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Por Mario Contreras Vega

 

Es casi un cliché expresar que vivimos tiempos difíciles, complicados, con caminos que no terminamos de avizorar respecto del futuro, no solo personal y familiar, sino de la sociedad tal como hoy la conocemos. Sería latoso y poco productivo que trate de sintetizar y repetir las circunstancias que nos llevaron a la posición de debilidad en que hoy nos encontramos en medio de una aldea globalizada, en la que por nuestra propia conducta, asumiendo que por nuestra incapacidad como seres humanos de dotar de sentido a nuestras propuestas de gobernabilidad también debemos asumir los costos del descalabro mundial que está trastrocando los valores y las reglas que hasta hace poco a casi todos nos regían. Ya nada es como era ni nada volverá a ser lo mismo. Estamos en plena batalla del Armagedón, luchando desesperadamente por nuestras vidas y abandonando a su suerte en muchos casos a los sectores más desvalidos, niños, mujeres embarazadas, ancianos, que hasta hace pocos días eran el justificativo de nuestra construcción como familias, el acicate que nos energizaba para aportar desde nuestra esfera personal, los mecanismos de satisfacción de sus intereses más preciados. Alimentación adecuada, techo digno, educación al alcance de todos, salud digna y gratuita, trabajo asegurado al egresar de los planteles educacionales, además de leyes sociales que resguarden nuestra vejez, y la necesaria y obligatoria recreación de nuestros tiempos libres si creemos que como seres humanos tenemos derecho a vivir en plenitud nuestras vidas. Sin embargo, en los escasos días pasados desde el 18 de octubre a esta fecha, el golpe dado sobre el rostro de la humanidad ha sido tan fuerte que nos ha descolocado un largo instante, momento que han aprovechado aquellos que, aun en la desgracia y el caos, buscan medrar a favor de su supuesto futuro, intentando quitarnos la única cualidad que nos hacía y nos hace diferentes a las bestias, esto es, la conciencia de ser seres sociales por naturaleza, acostumbrados desde los albores de nuestra existencia a cuidar de los más débiles, a prestar atención a aquellos que no llegan al mundo provistos de las mejores condiciones de la naturaleza para usufructuar en plenitud de los bienes que ella misma nos ofrece, los que con triquiñuelas melosas, chovinistas y patrioteras, nos llaman a cerrar nuestros espacios vitales sin permitir que seres humanos como nosotros mismos reciban los escasos beneficios de la salud y la atención y cuidado que todo ser humano merece, aún el más odiado enemigo, cuando es la soledad, el abandono, la carencia de medios o la enfermedad la que hace presa de él. Ello me lleva a concluir que muchos no hemos logrado alcanzar el estadio de desarrollo necesario que nos permita a nosotros mismos sentirnos humanos, en la integridad del ejercicio que tal rasgo nos impone. No estamos maduros ni alcanzaremos tal grado de plenitud mientras no seamos capaces de echar fuera de nuestras conciencias el miedo, sembrado subrepticiamente por las fuerzas del mal en nuestras pequeñas conciencias, por las fuerzas oscuras del egoísmo que promueve el individualismo, miedos programados desde las altas esferas de poder que gobierna el mundo y que descubrió hace mucho tiempo que aquellos que marchan y actúan unidos son indestructibles pero basta con que se nos divida y se rasguñe levemente en nuestras debilidades para que nos transformemos en bestias, en seres humanos transformados en masa, en lumpen manejable por aquellos que –vía los medios de comunicación, vía la exacerbación social- nos transforma en enemigos o por lo menos en seres indiferentes ante el dolor de los demás. Todo ello, desde luego, obedece a la esencial lección que debemos aprender de estos días difíciles. Nos ha fallado la convicción, el convencimiento de que las ideas de una sociedad más democrática y –por lo tanto- más justa para todos no está del todo enquistada en nuestra sangre, en nuestros cerebros y en nuestro diario quehacer, y que mucha de la gritería que hoy se escucha abogando por el fin del modelo capitalista e inhumano que nos rige es solo eso: gritería vacua y sin sentido, pues, si no todos, al menos muchos de los que marchan, combaten y gritan por un país de iguales más temprano que tarde harán lo mismo que ya hizo una vez gran parte del pueblo que se vio ampliamente favorecido por el gobierno de Allende, a la hora de las dificultades, volverá a salir a las calles para que se cumpla, impasible, su segunda derrota.

 

Fundo Coihuín, Marzo 21 de 2020

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