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Por Debora Haase

Desde que el Coronavirus fue declarado por la OMS como pandemia y se registraron los primeros casos en América Latina hasta llegar a Chile a comienzos de marzo, se inició un proceso de asimilación tardío en la población sobre lo que realmente estaba ocurriendo en el mundo respecto a esta crisis sanitaria. Quizás, esto se produce después de presenciar en reiteradas ocasiones la ineptitud de nuestras autoridades cuando nos hemos enfrentado a alguna emergencia, ya sea, a nivel regional o nacional. Provocando que la incredulidad tome posición en los momentos menos óptimos, como es en este caso, la propagación del virus. 

 

A pesar de que el porcentaje de mortalidad del virus no es alto, este se caracteriza por tener una rápida velocidad de propagación, tal como ocurrió con la gran pandemia de gripe en 1918. Por lo tanto, es de suma urgencia tomar todas las medidas de precaución posibles para disminuir la curva de los contagios. Algunos hablan aún de que esto de la cuarentena es una exageración, pero claro si tenemos según el ministro de salud Jaime Mañalich, uno de los mejores y más eficientes sistema de salud del mundo.

 

 Si esto fuera así, realmente no me preocuparía, pero lamentablemente, sabemos que esa declaración es poco honesta, ya que, antes de la llegada del COVID-19 el sistema de salud del país ya dejaba bastante que desear. Solo basta recordar cuando el informe epidemiológico realizado por el ministerio de salud, daba cuenta de que durante el año 2018 hubo un total de casi 26 mil fallecidos en lista de espera, 1062 de estos casos correspondían a personas que integraban la lista Auge. A esto se suma la denunciada falta de insumos en los distintos servicios de salud pública del país, producto del insuficiente presupuesto que se invierte en esta cartera.  

 

Salud, ¿un derecho básico verdad?, ya vimos todos como la primera medida de este gobierno frente al Coronavirus fue anunciar el precio que tendría el examen para quienes necesiten conocer si tienen el virus o no. A mí me parece gravísimo, no es posible que una vez más el dinero prime, sobre todo, realmente todo. La salud al carajo, la vida de nuestros ancianos al carajo y así. 

 

No solo fue fijar primero el precio del examen, luego continuaron actuando de forma tardía, siendo que ya se había conocido la experiencia de otros países como Francia, Italia, España, etc. Pudiendo adelantarse y crear un plan de acción acorde a la crisis sanitaria. Está claro que no basta con decir “los que puedan quédense en su casa”, la clase trabajadora, los comerciantes independientes, mineros, quienes atienden multitiendas, etc. No pueden darse este lujo, hay que pagar el pan, hay que pagar las cuentas, el arriendo, los medicamentos y así podría hacer una larga lista. ¿Injusto?, lo es, nuevamente volvemos hablar de la desigualdad, esa que tan bien nos posiciona en los primeros lugares en los rankings a nivel mundial. Si las autoridades de este gobierno, desde el primer momento hubiesen considerado la importancia de esta situación y el resguardo por la vida y seguridad de la población, otro hubiese sido el plan de acción, pero aquí no acostumbramos a tener planes, la improvisación es ya un sello característico de este nefasto gobierno.

 

Espero que, en las próximas semanas, el caos no sea lo que predomine, tampoco el individualismo y ese vergonzoso egoísmo muy bien reflejado en los acaparadores de papel higiénico que corrieron al supermercado, pensando que, con más metros para limpiarse su engreído trasero, sus vidas no corren riesgo. También anhelo que se acaben los “que me importa a mí”, “no es tan grave”, “no estoy ni ahí, salgo igual”. Más bien, invito a solidarizar y comprender que esto nos incluye a todas y todos. Además, la tierra lo está agradeciendo, finalmente le estamos dando un respiro.