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Por Dante Montiel Vera, Historiador

La recuperación de la memoria histórica está remeciendo a Chile, este es el caso de la participación de chilenos en la guerrilla boliviana. Aquellos días eran de la ampliación del socialismo en el mundo, momentos de liberación nacional de algunos países, del inicio de la construcción del Estado-nación en numerosas ex colonias, del apogeo del movimiento obrero. Fue el período de la guerra fría, del conflicto vietnamita, de la cuestión palestina, de la guerra contrarrevolucionaria. Fue también el momento de la discusión de la teoría de la dependencia, del pensamiento de la CEPAL, de la teología de la liberación, del nacionalismo de izquierda y la revitalización del marxismo, del impacto de la revolución cubana y su solidaridad con los pueblos en lucha, de la apertura de focos guerrilleros en la región. En Chile, las sucesivas derrotas de la izquierda, la manipulación electoral, la reaparición del nacionalismo-autoritario, la politización que comenzaba en las fuerzas armadas, los actos represivos, llevaron a Tirso Montiel Martínez (“Pablo López”) a tomar la vía armada como muchos otros y la determinación de incorporarse a la guerrilla.

La decisión entonces tiene una explicación. No fue una decisión de carácter idealista; muy por el contrario, la osadía de internarse en el “monte” boliviano es más compleja, y participante de la convulsa historia de Latinoamérica en la segunda mitad del siglo XX. Fue testigo de las injusticias y desigualdades sociales. Se incorporó a un movimiento guerrillero para luchar por una transformación de la sociedad. Tirso no está entre nosotros, un 29 de agosto de 1970 perdió la vida en combate. Este artículo es un aporte que permite la recreación de una vida enmarcada en los sucesos de los años 60 en América.

Los años que transcurren entre 1959 y 1973 fueron un tiempo en que las injusticias en América se hicieron visibles, eran tiempos de cambios y la palabra rebelión se multiplicaba por todo el mundo. Los universitarios franceses se enfrentaron a las autoridades en la denominada “revolución de mayo”, para lograr transformaciones en educación y abolir las censuras, en Estados Unidos los jóvenes se negaban a ser reclutados para la guerra de Vietnam, los países africanos comenzaban a liberarse del colonialismo europeo. Años en que los jóvenes se encontraron con la revolución cubana que cambió sus vidas, fue el faro que impulsó alianzas internacionales y movimientos alternativos en Asia, África y América Latina. El socialismo se veía próximo, todo cambiaba: la política, la economía, la cultura, ningún área de América dejó de experimentar el embrujo revolucionario. En esos años la seguridad de los jóvenes en sí mismos era tal que estaban convencidos de cambiar el mundo, muchos se embarcaron en proyectos para cambiar la historia política. Desde el comienzo de la aventura guevarista en la década del 60, cientos de personas han combatido por las ideas revolucionarias en Latinoamérica, inspirados en la lucha internacionalista, pero fueron pocos los que estuvieron en alguna columna guevarista en la sierra boliviana, Tirso fue uno de ellos.

Pocos recuerdan la participación de un grupo de chilenos en el segundo intento guerrillero en Bolivia, a mediados de 1970. Se llamó la campaña de Teoponte y fue inspirada con el lema “Volvemos a la montaña”, que expresó Guido “Inti” Peredo, lugarteniente del “Che” que sobrevivió a la emboscada del ejército contra los guerrilleros en Ñancahuasú, en octubre de 1967. La muerte del “Che” no desalentó a sus seguidores, la guerrilla boliviana se reorganizó en torno al Ejército de Liberación Nacional (ELN), que fue integrado también por chilenos, uno de ellos fue Tirso Montiel. Para un marxista, para un revolucionario, para un socialista, el socialismo debe ser internacional, no puede haber socialismo de un solo país, se tiene necesariamente que extender al mundo. La alternativa era salir a empujar la revolución, lo que explica la participación de cientos de revolucionarios más allá de las fronteras de su patria, de héroes anónimos. Es la historia de los combatientes internacionalistas que prestaron sus servicios a la causa de la liberación, democracia, y progreso de otros países, como si se tratara del suyo propio. El internacionalismo es un profundo sentimiento hacia el pueblo, sin importar nacionalidades, sin importar fronteras. Era el tiempo en que las nacionalidades se esfumaban y la lucha armada era la única solución, era el tiempo en que había valor y valores. La patria es América, la patria no sólo es donde se nace, sino donde se está dispuesto a morir o vencer en la lucha contra el enemigo del pueblo, un revolucionario no es extranjero en ninguna parte.

