Compartir :

No es ninguna coincidencia que en la actualidad en Chile estemos viviendo una rotunda crisis existencial en la forma en cómo nos relacionamos entre nosotros y con el medioambiente, proyectado en aquellos que deben tomar decisiones, con el riesgo latente que en un momento dado por la ambigüedad del discurso, el país se vea envuelto en una mega crisis en el próximo decenio, que indudablemente se nos saldría de las manos como sociedad, que nos llevarían a estándares de vida incalificables.


Por Andrés Gillmore

En los años noventa el gran salto que se dio en materia de gobernabilidad, fue que se entendió que el desarrollo de la política no podía ir sin una visión económicamente viable y que la economía debía sustentar la forma de hacer política y organizar la toma de decisiones. Ese cambio de paradigma en la forma de evaluar y proyectar la forma de hacer política, introdujo un cambio sustancial en las estrategias de desarrollo y Chile se vio beneficiado ante esta nueva visión al abrir las puertas a los capitales extranjeros y muy especialmente los dedicados a la explotación de los recursos naturales.

El enfoque económico tradicional siempre ha sido dominado por la eficiencia económica y en las universidades se enseña básicamente el arte de invertir poco y ganar mucho y buscar los resquicios legales que permitan ahorrar lo máximo posible y sin importar si alguien sale perjudicado y aumentar los beneficios y con ello se ha confundido crecimiento con desarrollo, que no son lo mismo. Crecer es cuando a las empresas les va bien y desarrollo es cuando las ganancias de ese crecimiento es traspasado por las empresas a sus trabajadores y la sociedad. Sin embargo, desde la perspectiva ambiental que abarca una amplia gama de temas como los políticos, éticos, culturales, sociales, económicos y muchas veces históricos, han hecho que en la actualidad ante el nuevo contexto mundial en términos energéticos y climáticos, se este revisando el enfoque económico convencional para incorporar la equidad y la calidad ambiental como base de sustentación del nuevo paradigma de desarrollo y darle valor económico al cuidado ambiental.

En lo que a criterios ambientales se refiere, con la perspectiva del cambio de siglo y las tremendas limitaciones del análisis económico convencional y particularmente en los análisis de costo- beneficio en lo que a sustentabilidad se refiere, en la actualidad se esta cuestionando los fundamentos de los enfoques convencionales para introducirnos en la valoración de los recursos naturales, con la proyección que nos entrega la equidad social, ante los serios perjuicios ambientales que se generan al no prestar atención al tema ecológico y sobre todo si se considera como corresponde el cambio climático, el calentamiento global y el desgaste de años de explotación extractivista.

En lo que a desarrollo sustentable se refiere, el tema se ha estado transformando en una gran controversia, ante la asignación de valor de los bienes y servicios ambientales, donde la economía tradicional debe entender que la protección y la defensa del medio ambiente es fundamental si se quiere crear sustentabilidad social para las comunidades y los territorios y que en la actualidad no puede existir sustentabilidad social sin la ambiental y ambas son parte de un todo general que en Chile no se esta tomando en cuenta como corresponde.

No es ninguna coincidencia que en la actualidad en Chile estemos viviendo una rotunda crisis existencial en la forma en cómo nos relacionamos entre nosotros y con el medioambiente, proyectado en aquellos que deben tomar decisiones, con el riesgo latente que en un momento dado por la ambigüedad del discurso, el país se vea envuelto en una mega crisis en el próximo decenio, que indudablemente se nos saldría de las manos como sociedad, que nos llevarían a estándares de vida incalificables. A los días de hoy se han desarrollado estrategias para anticipar los diferentes escenarios productivos, sociales y ambientales y esta más que claro que las decisiones estan en nuestras manos y sobre todo la responsabilidad de elegir hacia dónde queremos ir y cómo queremos ir, para no impulsar una guerra empresarial por los recursos naturales como es lo que se avizora en la actualidad en muchos de los territorios regionales y tengamos que sobrellevar al mismo tiempo una implosión de la economía mundial que nos haría trizas como país subdesarrollado que somos, con respuestas ante compromisos poco realistas ante los verdaderos desafíos que nos imponen el contexto actual y continúen prevaleciendo los intereses creados de las grandes transnacionales por sobre el de las comunidades y de la territorialidad existente que es cada día más precaria.

