Compartir :

la práctica de la violencia obstétrica ejercida por las instituciones -y los profesionales institucionales- sobre nuestros cuerpos y nuestras emociones es una tortura…

Por Constanza Andrade

En septiembre del año pasado las mujeres de Chile celebramos. La ley por tres causales de aborto entró en vigencia y compartimos decenas de imágenes en redes sociales, salimos a marchar con la guata escrita y aplaudimos de pie el triunfo del avance en derechos que tanto nos ha constado obtener. Porque siglos de lucha obrera y feminista no podían quedar diezmados ante tanto jolgorio que nos provoco superar el medioevo político de este país, gritamos eufóricas y furiosas que por fin decíamos… al menos por tres causales.

Pero la vida no es tan colorida cuando una es medio amargada y no esta acostumbrada a las fiestas triunfales, por eso; las siguientes líneas que leerán a continuación no harán felices a todos los que celebramos en septiembre pasado, porque lo que viene constituye una generalización y, no es necesariamente una regla en todos los hospitales de nuestro país. Y, es que en medio de estas celebraciones y textos de Facebook se me vinieron a la cabeza imágenes flash y frases sueltas que me recordaban nuevamente lo duro que es ser mujer en el mundo, todo lo malo que puede nacer de las personas y lo frágil que se torna la existencia cuando las expectativas se truncan. Hoy, las mujeres podemos pedir un aborto si presentamos algunas de las tristes causales y seremos acogidas por un equipo multidisciplinario que nos ayudara a sortear el evento tanto física como emocionalmente… pero las imágenes y frases vuelven a mi cabeza y algo me dice dentro que nos saltamos un paso.

El 7 de marzo del 2017, un día antes de la conmemoración del día de la mujer, todo el equipo del Observatorio de Violencia Obstétrica (OVO) y la Coordinadora por los Derechos del nacimiento se fregaban las manos esperando el anuncio del proyecto de ley que sanciona todo acto del maltrato hacia las mujeres en el contexto de la atención gineco-obstetra, en cual seria anunciado al día siguiente en medio de los actos del gobierno por el mencionado aniversario. Pero ese día algo sucedió y, es que el lobby gremial de las matronas muñequeo a los senadores a cargo del respaldo del proyecto con la cochina jugada de bajar su apoyo a la ley de aborto si es que este proyecto se presentaba. No se podía perder una de las mas grandes promesas de campaña, así que la iniciativa en cuestión reposo en los escritorios de R. Lagos Weber y Carolina Goic hasta diciembre de 2017(1).

No dudo ni por un segundo que en muchas de las salas de maternidad de los hospitales y las consultas de médicos y matronas se trate con completa dignidad a sus usuarias y/o pacientes, que esas mujeres que acceden a estas sientan la tranquilidad de parir, ser examinadas o decidan someterse a un aborto con profesionales amorosos que comprendan la situación particular a la que se someten. Pero la realidad es que la practica de la violencia obstétrica ejercida por las instituciones -y los profesionales institucionales- sobre nuestros cuerpos y nuestras emociones es una tortura. Y no lo digo yo, lo dice el INDH en su resumen anual del año 2016(2). Quizás el estado deshumanizado más evidente de estas prácticas se vea más nítidamente en las salas de partos de los hospitales públicos en donde se aíslan a las parturientas, se les revisa una y otra ves sin permiso, se le niega el alimento y la bebida para finalmente ser mutiladas sin anestesia ni permiso por frías tijeras antes los ojos de -a veces- muchos seres desconocidos. Pero hay más dimensiones; están aquellas mujeres, adolescentes o de la edad de nuestras madres, que se les mira con reojo culpable cuando deben responder en la pregunta de su ginecólogo sobre cuantas parejas sexuales han tenido, se les pide autorización por escrito al esposo para poder esterilizarse o se les cuestiona el número de su prole.

Es que, las imágenes flash de verme acostada y amarrada a una cama incomoda de hospital, pujando para sacar a mi hija delante de las visitas de mis vecinas de cama o las mentiras sobre la ubicación de mi compañero mientras pedía de favor verlo, me han hecho dudar de ciertas personas que levantaron los puños y pañuelos como actos de celebración. Es que, el hecho de tener a un 92% de mujeres-hermanas aceptando haber sido víctima de violencia obstétrica(3) me ha generado la molesta sensación que alguien no está siendo coherente en materia discursiva. Y todo esto me pone en la terrible necesidad de recordar que no basta con lo que hay, que es necesario hacer más por nosotras pero necesitamos hacerlo bien y en orden lógico, porque mientras 111 compañeras(4) han podido optar por su legitimo derecho a decidir sobre sus cuerpos en los últimos seis meses, hay otras – de distintas edades, escolaridad y acceso a información- obligadas a sufrir maltrato innecesario, que han entrado a clínicas y hospitales cargadas de anhelos y expectativas de lo que, parecía, ser el mejor día de sus vidas, pero que han salido de esos recintos con pesadillas recurrentes, citaciones a psicólogo, rechazo por sus hijos, dolores físicos que pueden durar años y, a veces, los brazos vacíos.

Notas:

1.- http://radio.uchile.cl/2017/01/24/exigen-aprobacion-de-proyecto-de-ley-que-reconoce-la-violencia-obstetrica/

2.- http://bibliotecadigital.indh.cl/handle/123456789/999

3.- http://radio.udechile.cl/2014/10/06/violencia-obstetrica-la-herida-invisible-del-parto/

4.- Publicado en La Tercera, lunes 2 de abril de 2018.

Foto: Julio Baeza