Tirso nació en Castro (Chiloé), apodado cariñosamente como “yayo”, seudónimo que lo identificó. La enseñanza primaria lo realizó en el colegio de curas, luego en el Liceo, integrando un curso donde uno de sus compañeros fue Danilo Bartulín (médico de Allende), que entrecruzarían sus historias personales durante el proceso revolucionario chileno y latinoamericano. El fútbol era su gran pasión juvenil, participó como jugador del club deportivo “Arco Iris” y “Estrella del Sur” mientras estudiaba. Concluyó la Enseñanza Media en el Liceo de Hombres de Valdivia y en 1955 se presentó voluntariamente al Servicio Militar Obligatorio, se incorporó al Regimiento de Infantería Nº 14 “Caupolicán” en Valdivia, licenciándose en diciembre como Oficial de reserva.

Ingresó en 1956 a la “Escuela de Carabineros del General Carlos Ibáñez del Campo” en Santiago. Egresó como Subteniente y para la campaña política de 1958 de Salvador Allende dio a conocer su rabia e impotencia, al decir que usaron al cura Catapilco para impedir el triunfo de Allende que fue apoyado por el FRAP, pero sus palabras reflejaban algo más, había una evolución política. Destinado a la Quinta Comisaría de Concepción con el grado de Teniente de Carabineros, fue uno de los promotores de la institución Niño y Patria, se creó entonces el primer hogar en Chile para estos niños. Fue trasladado a la 9ª Comisaría de Santiago, luego a la Comisaría de Avenida Ecuador. Como Oficial rompía esquemas en carabineros y meditaba acerca de su permanencia. A fines de 1962 se retiró de Carabineros de Chile, dejando una importante obra social en el tema de la protección social de menores. Comenzó a trabajar en Santiago en el laboratorio Farmoquímica del Pacífico, siendo elegido presidente del Sindicato por dos períodos. Poco a poco el mundo de carabineros se difuminaba y adquiría una nueva dimensión el sindicalista. Participó en el “núcleo” del Partido Socialista de la Villa Olímpica.

La “nueva izquierda” influenciada por la revolución cubana tuvo gran acogida ideológica entre los jóvenes, quienes se sentían decepcionados de la política de izquierda tradicional, tras los fracasos presidenciales del 58 y del 64, pensaban que era el momento de conquistar el poder. Así, el militante Elmo Catalán viajó a Cuba a recibir entrenamiento paramilitar, a su regreso organiza el Ejército de Liberación Nacional (ELN) en Chile, y la misión era constituir una red de apoyo logístico al “Che” en su aventura guerrillera en Bolivia. Tirso comenzó a tener contactos y amistades con personas del mundo socialista que tenían propuestas para cambiar la sociedad, siendo invitado a participar de una nueva opción política. Una agrupación exclusiva y vanguardista, su nueva familia serían los “Elenos”.