Diseñar un modelo de desarrollo alternativo al extractivismo (proceso de extracción de recursos naturales de la Tierra para vender en el mercado mundial. Sin embargo, como modelo de desarrollo no brinda las mejores condiciones de vida que promete, por no trabajar en colaboración con los programas existentes, lo que ocasiona consecuencias negativas en términos ambientales, sociales y políticos) con base en la denominación de origen es plenamente posible ir por la sustentabilidad, si se tiene la capacidad de entender el contexto actual. Pero; para que ello ocurra se requiere un cambio de actitud en la forma y en fondo en la determinación del conjunto de objetivos que nos determinemos como país y que en la actualidad no se ven en el gobierno de Sebastián Piñera y tampoco lo vimos en el gobierno pasado de Bachelet; sencillamente porque se ha gobernado con ideas del pasado en el mundo del futuro, donde el único horizonte en ambos gobiernos ha sido el crecer a como de lugar, sin importarle el futuro de sus decisiones, lo que es altamente peligroso para un país subdesarrollado como Chile y para el futuro de las comunidades rurales regionales.

 

Perfectamente podría apostarse por un diseño bajo en emisiones de carbono, con eficiencia en el uso de los recursos naturales y con la defensa de los territorios regionales. Eso en si mismo subiría sustancialmente el valor y el futuro económico-social del Chile que todos queremos. Si hacemos un análisis comparativo de la perspectiva actual de transformar el país en un territorio extractivista propuesto por este gobierno y lo comparamos por un desarrollo con perspectiva ambiental, es indudable que este último es el más adecuado. Para que eso ocurra se necesitan acciones concretas y el compromiso de entender la necesidad de desarrollar políticas que permitan ir por las reformas que fomenten inversiones con proyección de futuro y se deje definitivamente de lado el extractivismo que promueven las transnacionales extranjeras en los territorios regionales y proveer un marco jurídico eficaz y los incentivos de mercado para su creación.

Si tuviéramos Inversiones extranjeras preocupadas de la sustentabilidad en la territorialidad regional y la proyección de futuro de las comunidades, tal como lo hacen en sus países de origen, se abriría un gran abanico de posibilidades que permitirían impulsar procesos de reingeniería de negocios, infraestructura y de instituciones, que vayan de acuerdo con la denominación de origen de los territorios y que le entregarían un valor económico de gran potencialidad al futuro de todos y no solo al de unos pocos como ocurre en la actualidad. La reingeniería de los procesos económicos y productivos, debe tomar en cuenta el medio ambiente como referencia y tomarlo como base de sustentación en las políticas de desarrollo. Con ello se crearía una mayor y mejor participación de las comunidades, más y mejores empleos, el menor uso de energía sucia y posibilitaría una menor generación de desechos y con el tiempo establecería parámetros de reducción de pobreza de relevancia, generaría empleos con proyección de futuro en desarrollos más propios y de acuerdo con las ventajas comparativas que poseen los territorios regionales, mejorando el flujo de bienes y servicios de los ecosistemas y su relación con las comunidades.

Los recursos ambientales deben ser conservados para la sustentación de las futuras generaciones, entendiendo que la norma de poseer un capital constante es parte de un desarrollo con proyección de futuro, apoyando una economía que tome en cuenta en forma seria, profesional y responsable el estudio de las capacidades de carga de los territorios en su real dimensión y perspectiva. Los economistas ecológicos basan su postura, en que los requerimientos de los ecosistemas deben ser entendidos en forma sistémica ante las necesidades de los individuos, para que los derechos colectivos esten en relación directa con la sobrevivencia del sistema y el bienestar de las generaciones futuras. Tema que en la actualidad no es analizado como corresponde en nuestro querido y amado Chile.

La norma de un capital constante es relevante y importantísimo para obtener un desarrollo sustentable y con equidad social y ambiental, ante la transferencia de los activos a través del tiempo, que en Chile normalmente no s hace como corresponde. El argumento ético afirma que las generaciones futuras tienen el derecho a recibir su herencia social y ambiental que les corresponde y el suficiente de capital natural para generar por sí mismo un nivel de bienestar que no sea inferior a los de la generación presente (sustentabilidad), entendiendo que las generaciones futuras deben tener a disposición las mismas oportunidades que tienen las actuales y en coherencia con los objetivos trazados, para mejorar el bienestar de la población menos favorecida, sin que se vean afectadas las oportunidades de las generaciones futuras.