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Por Mario Contreras

Dos mil, tres mil, cuatro mil años y no hemos aprendido nada. El devenir de la historia, que todos reconocemos como algo  que efectivamente sucedió, que nos llegó a modo de síntesis primero, pero sobre cuyos ecos se han recreado hasta los más mínimos detalles por investigadores que se solazan en las minucias, nos muestra en toda su crudeza la reiteración constante de los errores que seguimos incorporando en nuestro día a día, como parte indeleble de nuestras conductas.

 

(Que conste que me incluyo en este párrafo que señala aquello de “parte indeleble de nuestras conductas”).

 

            Que 70 años tampoco es nada, como nos señala de algún modo nuestro conocido Discépolo, salvo que tal es el periodo de vida que en promedio se nos ha asignado a los humanos en el último siglo, apenas si significa que no nos basta con una vida para aprender una lección más vieja que el hilo negro, aquella relativa a los miedos y supersticiones propias del lejano periodo del homo sapiens, aquel que le temía a los truenos y a la noche, que no era capaz de explicarse el movimiento de los astros y que apenas si logró alguna vez levantar su rostro para observar el titilar de las estrellas.

 

            Pero ellos vivieron en los albores del tiempo, cuando no existían aun las civilizaciones que luego se establecieron, gracias a las cuales y al continuo esfuerzo de sus sabios, de sus filósofos, médicos, matemáticos, gracias al sueño de sus poetas, gracias a los navegantes que se arriesgaron más allá de las aguas y los supuestos abismos que cortaban la tierra y precipitaban a los imprudentes por su borde, pudieron, hace 6000 años o más, explicar con mediana certeza la razón de aquellos “milagros”.

 

            A punto estuvieron los hombres de perecer, por supuesto, toda vez que los miedos, sobre todo a lo desconocido, a las simples sombras que se producen en el claroscuro, nos paraliza el seso, nos disminuye la capacidad de raciocinio, nos invalida para resolver adecuadamente los problemas que día a día la sociedad actual nos presenta, llevándonos, más que de triunfo en triunfo, de derrota en derrota.

 

            Porque con la modernidad a los vivientes actuales les han crecido los miedos. Ya no se trata de la lluvia o los truenos, de los eclipses explicables, sino –además- del vertiginoso cambio climático, de las claras señales de finitud del planeta que es nuestra casa, a causa de la contaminación y la depredación que nosotros mismos hemos contribuido a acelerar.

 

            Pero, curiosamente, bombardeados por el mensaje exitista de los medios de comunicación, todos en manos de los oscuros poderes relacionados con quienes desean alienarnos, convencernos que lo malo para nosotros y el planeta es –en realidad- lo bueno, que cada uno de los seres humanos provenientes de cualquier geografía no es nuestro hermano sino nuestro competidor, que viene hacia nosotros a disputarnos un trozo de pan, un poco de nuestra particular felicidad y miopía, el mísero espacio en que la sociedad de consumo nos permite sobrevivir como modernos esclavos, que cada uno de ellos, sobre todo si no poseen nuestro color de piel, si hablan lenguajes extraños para nuestros oídos escasos de entendimiento, son –en definitiva- nuestros enemigos, lo que terminamos -muchas veces- creyendo.

 

            Y ello implica la principal derrota que el capitalismo ha logrado asestarnos. 

 

            Pues, ocurre que cada vez que nosotros, sin darnos el trabajo de pensar, aceptamos dicho predicamento, de raíz y origen fascista, cada vez que usamos los escasos medios que está obligado a proveernos la sociedad de consumo para mantenernos ocupados apoyando dichas conductas, no rebatiéndolas, cada vez que nos negamos a solidarizar con aquellos explotados igual que nosotros, que deben huir de su país para satisfacer la necesidad vital de seguir vivos, estamos aceptando la derrota de nuestros idearios, una derrota vergonzosa pues nos entregamos sin luchar, sin debatir, sin alzar la voz, sin protestar, al discurso de aborregamiento  que el sistema  de explotación tiene preparado para nosotros desde el principio del mundo.