El ELN de Bolivia fue una organización político-militar de tipo internacional, creada por el Comandante Ernesto “Che” Guevara para llevar la guerrilla revolucionaria al cono sur del continente americano. Su objetivo principal era desarrollar un foco guerrillero en las selvas de Bolivia, que sirviera como base operativa de la lucha armada de Sudamérica. El foco guerrillero se ubicó en las selvas de Ñancahuasú, y Chile es elegido para ser una vía de comunicación y apoyo en hombres y material al foco guerrillero boliviano. La sección chilena del ELN surge en Chile hacia 1966 y comienza en los momentos en que el “Ché” estaba en combate en Bolivia. El propio Guevara mandó a Chile a Tamara Bunker (la famosa “Tania”), la mensajera consigue estructurar un grupo de apoyo al contactar con el periodista Elmo Catalán afiliado al Partido Socialista Chileno (PSCh), este periodista revolucionario al escuchar los planes guevaristas decide impulsar sin ningún género de dudas la rama chilena del ELN. En una reunión mantenida con Arnoldo Camú, Tirso Montiel y Walterio Fierro deciden crear el Ejército de Liberación Nacional (ELN), era el año 1966 y poco más tarde se les unirían Paulina Weber, Félix Vargas, Eduardo Carvallo, Félix Huerta y Beatriz “Taty” Allende (hija del futuro presidente de la República Salvador Allende) entre otros. Los primeros militantes guerrilleros chilenos se alistarían para su entrenamiento militar en forma clandestina, su procedencia era en su mayoría del Partido Socialista que en aquella época se consideraban marxistas-leninistas.

A mediados de 1968 viajan con Inti Peredo a instrucción guerrillera en La Habana más de 20 revolucionarios chilenos al mando de Elmo Catalán. Tirso Montiel fue uno de los escogidos para viajar a Cuba. Se unió voluntariamente al grupo de “Ricardo” (Elmo). A partir de ese momento Tirso se transformó en “Pablo”, un combatiente con su “chapa” revolucionaria. Al despedirse de Chile utiliza su nombre de combate porque el antiguo quedó sepultado en el pasado. Su nuevo nombre o chapa: Pablo López García. Era el mes de septiembre de 1968. Lejos estaba el joven chilote, el exoficial de carabineros, el ex sindicalista, aparecía paulatinamente el guerrillero, el escalafón más alto de la escala humana, ahora irrumpía la patria grande: Latinoamérica.

El centro de entrenamiento guerrillero estaba localizado en Baracoa, provincia de Guantánamo, luego fueron trasladados al campamento militar de Punto Cero, el otro lugar de entrenamiento, aquí se preparaban los mejores combatientes latinoamericanos. En La Habana encontró a la mujer que le dio un vuelco a su vida en lo sentimental, en lo político, en lo familiar, su compañera cubana, Georgina Miranda Padrón. Ella era bibliotecóloga, académica, pertenecía a un círculo intelectual relevante, muchos escritores, artistas, poetas, músicos, se vinculaban con ella y su familia, y era conocida entre sus amistades como “Yoya”. Pablo integró ese hogar cubano.

Eran la prolongación de la revolución en América y debían cumplir como guerrilleros. Pablo se marchó de la Habana con amargura. Después de un viaje agotador por Europa el avión aterrizaba en Santiago. Fueron esperados para la coordinación política, algunos llevados a casas de seguridad y pasaron a la clandestinidad. Cuando regresó a Chile ya no era el mismo. Los “elenos” se preparaban para abrir nuevamente un foco guerrillero en Teoponte. Desde Chile y en menor grado por Argentina en 1969, un primer contingente de cuadros militares se introdujo clandestinamente en Bolivia.
El ELN quedó bajo la jefatura de Osvaldo “Chato” Peredo. Las condiciones para el funcionamiento clandestino de la organización eran muy precarias, pero decidieron continuar la lucha pese a todas las dificultades y se coordinaban las actividades para recibir a los “elenos” chilenos. La participación de Pablo era fundamental, se sabía de su consecuencia política, de su capacidad combativa, y en razón de su preparación militar se le pidió que asuma diversas labores. Pasó por Atacama, luego a Bolivia, para dirigirse a La Paz, donde lo esperaban los contactos y las casas de seguridad. Era marzo de 1970.

