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Sebastián Medina Gay, MD, MSc, PhD© CES Universidad de Coímbra.

Mail: sebamedi@gmail.com

¿Recuerdan una serie de animación infantil francesa llamada “Érase una vez el Cuerpo Humano” que emitieron en la televisión chilena en tiempos de la dictadura? En esta serie pedagógica el sistema inmunológico humano era mostrado como un ejército de células antropomorfas especializadas en detener distintos tipos de invasiones. Yo tenía como 10 años cuando veía allí los glóbulos blancos, dibujados como gordos policías, luma en mano, golpeando y engullendo violentamente a una serie de microorganismos infecciosos que aparecían como malvados personajes.i La semana pasada, más de veinte años después, estaba con reposo en cama por un penoso estado de fiebre y diarrea, ¡y no podía sacar de mi cabeza esos policías microscópicos haciendo su represor trabajo dentro de mi intestino! La imagen metafórica de una guerra intra-visceral explicaba gran parte de lo que estaba sintiendo: la fiebre y la diarrea eran “mecanismos de defensa” del cuerpo, o quizás, “daños colaterales” de la batalla en curso. Integrada por completo a mi experiencia de enfermedad, la metáfora bélica se había transformado en una realidad vivida (“embodied” o “encarnada” describirá la Antropología Médica). Mi cuerpo era un verdadero campo de batalla entre ejércitos diminutos que seguramente ignoraban mi presencia, pero de cuyos resultados dependía mi existencia futura. Por esas coincidencias que suelen ocurrir cuando uno le está dando vueltas obsesivamente a un tema, durante la semana siguiente me encontré en el diario una entrevista a un premiado científico español donde explicaba que “las células del cáncer eran los terroristas del organismo” ya que proliferaban en exceso, “actuando como delincuentes” al dañar al resto de las células normales del cuerpo”. Fue la gota que rebalsó este vaso de ideas que hace semanas intentaba escribir.

Una de las cuestiones que me parecen más destacables de metáforas como las anteriores es que colocan dentro de nuestro cuerpo relaciones de poder propias del (dis)funcionamiento social. Es por eso que son esencialmente “metáforas”, porque fuerzan una analogía entre el cuerpo humano y el comportamiento de los estados-nación contemporáneos, con toda su maquinaria represiva a cuestas. La otra cuestión que me parece relevante, es que estos discursos se han difundido persistentemente dentro de los medios masivos de comunicación, siendo ya a esta altura, ampliamente utilizadas en nuestros discursos comunes y experiencias de enfermedad, como lo intenté destacar en la entrega anterior a propósito de la típica frase “me bajaron las defensas” y otras formas belicosas de referirnos hacia las enfermedades.ii Ya adelanté que en mi opinión esto no es producto del azar, ni menos una consecuencia de la alta capacidad heurística de la metáfora de la guerra, es decir, que realmente nos ayude a comprender mejor lo que está ocurriendo dentro de nuestro cuerpo cuando nos enfermamos. Más bien las metáforas bélicas de la enfermedad son productos de una historia de estabilización de ciertos discursos sociales hegemónicos dentro de nuestra corporalidad. Algo de eso también mencioné en la entrega anterior, hoy sin embargo ─ya sin fiebre, acaso “victorioso” de una batalla visceral en la cual “la agüita de palguín” (Buddleja globosa) tuvo un rol determinante─ quiero extenderme en algunos antecedentes históricos y consecuencias actuales de estas metáforas.

