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Por Jamadier Esteban Uribe Muñoz

La conquista española del territorio americano, también de Chiloé, inicia lo que desde los estudios decoloniales llamamos la racialización del mundo, que jerarquizó tanto la división internacional del trabajo como a la humanidad misma, a partir de las características fenotípicas de las gentes.

 

    La división internacional del trabajo, porque de lo que se trató, a fin de cuentas, fue de asegurar mano de obra a un costo mínimo para la explotación de los territorios conquistados mediante la mita, la encomienda y la esclavitud. La jerarquización de la humanidad, porque al concepto de raza le es consustancial el que haya razas más humanas que otras y nosotros, el Sur Global, quedamos excluidos de la humanidad en su sentido pleno. En palabras de Ramón Grosfoguel, hemos pasado de ser animales a esclavizar o bárbaros a cristianizar, a pueblos a “neoliberalizar” o pueblos a democratizar; todas opciones que –por cierto- siempre han incluido la violencia.

 

    Con todo, la categoría de “indio” que fue la primera categoría racial de la modernidad, tuvo una función durante la colonia. Así, “indio”, se denominaba a la totalidad de la población aborigen que trabajaba en condiciones infra humanas. Si los indios no existían, o si se rebelaban, el sistema de explotación y acumulación de valor se ponía en jaque.

 

    No fue sino hasta la República que el “indio” comenzó a estorbar. Chile invadió y colonizó Chiloé a contar de 1826, y a fines de ese siglo impulsó en nuestro territorio un proceso por oleadas, de lo que Guillermo Bonfil Batalla llamó “desindianización”. El Estado proscribió la propiedad comunitaria sobre la tierra, prohibió la lengua, nos enseñó en las escuelas que los “indios” eran cosa del pasado. Quisieron hacernos creer que éramos todos una misma nación “mestiza”, que nuestros abuelos no eran como los recordábamos, que nosotros no éramos como nos veíamos.

 

    Los williche pasamos de oprimidos a invisibles, la vergüenza se hizo carne en los silencios de la historia, quien se supiera indio que lo calle, el tiempo ya nos había superado. Pero fue una trampa, una estrategia mañosa. Los indios seguimos siendo discriminados, a pesar de callar e incluso a pesar de olvidar.

 

    Los datos son decidores. La encuesta CASEN 2017 nos muestra que en las principales ciudades de Chiloé solo el 28% de la población declara pertenecer a un pueblo originario, de los cuales el 59% declara haber sido discriminado por su origen; triste, pero no sorprendente. Lo curioso viene a renglón seguido, cuando los datos hablan de que de ese 72% que dice no pertenecer a un pueblo originario, un 42% ha sido discriminado por el mismo motivo.

 

    ¿Cómo puede un no indígena ser discriminado por indígena? ¿Cómo si no es el la historia escrita en los rostros haciendo temblar el silencio?¿Cómo si no es el mismo racismo que nos hizo olvidar el que nos hace recordar? Como dice Quelentaro… ¡Somos todos Lonconao!