La zona de Teoponte, donde se iniciarían las acciones, se optó porque posee una situación estratégica mejor que Ñancahuasú al estar más cerca de La Paz y de los centros mineros, sector que parece perfecto para la guerra de guerrillas. Está localizado a unos 200 kilómetros al norte de La Paz, región selvática, con población reducida, se habla español y aymará.

El ingreso a Teoponte fue por una supuesta campaña de alfabetización de universitarios. Los sueños de alcanzar la justicia social por medio de las armas subyugaban a jóvenes de diferentes lugares del mundo, aunque la mayoría apenas se entrenó, estaban entusiasmados por ingresar “al monte”. En Julio de 1970, un grupo de 67 jóvenes se dirigió a las montañas de Teoponte para iniciar la guerra de guerrillas donde estaban los sectores más empobrecidos de Bolivia. Habían transcurrido dos años y seis meses desde la muerte del “Che”. Antes de iniciar las acciones militares y como era costumbre en la guerrilla, todos los combatientes escribieron sus cartas de despedida, Pablo escribió a su familia su carta despedida. Expresó su pensamiento, su compromiso ideológico, su firme convicción en la revolución americana, dice:

 

“La Paz, 17 de junio de 1970.
Queridos padres,
Queridos hermanos,
Queridos hijos,
Familiares y amigos;

 

Cuando reciban estas líneas seguramente yo estaré caminando por las selvas bolivianas, iniciando o mejor dicho reiniciando la lucha comenzada un día por nuestro Che.

Los que ahora seguimos su ejemplo empuñamos las armas, lo hacemos con alegría, con plena convicción y decisión de llevar esta guerra hasta sus últimas consecuencias. Cargamos en nuestros hombros la responsabilidad del porvenir de la revolución latinoamericana. Sabemos que esta guerra será a muerte, larga y llena de sacrificios. Nosotros no queremos la guerra, pero no nos queda otro camino que entrar en ella, pues vemos que el único camino para conseguir nuestra libertad, en la mayoría de los países, es la guerra. Pero esta guerra será la tumba de nuestros enemigos: el imperialismo yanqui. Crearemos los Vietnam soñados por el CHE.

Como miembro del Ejército de Liberación Nacional de Bolivia, siento una alegría infinita de compartir todo esto. Tengo el privilegio de sentirme tan boliviano como cualquiera que haya nacido en estas tierras. El cariño y compañerismo es algo maravilloso; tengo muy buenos e incomparables compañeros; somos una gran familia los “ELENOS”, parte de la gran familia latinoamericana. Algún día alcanzaremos nuestros objetivos para así formar una sola Patria. “La Gran Patria Latinoamericana” con la que soñaron Bolívar, Che y mi gran amigo y compañero Ricardo, cuyo recuerdo permanecerá imborrable. Luchamos por los explotados de nuestra América, del mundo entero, por el recuerdo de los compañeros chilenos, cubanos, argentinos, peruanos, etc., caídos en la lucha. Seguimos la historia cuyo curso no lo van a interrumpir nuestros enemigos. Luchamos para que vivamos con dignidad.

Si es posible mantendré comunicación con ustedes. Creo que no va a ser fácil hacerlo, púes, hay que tomar en cuenta las probabilidades de sobrevivir en una guerra, y otros inconvenientes.

