflejan formas culturales y liderazgos sociales que lo distinguen  de otras provincias y regiones. El presente de Chiloé   impone explicaciones que obligan siempre a revisar su pasado y por ello la historia local tiene plena vigencia para una comprensión del entorno social. Esta historia   colabora  a conformar identidad  y  la identidad insular se refiere a un sentido de pertenencia y  conciencia, no está dada de una vez y para siempre, se va forjando a través de procesos colectivos, se va labrando en la continuidad histórica, en la pertenencia a un territorio, a una lengua, a una clase, a un género o una etnia, la  identidad se va combinando e integrando. El concepto de identidad es una categoría concreta de análisis, no es invisible ni vago, no es una categoría metafísica, es tan concreta  que la identidad chilota se palpa en sus diversas expresiones. Chiloé, tiene la oportunidad para reconstruir y fortalecer su identidad histórica, aprovechando las coyunturas que le dan el mercado y la globalización, potenciando de esta manera lo local hacia lo global.

En el contexto de la identidad relacionado al ámbito historiográfico, la historia de Chiloé es trascendental.  Es imperativo tener una comprensión profunda de sus contextos y las causas,  para esto no basta con sólo  la memoria o testimonios  locales, sino de la historia para una interpretación lógica del pasado. El cumplimiento de los estándares requeridos en la disciplina histórica no garantiza obviamente el determinar una verdad única y final, no sólo porque todo conocimiento científico es conjetural, sino porque las interpretaciones históricas son planteamientos  sujetos a nuevos descubrimientos, a nuevos enfoques, a nuevas preguntas, y por eso la discusión y el debate son indispensables para permitir  la reinterpretación del pasado.

Las políticas educacionales centralistas  han provocado un desconocimiento  de los chilotes respecto de su propia historia y cultura, sin que se señalen variantes para su regionalización. Estamos retrocediendo en la construcción del currículo escolar, pues en el siglo recién pasado existían especialistas (curriculistas) que pensaban la realidad de nuestro país y que la incorporaban en los planes de estudio, incluyendo metodologías adecuadas. En cambio, desde hace algunos años esa tarea se licita a otros. A partir de la LOCE, se establecieron  objetivos fundamentales y contenidos mínimos, para aumentar aquellos con pertinencia regional, sin embargo, estamos siendo – en las regiones- testigos no sólo de una disminución de la pertinencia curricular de los contenidos, sino de su sensible desaparición. Por ello, qué importante resulta para cualquier persona tener conciencia de su identidad,  para el chilote es fundamental y una necesidad, solo así será leal a la historia y cultura en que se formó o se está formando.  Es prioritaria   una historia pertinente para Chiloé, es decir, una asignatura incorporada oficialmente  al currículo escolar. El joven chilote que comprende  la importancia de su historia local y su mundo cultural, con sus valores y actitudes frente a la vida, se destacará y  diferenciará. Su encuentro con nuevas formas culturales lo enriquecerán si intuye que lo recibido como herencia cultural es un legado valioso, por tanto  lo conservará y  usará en su quehacer diario  consolidando su personalidad.   La premisa es que la historia local en la educación insular  sea el futuro para Chiloé.

Esperamos que la medida del Ministerio de Educación sea corregida a la brevedad para evitar un daño irreparable a las generaciones futuras, porque la historia no sólo es un registro pasivo del pasado, sino una explicación, interpretación, deconstrucción y comprensión de ese pasado con mirada crítica. Si podemos sacar una lección de esa desafortunada medida, es que ha permitido iniciar una discusión colectiva y amplia sobre un tema extremadamente relevante como es la formación integral de las nuevas generaciones de ciudadanos(as) de Chile.

DANTE MONTIEL VERA

HISTORIADOR