 

            Pues bien, yo quiero proponer -como signo positivo y esperanzador- el reconocernos en dicha “derrota”. Ello, por cuanto es en la derrota cuando se afina el espíritu de los individuos y las naciones. Es en medio de la batalla  por la vida cuando surge la luz que nos ha de permitir no solo la sobrevivencia, sino el triunfo.  Surge de ella el pensamiento eficaz para resolver los problemas que en medio del exitismo, en medio de la farándula diaria no habíamos considerado. Es en medio del dolor cuando descubrimos la solidaridad y cuando osamos mirarnos a los ojos, descubriendo  que somos todos iguales, no importa la nacionalidad, el color de la piel, el sexo que profesemos, las ideas políticas o filosóficas que nos diferencien.  Es decir, en tanto iguales, todos recogeremos las mismas consecuencias si destruimos el planeta, si nos olvidamos de la solidaridad que le debemos al más necesitado, si abandonamos el sentido común para resolver nuestras diferencias.

 

            Es decir, si perdemos el miedo que nos separa, y que se basa-esencialmente- en lo que algunos sectores interesados en dividirnos proclaman como verdades absolutas.

 

            Pues no existen las “verdades absolutas”. Nunca la verdad ha sido absoluta. De hecho, nosotros los comunistas no poseemos la “verdad”  y ni siquiera queremos ser  o que se nos conozca como dueños de la verdad. Al contrario: queremos participar en la construcción de la verdad. Entre otras razones, porque no somos enemigos sino de los que se oponen a la vida. A la vida plena de los individuos, aquella que nos permita gozar de iguales derechos sin otra condicionante que haber nacido de mujer. Que sin importar el apellido, la raza, la religión, la capacidad económica de nuestras familias se nos permita acceder a la salud, a la educación, a  un trabajo digno y una vejez que se transforme en premio luego de una vida de trabajo entregado a la sociedad y a la familia. En ello creemos y a hacer realidad esa creencia hemos sido llamados.

 

            Aquellos que no aceptan que los demás puedan gozar del privilegio de trabajar y de hacer llegar sin sobresaltos el pan a la mesa de sus hijos, quisieron, en un momento negro de nuestra historia, coartar no solo al derecho al pan, obtenido a través de nuestro honesto trabajo, sino también, quisieron –y lo lograron por largos instantes, quitarnos el derecho a la libertad, a la vida, a tener una familia, que es la que en definitiva constituye “nuestra  patria”. Fuimos considerados “peligrosos” para la sociedad que habíamos, con singular esfuerzo, ayudado a construir porque creímos en una patria de derechos, democrática y buena para todos. Y ese sueño no ha muerto. Testimonian su vigor y el rigor de nuestra causa los innumerables enemigos que buscan en cada gesto nuestro, en cada palabra, en cada acción de nuestro colectivo, una razón para acusarnos y tratar de revolcarnos en el mismo lodo en que ellos se revuelcan.

 

            Mas no lo conseguirán. Lo que no consiguieron con las fuerzas de las armas y la tortura, con las leyes de impunidad que auto dictaron en su favor para burlar la justicia de los burgueses no lo conseguirán con componendas, halagos ni compromisos extraños a nuestro quehacer. Para nosotros, los comunistas, la honestidad de nuestra relación con la clase obrera y el pueblo es, ha sido y será siempre lo primero, Nuestro compromiso con los pobres de la ciudad y el campo, con aquellos que carecen de voz, con los ninguneados por la sociedad de consumo, con los excluidos y segregados, con los perseguidos solo por una razón de raza, color, condición genética o situación de cuna.

 

            Cada uno de ellos es el tema principal de nuestra agenda, Quien así no lo entienda no está llamado a formar filas en este partido.

 

            Y por supuesto, para lograr que la historia transforme en triunfo la presente derrota, haremos los mayores y mejores esfuerzos para lograr la unidad con todos aquellos que se opongan hoy al sistema criminal y odioso que nos gobierna y que intenta posicionarse del mundo para seguir llenando sus bóvedas con las riquezas que nos han robado en decenas o cientos de años de explotación.

 

Chiloé, en medio del año decisivo.  EL AÑO DE LA UNIDAD, LA NECESARIA Y OBLIGADA UNIDAD DE LOS QUE AUN SOÑAMOS.