Me despido de Uds. con un fuerte abrazo y con un saludo.
Victoria o Muerte.
¡Volvimos a las montañas!
PABLO”

La noticia se difundió en Chile, la prensa mencionó nombres y otros aspectos, incluso antes que se inicien las acciones militares, una situación paradojal porque se daba a conocer información que se suponía de absoluta reserva. En el caso puntual de Pablo la situación fue mucho más directa, porque en la Revista “Punto Final” le dedicaron un artículo incluyendo su fotografía de Oficial de Carabineros de Chile, y esto sólo a nueve días antes de su muerte. En el contingente participaron 67 combatientes: 53 bolivianos y 14 extranjeros, entre ellos ocho chilenos, el mayor número de combatientes internacionalistas, para dar inicio a la última guerrilla guevarista de América. El ELN de Bolivia había vuelto al monte, pero inmediatamente las tropas anti-guerrilleras se movilizaron. Fueron 8 los guerrilleros internacionalistas chilenos: Calixto Pacheco Gonzáles (“Rogelio”), sobreviviente, José Celis Gonzáles (“Alberto”), obrero, sobreviviente; Guillermo Veliz González (“Gastón” o “Guatón”), ingeniero químico, sobreviviente; Hilario Ampuero Ferrada (“Poropopó”), socialista, muerto en combate por el ejército; Carlos Brain Pizarro (“Peruchin”), trabajador bancario, ex cadete de la Escuela Militar, fusilado por sus mismos compañeros; Tirso Montiel Martínez (“Pablo”), ex oficial de Carabineros, empleado, muerto en combate; Julio Olivares Romero (“Cristián”), estudiante, muerto en combate; Julio Zambrano Acuña (“Manuel” o “Pepechá”), estudiante, muerto en combate. Cinco murieron en la selva y tres salieron con vida, solamente uno sobrevive hasta hoy. En los 4 meses que dura la lucha se desarrollaron 9 combates, y a medida que pasaba el tiempo los enfrentamientos van favoreciendo cada vez más a los militares.

La muerte de Pablo ocurrió cuando fueron bajando al poblado de Chocopani, junto a “Chongo” (Darío Busch Barbery), en una actitud temeraria van a buscar comida y comprar alimentos a la casa de un campesino para un comandante guerrillero herido. Una actitud solidaria pero imprudente, ya que el ejército los amenazaba a pocos metros de distancia. En vez de retirarse rápidamente se pusieron a cocinar la comida, el ejército los detectó y los cercaron, les dispararon en la emboscada. Es atrapado junto a “César” (Álvaro Urquieta Paz), universitario, a quien “Chato” lo había enviado para llamar a Pablo y Chongo. Lo balearon finalmente a cierta distancia, y posteriormente fueron sepultados sus restos ilegalmente. Tenía 34 años y se había preparado para este sublime acto de valentía y decisión. En menos de un mes todos resultaron muertos, otros murieron de hambre y enfermedades, los capturados son fusilados. 58 inexpertos guerrilleros fueron asesinados y se captura al “Chato” Peredo. Los militares ya no combatían a la guerrilla sino era una cacería. Al concluir octubre una situación fortuita salvó la vida de los últimos 9 sobrevivientes, entre ellos 3 de los 8 chilenos que integraron la columna. La primera gestión del Presidente Salvador fue otorgar asilo político a los guerrilleros bolivianos encabezados por el médico Osvaldo “Chato” Peredo, que hoy vive en Santa Cruz y que ocupa el cargo de senador.

Todavía existen en Bolivia los restos de chilenos desaparecidos, entre ellos: Pablo López García o Tirso que se sumó al sueño del “Che”, así como todos los jóvenes que sufrieron y murieron en medio del monte. La historia de Tirso o Pablo es la historia de cientos de jóvenes consecuentes que abrazaron la causa revolucionaria, del “hombre nuevo”, de los guerrilleros idealistas y pragmáticos de los tiempos del “Che”, de Allende, de Miguel Henríquez y otros, que deseaban una sociedad mas justa, igualitaria y humanista. Fue el período más glorioso e intenso de sus vidas, una época de fuerte compromiso, compañerismo y sacrificio que los unió para siempre.