Gran parte de los modelos actuales para explicar la enfermedad sencillamente no existían dentro de las formas clásicas de la medicina. Para varios autores que han analizado estos procesos socio-históricos, como por ejemplo M. Foucault (1966), no es cierto que exista una real continuidad conceptual entre los reconocidos grandes próceres de la antigüedad médica (los “padres de la medicina” como Hipócrates, Galeno o Avicena), y las actuales formas de comprensión y “enfrentamiento” a las enfermedades por parte de la medicina moderna. Es necesario aquí recalcar que el establecimiento del sistema-mundo-moderno en el cual hoy vivimos, y toda su matriz capitalista, patriarcal y colonial sobre la que se sostiene, fue una verdadera revolución en todos los ámbitos de las estructuras sociales y formas de producción de la subjetividad, transformando también obviamente a la práctica de la medicina. ¡Imaginen, solo por unos segundos, a Hipócrates (460 A.C.) caminando largas horas por las arenas blancas de su Isla de Cos junto a uno de sus pacientes!iii En una entretenida conversación el viejo médico intentaría comprender cómo la totalidad de la vida del paciente está generando su enfermedad y, luego de haber reflexionado largamente sobre su posible diagnóstico, le sugeriría a su paciente un tratamiento de caminatas a pie descalzo y observación atenta de la naturaleza, quizás incluso cerraría la conversación explicando su concepción de la “vis natura medicatrix” iv. ¡Se les ocurre algo más alejado de lo que hoy vemos dentro de un box de consulta médica (tanto privada como pública)! La caricatura anterior me sirve para destacar que la medicina moderna es radicalmente más agresiva en su entendimiento y acción de lo que era antiguamente, y por supuesto, también es más agresiva de lo que son otras tradiciones médicas muy vigentes hasta el día hoy (como la Medicina China, Ayurveda y/o la Medicina Mapuche, solo por nombrar algunas).

Lo anterior es porque los modelos de entendimiento y acción de la medicina moderna, están estrechamente ligados a las estructuras de poder (institucionales obviamente, pero además conceptuales y subjetivas) que se estabilizaron con la conformación del sistema-mundo-moderno. Para autores críticos como A. Quijano e I. Wallerstein (1992) este sería un periodo histórico originado mucho antes de las famosas revoluciones tecnológicas y comunicacionales, antes del renacimiento, e incluso antes que la industrialización europea. Habría sido realmente el acto de violencia fundante del periodo de conquista y colonización del territorio de Abya Yala (la futura “América”) el que habría inaugurado el patrón de acumulación global asimétrico de recursos por el cual los grandes imperios europeos se enriquecieron, posibilitando las condiciones materiales y cognitivas para sus revoluciones industriales, culturales y científicas ya entronizadas como el “centro del mundo”. Durante el mal llamado “descubrimiento de América” (recordemos estos territorios ya estaban habitados, por lo que fue un periodo de genocidios y despojos de todo los tipos imaginables) se crea e impone un nuevo tipo de clasificación racial/étnica donde el europeo-blanco detenta las banderas de la civilización y el otro-indígena se transforma en salvaje, incivilizado, más por enemigo que por diferente. Este patrón de poder colonial ─denominado por Quijano como la “colonialidad del poder”─ sería el lado oscuro del sistema-mundo-moderno ya que no suele observarse como un antecedente relevante a la hora de comprender cómo opera el mundo de hoy; todo ese sufrimiento, esta violencia originaria, parece haberse borrado exprofeso de la historia de las cosas. Para Gandhi (1869-1948) ─uno de los más destacados representantes de la “desobediencia civil no violenta”─ este periodo traumático colonial habría generado una forma civilizatoria donde el humano se comienza a alejar inexorablemente de los otros y de la misma naturaleza:

“El hombre moderno se volvió abstracto y vacío, no se relaciona interna o estructuralmente con los otros y sus relaciones con ellos no se basan en sentimientos de compañerismo y buena voluntad (…) Una sociedad de seres extraños dominada por el miedo, hostilidad y la tensión (…) Es por eso que la civilización moderna se apoya en, y es protegida por, la violencia (contra los otros, contra los animales y contra el ambiente)” (citado en Xaba, 2004, p. 321).

Esa distancia tensa en que nos hemos criado, y que imagino como un alto muro de contención que nos impide siquiera ver que hay “más allá” de nuestro perímetro de seguridad, no solo se sigue expresando hoy a través de las distintas formas de despojo territorial, intelectual y de la biodiversidad del mundo por parte de las elites que detentan el poder mundial y nacional, sino que también tiene, a mi juicio, una concreción en los modelos de comprensión de la realidad que nos rodea. El ímpetu belicoso de gran parte de la medicina moderna sería, en ese sentido, un reflejo de las violentas formas de comprensión y acción que el sistema-mundo-moderno históricamente ha (re)producido.