Conocida en Chile la muerte de Tirso Montiel, de inmediato surgió el deseo de reconocer y testimoniar su ejemplo. En carabineros se organizó una “Brigada Tirso Montiel” durante la Unidad Popular, era un núcleo pro-allende, un grupo clandestino de altos oficiales consecuentes que simpatizaban con el gobierno popular y que lo consideraron un ejemplo institucional. En 1971 en el 23° Congreso del Partido Socialista en La Serena, se rindió un homenaje a Tirso Montiel y otros combatientes en el acto inaugural. En Santiago el Partido Socialista formó el Núcleo Tirso Montiel de Providencia. El 2008 se constituyó en Castro una organización denominada: “Agrupación cultural solidaridad con Cuba Tirso Montiel Martínez” y en la Sesión del Concejo Municipal de Castro, el 2010, se denominó a una de las calles de la población Salvador Allende con el nombre de “Dirigente social Tirso Montiel Martínez”.

Tirso dio su vida por la revolución y a 48 años de su muerte en combate es un ícono de la historia local. Su figura ha trascendido su momento histórico. En este tiempo de globalización y economía de mercado donde los jóvenes buscan objetivos y valores para lograr una humanidad más fraterna, el legado de Tirso o mejor decir Pablo aparece como un faro irradiando una serie de valores para la juventud, con capacidad de sacrificarse y morir por sus ideales. La historia recordará que en esos años un contingente de jóvenes llenos de sueños y propuestas por mejorar la sociedad y la política, se inmolaron cumpliendo lo que prometieron. Fue la única guerrilla en América del Sur que en los años 70 siguió el método foquista diseñada por el “Che”.

En la izquierda política está la memoria de Tirso y la fe en la revolución cada vez que se recuerda su nombre, no era un buscador de gloria, deseaba construir un mundo nuevo, enfrentar al imperialismo, con un profundo sentimiento americanista, ruta que lo llevó de Chiloé a Santiago, a La Habana, a Bolivia, su última tarea revolucionaria. Es fundamental rememorar su historia, esas vidas no pueden ser olvidadas, porque ellos no están vencidos, sólo aquellos que no se les recuerda son derrotados.

Una nueva vida es posible y una nueva ética será posible. Desde luego, el “Che” o “Pablo” pueden ser modelos, pero como una vida concreta para alcanzar aquella sociedad justa, que ellos, entre otros, impulsaron a construir, interpretando así los sueños y esperanzas de una generación que estaba convencida de que un mundo nuevo era viable. Hace 48 años que mataron a Tirso, generaciones han nacido y crecido sin saber de él. Cuatro décadas en que América Latina se ha poblado y despoblado de regímenes militares odiosos. Cuatro décadas en que a veces se escucha a los Beatles, se observa alguna minifalda o una película de la época. Cuatro décadas en las que aún se conservan libros sobre la guerrilla, empolvados, en librerías o en bibliotecas particulares. Cuatro décadas que ultimaron a Tirso, y como todos los soñadores no triunfó, ahí está su sacrificio, quizás nunca sepamos hasta donde pudo llegar su consecuencia, quizás por eso su tumba está en nuestro corazón.

Ahí están sus fotos, los afiches, sus escritos, su derrota en Bolivia. Ahí está, también, el recuerdo silencioso, lejano, de seres que entonces, ese 29 de agosto de 1970, apenas iban al Kinder, cursaban en las escuelas primarias, o daban sus primeros pasos, o todavía ni siquiera sospechaban que algún día alguien les contaría la pequeña historia de que hubo una vez un chilote al que le decían “Pablo”, su nombre guerrillero, que encontró la inmortalidad en Bolivia. En las fotos su mirada pareciera recordarnos que entraría a la historia con mayúsculas. Parecería estar seguro de que su rostro transitaría por las calles del mundo. Parecería saber que años más tarde un colectivo enorme y global lo miraría como una figura que todavía sigue emitiendo una luz de consecuencia y enseñanza. Así, a uno de los símbolos de Teoponte se le reconoce internacionalmente, Pablo es un símbolo, y los símbolos nacen para nunca morir.