Las implicaciones de este ordenamiento están a la orden del día: nos sentimos constantemente en “riesgo” de ser atacados por innumerables organismos y otras causas externas (que apenas conocemos en tantos enemigos de nuestra integridad física o mental), además de un número cada vez más grande de fallos internos (entendidos como “sabotajes terroristas” de nuestro propio cuerpo). La terapéutica de la medicina moderna, por su parte, deberá ser agresivamente activa, interviniendo de forma rápida y eficaz ─y estos dos principios militares son los que primarán a la hora de evaluar como éxito o fracaso determinada acción. Lo anterior quizás suene como las estereotipadas críticas anti-medicalización que se levantaron durante las décadas de los 1960 y 1970v. Sin embargo no es para nada esa mi idea, ya que no creo que la medicina moderna se encuentre clausurada en sus posibilidades de desarrollo ni que tampoco tenga una direccionalidad única. Los beneficios sociales del desarrollo tecno-médico contemporáneo a esta altura me parecen indiscutibles, pero como en todo proceso social, dentro de ella hay relaciones de poder-saber que se crean, estabilizan y también otras que se pierden. La diversidad de territorios socio-ambientales dónde la medicina moderna hoy se ha extendido la fuerzan constantemente a interactuar con un número creciente de problemáticas de salud colectiva de imposible comprensión y pobre resolución con los modelos explicativos anteriores (acá pienso, por ejemplo, en la escasa capacidad para entender y actuar globalmente sobre la “epidemia de las enfermedades crónicas”). A lo anterior se suma la legitimidad antes poco discutida de determinadas concepciones y acciones médicas que hoy son puestas en tela de juicio ciudadano (por ejemplo, sobre el uso intensivo de antibióticos tanto en humanos como en animales, o la controversia sobre las vacunas obligatorias). Así también, se debe sopesar las distintas formas de interacción con una diversidad de otras tradiciones médicas que han generado transformaciones, reacomodos, y negociaciones muchas veces silenciosas sobre sus prácticas habituales (es relevante aquí mencionar, por ejemplo, que gran parte de los “terapeutas alternativos” en Chile son también profesionales formados en las ciencias de la medicina moderna). Me parece evidente que hay “otras metáforas sobre la salud y enfermedad” que hoy están siendo creadas, rescatadas y apropiadas desde distintos contextos. Algunas de ellas seguramente serán capaces de transformar las actuales prisiones conceptuales de la medicina para crear futuros alternativos de comprensión y acción sobre el mundo que nos rodea. De estas metáforas no-bélicas y sus posibilidades me encargaré en la siguiente y última entrega.

 

Foucault, M. (1966). El nacimiento de la clínica: una arqueología de la mirada médica (F. Perujo, Trad.). México: Siglo XXI.

Quijano, A. y Wallerstein, I. (1992). Americanity as a Concept or the Americas in the modern world-system. International Social Science Journal, 134(Nov), 549-557.

Xaba, T. (2004). Prática médica marginalizada: a marginalização e transformação das medicinas indígenas na África do Sul. En Boaventura de Sousa Santos (Ed.), Semear Outras Soluções : Os Caminhos da Biodiversidade e dos conhecimentos rivais (pp. 319-356). Porto: Afrontamento.

 

 

 

i Para quienes nunca la vieron, en el siguiente link encontré el capítulo de la serie animada: https://www.youtube.com/watch?v=zYyocgfnbuQ

iv Expresión latina que puede ser traducida como “la fuerza curativa de la naturaleza”, y que implicaba toda una serie de recomendaciones terapéuticas con esa orientación.

v Como por ejemplo, en el ya clásico Némesis Médica: la expropiación de la salud de I.Illich (1975).